De la esencia a la difícil construcción. De la naturaleza a la cultura. Es fácil ser; complicado es hacerse.
-¿Qué me quiere decir, Caparrós? ¿Que Maradona no era el mejor?
-No, que se hacía. Que era un gordito simpático y artista y nos engañaba a todos y, de tanto engaño, terminó por convencernos. De eso se trata el fútbol: de engañar. Te convenzo de que voy por allá y entonces, ahí sí, voy por acá. Pelé, en cambio, era obvio: tan espigado, tan evidente trigo limpio, tan precioso.
Uno tenía una patria: Pelé era tan brasilero que jugó siempre en el mismo club brasilero donde empezó a jugar, en una época en que los jugadores de fútbol tenían una divisa. Otro tenía otra patria: Maradona era tan argentino que jugó en varios equipos y países, en la época en que una pierna izquierda habilidosa se volvió una commodity cotizada en divisas. Son diferencias económicas, ecuménicas: antes valía quedarse, ahora lo que vale es deambular. El futbolista, como el capital, ya no tiene lugar, porque su sitio está global. Uno fue un último eslabón de las culturas nacionales; el otro, un ícono de la cultura-mundo que te ve. Los dos tenían sus patrias, pero los dos, patriotas consumados, vivieron mucho en otras: Pelé en EU, Pelusa en Cuba, Fidel y coca contra coca y cola.
-¡Splashhhhh!
-Sniffff.
Uno quedó, siempre quedó; el otro fue avanzando hacia los más variados precipicios. Negros eran los dos desde el principio pero, desde el principio, cada cual tuvo un color muy diferente de ser negro. Las coincidencias se dibujan por oposición: ninguno de los dos es blanco, y el resto es diferencia. No es lo mismo ser negro de verdad, de pura cepa negra, que cabecita negra, como llaman los argentinos más argénteos a aquellos argentinos más cobrizos.
Es más fácil, de algún modo, ser negro de verdad: un lugar definido, congelado, en un país donde los lugares siempre lo estuvieron más: Brasil no usó el mito de la movilidad social, sí el del inmovilismo. En Brasil cada cual era lo que nacía: nacido negro seguiría siendo negro, es decir ex esclavo, léase pobre y subordinado y protagonista de culturas populares. Brasil era un país demasiado confuso como para permitirse mucho vértigo.
La Argentina, en cambio, se supuso tan clara que basó su idea de sí misma en la noción del cambio. La Argentina se prometía futuros, los argentinos se prometían también: venturosos, sonaban. El lugar de cada quien era su punto de partida: la rampa de lanzarse. De hecho, los cabecitas negras recibieron su mote cuando irrumpieron en los altos lugares de la patria, cuando abandonaron sus provincias perdidas para tomar la capital. Su nombre nombra la tentativa de un avance.
-A ver si nos aclaramos, Caparrós.
-¿Por qué, lo ve muy negro?
-Castaño oscuro, no más, no se ilusione. Pero querría saber qué tiene que ver todo esto con nuestros dos muchachos.
Poco, quizás. Alguien sospecha que Pelé es como es porque es ese negro; Maradona, porque es el otro. El negro fijo contra el que quiere desteñirse. Pelé es tan puro producto de esa historia fijada que no tiene siquiera nombre propio: atravesó la popularidad con un apodo de plantación en media lengua y cumplió su papel: sirvió a quienes les servía ser servidos y, sirviéndolos, se sirvió un gran éxito acotado. Pelé fue un tío Tom con acento santista: a fuerza de ser más bueno que Lassie pudo usar su capital, simbólico número cinco para vender gaseosa, apoyar a gobernantes de derecha o proponer a EU como sede de un mundial contra la candidatura de su propio Brasil, por buen dinero. Pelé demuestra -si es que demuestra algo- lo bien que les va a algunos que no quieren ser más que lo que son. Acomodarse.
Pelé es el mito: la continuidad de una historia hecha para seguir así, desde el principio. Maradona en cambio simula la tragedia: el que quiere cambiar contra una idea del destino. Frente al tío Tom, Túpac Amaru: el indio privilegiado que no se satisface con sus privilegios, el que quiere -sobre todo- lo que no va a poder conseguir. Es lógico: cuando alguien ve que puede conseguir lo impensable, piensa en más y más. Maradona, producto de la mayor movilidad social imaginable, nunca supuso que tuviera que ponerse límites.
-Usted diría la resistencia es Maradona; Pelé, la pronta entrega.
-Digo más bien: Maradona el capricho admirable; Pelé, la adaptación a toda costa.
Pelé es el self made man al estilo Henry Ford: transforma su capital-talento en capital funcional a la empresa y se convierte en hombre de empresa y funcionario. Maradona lo es al estilo de Voltaire: una vez reconocido su talento -funcional a la empresa-, lo usa para sustentar su presencia en el debate público, donde toma la voz de los que tienen poca. Si no fuera porque ya no los hay, Maradona sería el intelectual contemporáneo.
Pero un intelectual en la tradición volteriana: bien individualista. Pelé -el acomodaticio- fue la pieza más perfecta de un gran equipo, probablemente el mejor de la historia: Brasil 70 en México. Maradona, en cambio -el desacomodado-, fue el héroe singular de un equipo menor: Argentina 86 en México. Por alguna razón que no colijo, ambos llegaron a su cima mundial en México, América Latina. Fueron, en cada caso, tiempos muy diferentes para el continente: los setentas, los días del proyecto colectivo, que después resultaría en tanto desastre; los ochentas, los días de la conversión individualista, que después resultaría en tanto desastre.
-¿Vio qué curioso, que los dos consiguieron sus mejores momentos defendiendo a sus patrias?
-¿A sus qué? ¿Defendiendo?
Los dos fueron, antes que nada, artistas de un arte que no parece tal: artistas clandestinos, figuras hiperpúblicas. Uno tenía una patria, otro tenía otra patria: es tentador por lo vulgar pensarlos como metáforas de ellas, la adaptación y el vértigo, la funcionalidad y el despilfarro, el mito y la tragedia: el Brasil, la Argentina.
Son pavadas: jugando al fútbol, Maradona era mejor que nadie. Pelé era un jugador de órdago; Maradona era un genio. Lástima que fuera, además, argentino.

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