bien sea a través de la calefacción (en páramos o inviernos) o por medio de ventiladores o aires acondicionados en los veranos o en tierra caliente. Habrá más olores y colores en las tierras bajas y calientes, y quienes duermen junto al mar defenderán el arrullo de las olas. Yo, por mi parte, prefiero las miles de tonalidades de los verdes del altiplano y el murmullo del viento acariciando los sauces y eucaliptos.
Dejémonos de poesía. El tema es la tierra fría versus la caliente, la curuba contra el mango, la ceiba y el cebú enfrentados al sauce y a la holstein, la trucha frente a la mojarra y muchas otras cosas más que dan para una discusión sin fin en la que nunca llegaríamos a un acuerdo.
Cada cual con su cada cuala, pero lo que definitivamente no acepta discusión alguna es el hecho de que el sexo, en muchos aspectos, es mejor en tierra fría.
Baste pensar en un tímido escote, en esa pequeña rayita -también conocida como el abra- que apenas se insinúa; esa línea detrás o a través de la cual nos imaginamos los pezones rosados, negros o morados que coronan la voluble redondez que comienza -sin importar el tamaño, pues con que llenen la boca es suficiente-; pensar en la eroticidad de la poca piel que se nos regala a la vista, en los dos centímetros que obsequian las ombligueras, en el breve escote de un botón extra desabotonado. Esa sexualidad de tierra fría es lo que más añoro cuando me encuentro en las tierras calientes, bajo el imperio de los bikinis y las tangas, en las cuales se borran las insinuaciones, sugerencias y fantasías. Tanta piel al descubierto, alrededor de una piscina, acaba con la imaginación, tan necesaria para encender la mecha del deseo.
Pensar en esa mano que descubre las nalgas heladas tras meter con fuerza por entre el pantalón la palma seca y cálida, ansiosa y temblorosa, que no resbala porque no sudan ninguna de las partes en contacto. Ese culo con piel de frailejón; terso, frío y palpitante a diferencia de aquel otro de playa, arenoso y áspero, aceitoso, resbaladizo, escurridizo e inasible. Esos senos que cambian de color, cada vez más pálidos según se avance -del sol de los inicios a la blancura fría de la luna-, versus la monótona coloración del bronceado.
El sexo sudado de tetas calientes, aquel ruido de caminar sobre el barro al hacer el amor, no es lo mío. Prefiero el silencio seco en el que la humedad solo se concentra en un sitio, donde corresponde: en el centro de los dos cuerpos y el resto es tersura y piel pura que contrasta con la pérdida milimétrica de contacto que naufraga en los sudores de marea alta de las relaciones bajo el calor agobiante, al punto de no dejarte saber si estás dentro o estás fuera.
Además, el sexo en tierra fría es más democrático. Las estrías y la celulitis se esconden hasta llegado el momento crucial, cuando ya no importan. Entre tanto, en tierra caliente, solo los narcisos amantes de sus cuerpos tienen posibilidades de triunfo. La ruana también viene siendo una gran propiciadora de contactos clandestinos bajo la cual, a plena luz del día, se posibilitan infidelidades imposibles de cometer en las ligeras ropas que se usan en las tierras de las chicharras. Se acaba el espacio y no puedo terminar sin lanzar una consigna: ¡Vivan las noches de tetas y sábanas frías!

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