Fernando Vallejo, en cambio, dice que el Papa es el personaje "más dañino que hoy tiene la humanidad", que Andrés Pastrana "es un hijueputa" y nunca -nunca- le van a dar el premio Nóbel. Pero no le importa. ¿Cómo no preferir a Vallejo?
García Márquez siempre retratándose con los poderosos de la tierra. Vallejo siempre defendiendo causas perdidas, como el sufrimiento de los animales. García Márquez es tan cortesano, tan políticamente correcto, tan predecible. Vallejo es tan iconoclasta, tan políticamente incorrecto, tan impredecible. No hay duda: es mejor Vallejo que García Márquez.
Vallejo dice unas cosas terribles: que los colombianos somos una raza tarada con alma de periferia, un país pobre, rico en odios, unos asesinos y unos ladrones. Nos fustiga por nuestra indiferencia ante los 30.000 muertos anuales, los políticos corruptos, los paramilitares, los militares, los curas, la guerrilla y los narcotraficantes que han acabado con un país hermoso. García Márquez no nos dice nada. Ni siquiera nos regaña.
Vallejo exagera, deforma. Sin embargo, en el fondo, no miente. Hay mucho de verdad en lo que dice. Detrás su rabia se esconde una gran ternura y un profundo amor. "Tanto odio, tan solo por amor", dijo un poeta. Ese es su caso. Odio y amor. Odio que es amor. ¿Qué colombiano común y corriente no ha sentido lo mismo? Vergüenza, ganas de quemar el pasaporte y a la vez la certeza de que eso es imposible porque el país es parte de uno mismo. La patria como una llaga, como un dolor vivo. Para ese sentimiento esencial, Vallejo es más compañía que García Márquez.
Asuntos personales, irrelevantes, se dirá. Pues no: la vida y las actuaciones de un escritor son indisolubles de su creación. Aunque nada puedan cambiar, los escritores deben opinar, denunciar al poder. Deben ser nuestra voz de consuelo y nuestro desahogo. Vallejo defiende tesis, discute, se equivoca. García Márquez no se equivoca: nunca promueve ideas, nunca se expone: solo conspira.
De lejos, Vallejo es mejor que García Márquez. ¿Lo es también su obra? Pregunta peliaguda. García Márquez es un gran novelista y un gran fabulador que escribe en tercera persona. Vallejo es un prosista fulgurante que reniega de la ficción y de los géneros y escribe en primera persona. Uno es un estilista que privilegia la forma; el otro es un moralista que privilegia el contenido. ¿Cuestión de gustos? Probablemente. No obstante, es necesario señalar algo: en el siglo XXI la ficción seguirá perdiendo terreno y aumentarán las biografías, las crónicas, los libros de memorias históricas, "la escritura de la vida". García Márquez es un clásico; Vallejo prefigura el porvenir.
García Márquez se repite mucho con su realismo mágico y pretende que nadie lo note. Vallejo se repite -descaradamente y hasta el cansancio- pero no lo oculta. Él es el primero en denunciarse: "¡Pero si esto es lo que he hecho toda mi vida, repetirme como un disco rayado!".
García Márquez escribe muy bello. Demasiado. Pero, como dice una balada: hasta la belleza cansa. Y Rimbaud, un día, sentó a la belleza entre sus piernas y la sintió amarga... ¡y la injurió! Vallejo está más cerca de Rimbaud, y desde luego, está más cerca de nosotros. Es por eso que lo preferimos.

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