Por supuesto, esta versión está tomada de los evangelios alternos de un mundo alterno, un mundo terrible donde el vino tinto no es el símbolo que todos conocemos. En ese mundo al revés, lo natural es que las uvas sean blancas o despellejadas y el vino tinto es la perversión grotesca de unos indecentes que han decidido, por alguna razón insondable, devolverles el pellejo. Todos tenemos nuestra idea de lo que debe ser el infierno. Yo imagino un lugar donde el sexo es prohibido, el vino blanco es obligatorio y solo hay libros de Paulo Coelho. Y me consuelo pensando que en todo el mundo hay gente de buen corazón rezando para que ese infierno sin pellejos nunca se haga realidad.
He hablado de gente de buen corazón, y no ha sido gratuito. Pero, aunque podría escribir páginas y páginas sobre las bondades cardiovasculares del pellejo oscuro, sus propiedades antioxidantes y los baños de vino tinto, no cometeré el mal gusto de sugerir que esta gente beba por salud. Dicho de otro modo: los únicos capaces de tomar vino tinto por razones de salud son los bebedores de vino blanco, que probablemente lo acompañen de ensalada con brócoli y, en un momento de desenfreno, una tajadita de queso descremado. Lo que quiero decir es esto: el vino blanco es una fabricación contra natura, más o menos como el café descafeinado o como Michael Jackson. El vino de verdad ha sido siempre tinto. La prueba es muy simple: que no se diga. En ningún lugar encuentra uno la aclaración de que sea tinto el vino con que se emborracha Aquiles, o el de las bodas de Caná, y buscar en esos textos las palabras vino tinto sería como llegar a Hong Kong y pedir comida china.
Parte del asunto, por supuesto, es esa idea un poquito extravagante que tuvo la humanidad hace miles de años: comparar el vino con la sangre. (Traten ustedes de comparar el vino blanco con alguna sustancia corporal: el resultado no es muy agradable). Para los griegos, el vino es la sangre de los titanes, aplastados por el viejo Zeus bajo el peso de las montañas. Para Jesús, ya se ha visto. Así que ahí lo tienen: desde los paganos hasta los evangelistas, el vino ha sido rojo, rojo oscuro, como la sangre de los titanes o de Jesús. Sangre de titanes: por eso los hombres se creen dioses al beberlo, y nadie nunca se ha sentido divino emborrachándose con Chardonnay. Sangre de Jesús: "En la mano del Señor hay una copa, y el vino es rojo", dicen los Salmos, como para sacarlo a uno de dudas. El asunto pareciera caerse de su propio peso y, sin embargo, los defensores del Mundo Tinto se han preocupado por dejar sentada su posición a la menor oportunidad. En la ópera de Mozart, Don Giovanni dice: "Excelente marzimino". No dice Excelente Sauvignon blanc, ni excelente Riesling: estos vinos paliduchos carecen de todo drama y, como si eso fuera poco, son muy difíciles de rimar. Tinto es el vino que hay en los cueros acuchillados por Don Quijote, y por eso es que Sancho lo confunde con sangre. Tinto es el Médoc que se toman los personajes de uno de los mejores cuentos de la historia: El barril de Amontillado, de Poe. Y tinto es el vino del soneto de Borges:

En el bronce de Homero resplandece tu nombre,
Negro vino que alegras el corazón del hombre.

Mientras tanto, al vino blanco no se le ve por ninguna parte. Por algo será.

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