Era muy anciana y aún más vieja en ideas y costumbres: la verdad es que me dio poco juego. Conservaba jamón, rosquillas y otros alimentos en su armario ropero, que olía a rancio como un almacén de ultramarinos averiados. Por las noches, antes de acostarse, cumplía distintos rituales para exorcizar a duendes y trasgos malignos: yo los oía desde mi cuarto contiguo, pues uno de esos ensalmos consistía en abrir y cerrar la puerta de la habitación -que rechinaba- un número cabalístico de veces. De vez en cuando me daba un poco de dinero (calculaba el valor de la moneda y el precio de las cosas de acuerdo con baremos de antes de la guerra) para mis insaciables gastos en libros o tebeos, aunque asombrándose de que aún quisiera comprar más "con todos los que tienes ya". El resto del tiempo la recuerdo dormida, en un sueño profundísimo, con la cabeza caída sobre el pecho o echada hacia atrás con la boca desdentada abierta y sin aliento perceptible, exactamente igual que muerta. Me aterraba verla así, sobre todo porque a veces era casi imposible despertarla y mis padres debían zarandearla largo rato hasta que recuperaba la conciencia. Yo siempre suponía que esta vez iba de veras, que ya no volvía de la otra orilla del Leteo.
Una noche, en efecto, no volvió. Fue cuando ya vivíamos en Madrid, en el maldito Madrid donde ocurrieron todas mis muertes familiares y donde por nada del mundo quiero morir yo. Aunque supongo que, a fin de cuentas, debe de dar igual. Hacía ya tiempo que no salía de su cuarto y los niños apenas la veíamos. Murió mientras cenaba, tras una cucharada del puré con que la alimentaban parsimoniosamente. Se quedó otra vez dormida pero ésta sin remedio. Los hermanos estábamos entretenidos con la televisión, disfrutando con un estupendo programa de Narciso Ibáñez Serrador sobre una historia de Ray Bradbury, ésa en la que, para perpetuar la civilización, alguien roba la sonrisa de la Gioconda. Entonces hubo un ir y venir cuchicheante, mis padres salieron de la sala y nos dejaron solos, con la puerta cerrada. Al rato apareció mi padre llorando, cosa que nunca le había visto hacer, y me abrazó diciendo: "¡Hijo, es ley de vida!". Incluso entonces me chocó esa expresión tan resignada, me sublevó. Amo la vida pero detesto sus leyes, sobre todo ésa, la de la muerte: me parece inicua tiranía. Más tarde me he llegado a preguntar si entonces puede decirse que realmente amo la vida...
Mi abuela materna, Martina, tampoco resultó un éxito... desde el punto de vista interesado del nieto, claro está. Siempre la conocí muy nerviosa, intemperante: "rara". Quizá tales incomodidades de carácter se debiesen a las primeras fases de la demencia senil progresiva que le sobrevino, una dolencia que por entonces el vulgo no llamaba todavía "Alzheimer". Cada vez se fue volviendo más anómala, más discordante, fuente de interminables querellas domésticas en cuanto nuestros padres se ausentaban de casa. Luego, en las etapas finales de la enfermedad, perdida ya del todo la palabra coherente y la comprensión, vagaba interminablemente por los pasillos, arriba y abajo, con los brazos caídos y los ojos desenfocados: un espectro familiar, un alma en pena pero de la que había que ocuparse en sus lamentables aspectos corporales, causa para todos de piedad, de fastidio y de horror. Temo ese destino, con aprensión vagamente científica. He visto "perder la cabeza" (¡Santa María Antonieta, ruega por nosotros!) a mi abuela, a mi padre y a mi madre, sea por mal de Alzheimer propiamente dicho, por infartos cerebrales sucesivos o por arteriosclerosis: el rubro clínico de la condena es lo de menos, lo único que importa es la pena, lo inexorable de la pena. Según parece, esas maldiciones son genéticas, se trasmiten de padres a hijos como un pecado poco original hasta quién sabe qué generación. Espero mi parte en la cadena nefasta y vislumbro su llegada en cada nombre que olvido o en cada cita que equivoco. Y me obsesiona Jonathan Swift, deán lúcido de un siglo especialmente lúcido, que en cierta ocasión, al pasar junto a un árbol cuya copa había sido fulminada por el rayo, comentó proféticamente a sus amigos: "A mí me pasará como a éste: comenzaré a morir por la cabeza". En esta ocasión y sólo en ésta, discrepo de Groucho Marx, cuando respondía en sus últimos años a quienes le preguntaban por su salud: "Estoy estupendamente de todo menos de la cabeza, que es lo que menos importa...".
En fin, que mis abuelas me dejaron un poco descontento y a mi abuelo paterno ni siquiera le conocí, aunque la hazaña de morirse a las puertas de un hipódromo y nada menos que el de Lasarte le gana ya mi estima a título póstumo. Pero todas estas deficiencias en el parentesco me las compensó con creces mi abuelo Antonio, el padre de mi madre. Ése no sólo me salió bueno: ¡fue un auténtico premio extraordinario aunque no "fin de carrera" sino en mi caso "comienzo de carrera"! Era bajito, vivo, ágil, calvo pero con un simpático bigotillo de coronel inglés retirado. Tenía marcha: no lo sabría decir mejor, era un abuelo "marchoso" (aunque la palabra aún no se empleaba en esa época). En cierta forma, mi pausado papá -poco dado a rodar en exteriores- me parecía casi más viejo que mi abuelo Antonio, siempre dispuesto a dar un paseo, bajar a la playa o acompañarme al cine, al circo, a donde hiciera falta. Yo le adoraba, aún más: le necesitaba. Era un auténtico compañero, nunca dado a las reconvenciones, voluntarioso encubridor de travesuras, siempre dispuesto para la próxima expedición. Cogíamos el autobús juntos y nos íbamos a Rentería, a Pasajes, a Lezo, a Zarauz, hasta Guetaria.
Me gustaba especialmente visitar el Cristo de Lezo, con su iglesita llena de exvotos: las muletas de los milagrosamente sanados, las maquetas de barcos ofrecidas por aquellos que gracias a su intercesión llegaron a puerto sanos y salvos pese a la tormenta. De bien nacidos es ser agradecidos... Hace muchísimos años que no voy a Lezo, actualmente un siniestro reducto de abertzales devoradores de hombres, donde el milagro para mí sería salir incólume de semejante vecindad. Y sin embargo, a veces pienso que quizá yo le debo también un exvoto al Cristo de Lezo, tras una larga vida de impiedad, aunque todavía no me decido por qué cosa debería colgar en su capilla: ¿una máquina de escribir?, ¿una lengua de madera dorada con purpurina?, ¿un pequeño payaso, emblema de la alegría que pese a todos los pesares la tormenta no logró ahogar?
Mi abuelo Antonio era madrileño y de su modesto pisito de la calle Fernández de la Hoz, donde mi madre había nacido, son los mejores -¡y remotísimos!- recuerdos que guardo de esta capital que nunca me resultó simpática. Cuando íbamos a ver a los abuelos en Madrid, con lo que más disfrutaba era con los tranvías y con la nieve, dos cosas que yo nunca había visto en San Sebastián. Sobre todo había un tranvía, que transcurría por una calle adyacente (¿quizá Almagro?) y que iba hasta la Moncloa, zona suburbial de arena y desmontes. En mi imaginario privado, la mención de "Moncloa" me trae dunas y casi camellos, desierto en cualquier caso, como "Sáhara", que según creo en árabe significa "nada" (así me lo aseguró por lo menos muy serio Peter O'Toole en una entrevista que le hice durante un festival de cine de San Sebastián, y él debería saberlo). Pues bien, yo de pequeño iba de Fernández de la Hoz a la nada en tranvía, con mi abuelo. Disfrutando del viaje, sobre todo en el momento crucial en que la marcha se revertía y el conductor del tranvía -que era un vehículo capicúa, es decir con dos cabezas como algunas serpientes mitológicas- retiraba las dos manivelas que le servían para conducir de la cabina de mandos de proa y se las llevaba a la simétrica de popa, a fin de iniciar el retorno. Aún recuerdo perfectamente el chasquido y la forma de esas llaves bruñidas, así como la experta nonchalance con que las manejaba el operario cuando enfilaba las vías a través del a mi juicio vertiginoso tráfico madrileño (¡a comienzo de los años cincuenta del siglo pasado!).
La casa de mis abuelos madrileños era pequeñita y quizá por eso a mí me gustaba más que la nuestra en Donosti. No tenía ascensor, sino una empinada escalera de madera. En el minúsculo portal ocupaba su garita la portera, muy vieja y muy gorda, que se llamaba Severiana (nombre que aún sigue pareciéndome más tolerable que los de Tamara o Vanesa). En las noches de calor salíamos al balconcito de la sala y yo me sentaba a ver las estrellas en un taburete de enea. ¡Cuántas estrellas había entonces en el cielo de Madrid! Más que en San Sebastián, pero ellos no tenían el mar ni la playa. Cosas que recuerdo de esa morada: la cocina, de fogón y leña, con cacerolas, peroles y sartenes enormes, pesadísimas; la cortina que separaba la sala de la cama de matrimonio, con una cretona ilustrada por un dibujo de algo parecido a peonzas; una estupenda colección de fascículos con las aventuras de Búfalo Bill, que debía de haber pertenecido a mi madre, y de tebeos argentinos de Biliken que eran de mi abuela, nacida en Buenos Aires. Por lo demás, el hogar discreto y honrado de un empleado: mi abuelo era un jubilado de la empresa suiza Brown Bowery, fabricantes de material ferroviario, de cuya filial madrileña había sido contable. Estaba muy orgulloso, sin alharacas, de sus muchos años de servicio, del aprecio de sus jefes extranjeros y de un reloj de oro grabado con su nombre que le regalaron al retirarse.
Hasta que toda la familia se reunió en Madrid -y yo comencé mi exilio-, sólo veía a mi abuelo Antonio unos pocos días al año, durante los veranos, en la breve temporada que solían pasar en San Sebastián. La ocasión de devolverle la visita a veces se demoraba mucho tiempo: el viaje por carretera a la capital era entonces larguísimo, jalonado de frecuentes paradas para "estirar las piernas" (los mayores) y "hacer pipí" (los pequeños), amén de llenar el depósito en la gasolinera (el coche) y comer (casi siempre en Burgos, en el hostal Landa o en el del Cid). A mí el calvario automovilístico se me hacía insoportablemente largo, de modo que ingenié un modo autohipnótico de abreviarlo: desde que salíamos de casa, me negaba a leer los mojones que señalaban los kilómetros ni los carteles que indicaban los lugares por los que pasábamos. Sólo preguntaba cincuenta veces a mis padres: "Todavía estamos en San Sebastián, ¿verdad?". Ellos se resignaban a confirmármelo una y otra vez, hasta que por fin, triunfalmente, me revelaban: "¡No! ¡Ya hemos llegado a Madrid!". Entonces, anulado mágicamente el largo trayecto y sus incidencias, yo berreaba: "¿Que ya estamos en Madrid? ¡Qué corto se me ha hecho!". En el regreso, otra vez lo mismo pero al revés ("Aún no hemos salido de Madrid, ¿verdad?") hasta que mi padre, siempre poeta, respondía a mi enésima pregunta:

San Sebastián
corrusco de pan,
botella de vino,
¡se acabó el camino!

En cualquier caso, el traslado llevaba su tiempo, de modo que yo procuraba aprovechar al máximo las estancias donostiarras de mi abuelo Antonio. Siempre me parecían demasiado cortas. Iba a buscarme al colegio y, de camino a casa, comprábamos en una panadería especialidades caprichosas como las "flautas" -largas y quebradizas- o "carteras", mis preferidas, una suerte de cruasanes de pan, que compartíamos mientras caminábamos. ¡Qué rico el pan crujiente, cuando se tiene hambre! Aún hoy, en cuanto protesta el estómago vacío, no pienso en platos complicados sino en blancos pedazos de pan, de corteza tostada. Tanto si se trataba de paseos, de películas, de la compra de pequeños caprichos o de subidas al parque de atracciones del monte Igueldo, mi abuelo fue el cómplice perfecto que nunca me defraudó. A veces mi madre le regañaba un poco por ser demasiado complaciente conmigo y él soportaba la dulce bronca con el heroico estoicismo de los auténticos amigos. Por eso yo de ningún modo quería que se fuese y cuando se acercaba el día de su partida sentía la desazón fatal de los grandes abandonos.
Una tarde estaban todos los mayores sentados en el salón de Fuenterrabía, haciendo una ligera merienda cena antes de que los abuelos partiesen hacia la estación para tomar el tren nocturno que debía llevarles de vuelta a Madrid. Los niños jugábamos gateando entre ellos y yo, discretamente, fui atando con un largo bramante sacado de no sé dónde los tobillos de mi abuelo a los de mi padre y mi madre. Incluso creí que nadie advertía mi maniobra. De modo que cuando llegó la hora de marchar y se levantaron, sentí un placer agridulce con el asombro y protesta que mostraban al verse así amarrados unos a otros. "¡Este niño qué cosas tiene! ¡Les vas a hacer perder el tren!". Pero, claro está, no lo perdieron: el tren de la partida es el único que nunca se pierde.
Como mis abuelas, también mi abuelo Antonio murió a los pocos años de instalarnos en Madrid. Los tres vivían ya permanentemente con nosotros en la gran casa de General Mola 69, la mayor que habíamos tenido nunca. A mitad de trayecto en el largo pasillo que llevaba desde los dormitorios al comedor y al salón había un curioso ensanchamiento, una plazoleta doméstica. Allí, en torno a una mesa camilla, pasaron sus últimas horas los tres: mi abuela Victoria dormitando, mi abuela Martina permanentemente desasosegada y mi abuelo acompañándolas pacientemente, como un veterano paladín que montase guardia -solo y tenaz- contra el dragón de las tinieblas. El resto de la familia discurría yendo y viniendo junto a ellos, lanzándoles alguna palabra de cariño o rutina y apretando el paso. Al abuelo se le declaró un cáncer de estómago: le operaron pero lo tenía tan extendido que la intervención fue, como suele siniestramente decirse, mero "abrir y cerrar". El día antes de que muriera me otorgaron un premio -un lote de libros- por la mejor redacción en un concurso entre los colegios de Madrid. Yo estaba a punto de cumplir dieciséis años y, como si fuese un exvoto, un testimonio de fidelidad, se los llevé al lecho de enfermo donde yacía, demacrado y casi irreconocible. Con la boca sumida, sin dentadura, por la que asomaba una lengua seminegra, murmuró: "¡Muy bien, muy bien, sigue así! ¡Que nadie te haga nunca callar! ¡No dejes que te hagan callar!". Y yo le prometí entonces seguir y seguir y no consentir a nadie que me hurtase la palabra.
A la mañana siguiente, muy temprano, oí desde la cama ese azoro de idas y venidas cuchicheantes que ya había aprendido a relacionar con desgracias definitivas. Y luego mi madre exclamó en voz alta: "¡Es que está vomitando sangre!". Quisiera ser capaz de expresar con precisión todos los tonos de su queja casi llorosa: alarma, protesta algo infantil (la angustia le aniñaba la voz), indignación ante lo irremediable, desconsuelo, piedad. Dijo "¡es que está vomitando sangre!" como si dijera también: "Nadie me había informado de que la vida iba a traer esto; me habéis tenido engañada, para que siguiera viviendo sumisa, con ilusiones". Mi abuelo murió a primera hora de aquella misma tarde, más o menos hace cuarenta años.

Tomado del libro de memorias de Fernando Savater,
Mira por dónde, publicado por Taurus.

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