la de los crónicos trancones, el triste desaguadero de mis placeres de mesa. Su nombre comercial, para que entremos en confianza, es Zelmac. Pero para mí siempre será: "Ella"
En esa zona, que debería ser de distensión, mi dignidad, igual que el bolo alimenticio, empiezan a ser simples productos de desecho. Lo asumo como un castigo. Como una cagada del destino.
"Él" no avisa. Te bombardea al despertar si prendes la tele y aparece Jota Mario y tú sientes que no vale la pena hacer el esfuerzo de integrarte a un mundo que se divierte con ese tipo de humor. Con ese tipo.
"Él" actúa como una diva. La furia de sus gases -los gases de mi oficio- la puede desatar, tanto lo más trascendental como lo más nimio. Lo mismo la carta de despido que la mirada compasiva de la sardina delante de la cual te babeaste en el ascensor.
"Ella" es mi tabla -mi tableta- de salvación cuando cojo rabia, me afano, me multan o me tumban, cosas que me ocurren todos los días. "Ella" es mi única defensa frente a un enemigo que se subleva por tres tristes platos de frisoles. "Ella" aplaca sus mefíticos vientos hasta el próximo disgusto. Que sufrirás, inexorable, irritablemente, en el baño (dalo "por sentado"), en el carro, en la oficina. O de nuevo en la tele, con otro irritante profesional de cólones.
Mi amor está por encima de fronteras, colores y diarreas. "Ella" es blanca aquí y verde en Alemania, pero su fórmula, que recito en varios idiomas, es la misma. También su sabor. Yo no la paso con agua. La dejo diluir en mi boca para sentir su tranquilizante amargor, su bouquet de ricinos recién cosechados. También mi paladar se le ha rendido.
En Alemania, el farmaceuta que me la vendía no se movía de su sitio hasta que no le mostrara la receta. En nuestras farmacias, en cambio, los hipocondríacos de colon irritable podemos disfrutar del oscuro encanto y la eficacia de la medicina subversiva. El vendedor sabe de qué pata cojeas en cuanto te ve entrar. Muestra sincera preocupación por tu estreñimiento y tu autoestima.
Te abre su confesionario, te alivia de culpas e hinchazones. Te ayuda en casos de polvo imprevisto y urgente. Te da lo que buscas por encima o por debajo del mostrador. Más que farmaceuta es un jíbaro de la salud. Un celestino rodeado de fármacos que no se alarma con lo que le cuentas ni te alarma con lo que deduce. Te pone en orden las tripas, te cura la gota del soldado y se calla la jeta.
Y miren cómo es la vida. Al cabo de los años, después de tantas guerras intestinas -es decir, intestinales-, "Ella", la que calma mis cólicos, mi somnífero, mi afrodisíaco, mi placebo, "Él", mi verdugo del bajo vientre y yo, que hago de tripas corazón, formamos un triángulo pasional bien avenido. Y pasablemente digerido.
Y aquí, al final de este breve recorrido por la dantesca ruta de mis digestiones, ofrezco disculpas si ofendí la sensibilidad de alguien. En colombiano académico diríamos: espero no haberla cagado.

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