Mis hermanos llamaban a este ritual el 'festival del retorno' y antes de que yo pudiera sacar la cabeza por la ventana, ya estaban entonando un sanjuanero y haciendo la mímica del pañuelo. Claro que la situación era especialmente dramática en los paseos largos. Los 'viejos y buenos' remedios caseros de la abuela, porque son distintos para cada abuela y porque en realidad son viejos y no tan buenos, prescribían en mi familia la ingestión de guanábana contra el mareo. Por respeto al pudor, ni siquiera voy a mencionar los resultados nefastos de la práctica referida. Ahora que lo pienso, lo que me enfermaba no era tanto los grandes movimientos abruptos del carro, esos que lo ponen a uno de mejilla contra la ventana como a Walter Nebicher (el burócrata que acompañaba a Automan), sino esos movimientos continuos, leves, casi imperceptibles en los que uno apenas se mece hacia los lados rítmicamente.
Aunque con los años mi rango de tolerancia iba aumentando (ya aguantaba una media hora sin marearme en el carro siempre y cuando yo estuviera al volante), la situación no cambió radicalmente hasta mi introducción al Mareol. ¡Pepa bendita! No que la siga consumiendo, pero creo sinceramente que no se trata de un antiemético-anticinetósico (como dice en el sobrecito) sino de un opiáceo, porque si bien el Mareol nunca ha curado el mareo, si da como unos 20 minutos de pura felicidad, lo digo en serio. Permítaseme explicar: ante la imposibilidad de curar el mareo -todos sabemos que una vez comienza la dinámica de la boca aguada y la frente sudorosa solo la epifanía del fríjol es redentora-, el fabricante decide darnos algo que nos ponga a silbar y a aplaudir al son del resto del paseo con el ánimo de distraer la atención de los síntomas molestos. Claro, para sentir el efecto emocional no basta con tomar una. Llegué al punto de tomar unas 4 ó 5, recostado en la cama, en mi casa, y sin que nada se estuviera moviendo. La única contraindicación que no se advierte es que si usted toma el medicamento en estas cantidades, muy seguramente se verá obligado a hacer algo que resulta en extremo desagradable a toda persona de costumbres morigeradas: morirse.

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