bombardeado como siempre por altas cantidades de embutidos regados con alcohol, combinación esta un tanto pesada, admitamos. Desde la mañana estaba doblado de dolor y cuando quise ir hasta el hospital que quedaba a unas pocas calles de mi hotel descubrí que no podía caminar casi. Me arrastré como pude hasta allí y me llevaron a la guardia, donde se negaron absolutamente a calmar mi dolor y permitirme volver al teatro. El médico me dijo "no irás al teatro hoy, ni mañana tampoco". Rápidamente decidieron que tenía un infarto machazo y me metieron en la Unidad de Cuidados Intensivos. No abundaré más en detalles sobre ese par de semanas de mi vida. El mes próximo se cumplirán diez años de ese accidente entrañable (de mi entraña). Cada día me siento mejor.
El debut se pospuso, la temporada catalana se realizó dos meses más tarde, conmigo recuperado y delgadísimo.
Desde entonces y para siempre, tengo una compañera que me cuida y protege. La llevo conmigo a todas partes y cuando me falta enseguida la repongo: es la Aspirineta.
Dice Luis, mi cardiólogo, que ayuda a mantener las plaquetas de la sangre separadas, que previene el infarto y, es más, en muchos países se llama cardioaspirina. Pero él también insiste en que solita no hace maravillas y en que hay que colaborar con ella con un cuidado del cuerpo y de la actividad en general que evite el estrés y los disgustos. Yo le digo que sí y lo dejo contento. Luis se lo merece. Después hago lo que puedo. Con mi trabajo y con mi neurosis no me resulta muy sencillo que digamos.
Claro que tengo la sensación de que la Aspirineta aleja los peligros de mi vida, de la misma manera que siento que los cuidados con la ingesta y la bebida lo hacen. Es más, en un par de oportunidades en que por alguna cirugía debí suspenderla por unos pocos días, tuve miedo. No sea que mis plaquetas decidan juntarse y armar otro lío como hace diez años.
La Aspirineta es pequeñita y servicial. En mi caso acompaña las delicias del desayuno y sabe a frutillas, de manera que cuando se atraganta en el fondo de la garganta, el regusto no es repugnante como en la mayoría de los remedios. Se mezcla bien con la ensalada de frutas.
Nunca las llevo en su blíster original. Las saco de él y las meto en un pastillero. Conviven en él con algún digestivo y uno que otro ansiolítico e integran la línea Maginot de mi farmacopea privada.
La Aspirineta integra siempre mi desayuno, pero no en cualquier momento o secuencia del mismo, sino en todos los casos después de tomar mi vaso de leche fría. Nunca antes ni mucho después: la trago con mi vaso de leche.
Muchas mañanas en que me paso horas escribiendo y tomando mate, ella debe esperar a que decida desayunar y beber leche para pasar a mi interior y alojarse entre mis plaquetas. Allí es feliz. Se dedica a su tarea específica y cumple obsesivamente con su deber. Vigila una por una las plaquetas y las mantiene separadas, sin posibilidad de juntarse. De esa manera evita líos de todo tipo. Cuando va perdiendo energías y llega a su final, disuelta por mis jugos gástricos, aparece su reemplazante, fresca y poderosa navegando entre torrentes de leche fresca para continuar con su trabajo cotidiano. Se pasan la información del día y continúa la nueva con su eficaz actividad. Y así sucesivamente, día tras día. A pesar de ver diariamente su aspecto inofensivo y su rosada pequeñez, me la imagino con su ropa de trabajo, batallando obsesivamente entre las plaquetas de la sangre y dirigiendo el tránsito de venas y arterias. Hasta pienso que tiene gorra y un silbato para demostrar su autoridad.
Parecería una actividad rutinaria y no demasiado importante. todo lo contrario: para mí es de una invalorable ayuda y tengo miedo cuando no la tomo. Podrá alguien suponer que mantengo una relación de dependencia psicológica con ella. Puede ser, pero no me importa. Prefiero depender y estar a cubierto de que mis plaquetas decidan amontonarse y molestarme con algún susto.
Y ahora los dejo. Me acaban de traer el desayuno. Adivinen, queridos lectores, quién me mira desde un costado de la bandeja, entre las tostadas, la fruta y el café humeante, pero bien cerca del vaso de leche fría.

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