Aquella apostasía no fue resultado de grandes elucubraciones filosóficas, sino el desenlace de una curiosidad muy simple que me asaltaba en mi adolescencia cada vez que veía en la televisión un cataclismo natural. "Si Dios es el creador del mundo, ¿cómo permite que se produzcan semejantes terremotos, riadas, huracanes y aludes?", me preguntaba con rabia, sin hallar respuesta.
Así perdí, a temprana edad, la fe.
Curiosamente, otros cataclismos me ayudaron a recuperarla muchos años después. Pero esta vez no se trataba de catástrofes geológicas o climáticas que tenían lugar en rincones lejanos del planeta. Ahora eran los tsunamis endocrinos, los vendavales gástricos y las tormentas biliares que habían comenzado a desatarse en el interior de mi anatomía cuando arribé a lo que Dante llamaba "la mitad del camino de la vida".
Para hacer frente a la nueva situación comencé a tomar un vaso de leche tibia antes de acostarme. Al poco tiempo, la receta ancestral dejó de surtir efecto. Subí entonces un peldaño en la escalera de la automedicación y pasé al Almax, una tableta blanca y carrasposa como la cal. Pronto descubrí que varios amigos la tomaban en la soledad de sus noches amargas, y, aunque no me tengo por tonto, admito haberme consolado con el mal de muchos. Pero una noche, mientras dormía, fui azotado por un brutal reflujo ácido que a punto estuvo de ahogarme. Desperté aterrorizado, me senté en la cama con una intensa quemazón en el pecho y me puse a aspirar desesperadamente por la boca, acezando como un lobo moribundo, hasta que mi sistema respiratorio volvió a la normalidad.
Comenzó una de las etapas más terroríficas de mi existencia. Todas las noches me despertaba en medio de ahogos, sacudido por torrentes de acidez que me subían hasta la garganta. Casi sin darme cuenta, comencé a dormir sentado para evitar que la materia corrosiva trepara por mi faringe. Como dormía mal, andaba por el día como un zombie. Apenas podía concentrarme en el trabajo. "Ten cuidado, no vayas a tener apnea", me advirtió un amigo. Temblé. No sabía con exactitud qué era la apnea, pero recordaba que un inquilino del edificio donde había vivido con anterioridad había muerto de ese mal.
Decidí, entonces, hacer una de las cosas que más detesto en el mundo: fui al médico. El doctor me tumbó en una camilla, me hizo ingerir un líquido blanco como la leche magnesia y a través de un escáner siguió el itinerario del líquido por mi organismo. Una hora después me llamó a su despacho. Parado frente a unas placas de rayos X, dictó sentencia. "Hernia de hiato", dijo. Lo primero que se me vino a la cabeza es que se me había roto en pedazos un diptongo o disuelto una sinalefa. "¿Es grave?", dije angustiado. El doctor me contestó que la enfermedad era muy incipiente, que no veía necesidad de operar y que podía tirar para adelante con un medicamento. Extendió su libreta de prescripciones y garabateó: "Omeprazol". Salí de la clínica brincando feliz como un cervatillo y fui de inmediato a la farmacia, de donde corrí a casa con mi frasquito de 26 cápsulas de Omeprazol en una bolsa.
Desde entonces -han pasado dos años- mi vida es otra. Los desastres naturales continúan. Veo en la televisión un terremoto pavoroso en Paquistán y terribles inundaciones en Centroamérica. ¿Dónde estará Dios? Vaya usted a saber. Mis cataclismos interiores, en cambio, han desaparecido. O por lo menos son atajados cada noche por mi medicamento protector. El Omeprazol sí existe. De eso no tengo la menor duda.

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