Aunque la sola mención de 'convulsiones' sugiere que hablo del cuadro clínico de un epiléptico, mi caso es diferente: angiomas cavernosos cerebrales. Dicho en cristiano, son malformaciones vasculares, parecidas a las várices, pero en la cabeza.  Una 'dicha' congénita que se da con alguna frecuencia, aunque pocas veces causa problemas graves.  Este dolor de cabeza, literal en mi caso, dio para dos craneotomías o "apertura del disco duro" en 1995 y en 2002.  El solo hecho de tener cicatrices en el tejido cerebral eleva el riesgo de tener un episodio.  Para eso está el Epamín, pero unas van por otras, porque tiene un efecto secundario algo molesto: ataca las encías y aumenta las ocasiones en que hay que sentarse en aquella tumbona tan cómoda del dentista y abrir la boca durante periodos prolongados.  
Hace poco, en Londres, donde vivo (en Colombia, un año de Epamín cuesta $302.220 y en Inglaterra, al cambio, cerca de $1.971.000) un antibiótico que tuve que tomar precisamente para tratar una infección en las encías, causada por el Epamín, me provocó una reacción en el hígado que triplicó el nivel del medicamento en la sangre, y me hizo perder el equilibrio.  Dos días en el hospital, exámenes de sangre, CT Scans y resonancias magnéticas con líquidos radioactivos de contraste, y ya, como dicen, a lo bien.  Estoy nivelado. ¿Hasta cuándo debo tomarlo? Respuesta médica: por tiempo indefinido.

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