Yo estaba enlagunado de droga, me paré y le dije: "Usted no es Dios. Usted es doctor y yo policía. Y usted se puede morir antes que yo, pues si repite eso, lo mato con esta zurda". Llamó a los enfermeros, me pincharon y me pusieron a dormir. Ahí empezó el romance entre las pastillas para la locura y yo.
Me dieron pepas como Haloperidol y Sinogán para que se bloquearan y no se sobreestimularan los receptores de mi cerebro, pero algo pasó y años después, cuando era soldado, tuve otras crisis. Empezaba a decir cosas incoherentes. Anunciaba catástrofes y castigos divinos contra Estados Unidos pues, según decía, ese país era una segunda Sodoma y Gomorra. "Póngale cuidado que el dólar está caro, pero va a bajar", profetizaba. "Está loco", me decían y mire ahora todas esas tragedias naturales y el dólar por el piso. Me llamaban el loco y me preguntaban que cuándo iba a demandar a Estados Unidos. Les contestaba que ya estaba puesta la demanda y volvían a preguntar: "¿Qué va a echar al arca, Noé?". "Me voy solo, pues me tienen desilusionado. Sálvense como puedan", les contestaba. Ellos sí me salvaban. Una mañana, durante el descanso en el batallón de Ibagué, me acosté y me quedé petrificado mirando el sol. Fueron a hablarme y yo no respondía, así que me cogieron como entre 20 soldados y casi no me pueden inyectar, pues les cogí mucha fobia a las inyecciones. Otro día, cuando era guardián de la cárcel distrital de Riohacha, me tiré al mar a unos 600 metros de la playa. Los compañeros me gritaban que me saliera y enviaron una canoa con policías a recogerme. Yo de puro verriondo, le di la vuelta a la canoa y cayeron los policías al agua. Después de casi cinco horas llegó un pescador, me cogió de la nuca, me subió en su canoa y volvieron a internarme en el "cementerio de mentes". Y otra vez, a tomar pepas.
Ahora, para evitar episodios como estos y mantener los neurotransmisores y neuronas regulados, tomo unas pastillas de Clozapina, que recetan cuando las otras no han servido, y otras de ácido Valproico, que también les dan a los epilépticos. Dos en la mañana y una en la tarde. Producen sueño y al comienzo mareo. No puedo mezclarlas con trago, pues recaigo y a veces me dan ganas de suspenderlas para ver si puedo vivir sin ellas. Lo hice hace un tiempo y empecé a tener problemas para dormir. Me sentía poderoso, como poseído por una fuerza extraña. Salí a caminar sin un peso. Fui al batallón, tiré mis zapatos hacia la iglesia prometiendo a los soldados que el que los encontrara sería el militar más berraco de todos, le regalé mi camisa a un teniente, me echó de allí la Policía; le pagué a un taxista una carrera de $150.000 con un reloj chiviado de $7.000, dormí no sé dónde, pero emparamado, pues llovió esa noche, volví a quedarme mirando el sol, vi a otra loca en la calle de negro, me inventé que me habían echado escopolamina y me auxiliaron dándome ropa y comida gratis. A la medianoche regresé dichoso por mi astucia y me encontré con la rabia de mi mujer, mi mamá y mi hermano que, como solían hacer en mis desapariciones, habían llamado ya a Radio Uno y pegado panfletos de "Se busca...". Definitivamente debo darles las gracias a la Clozapina y al ácido Valproico. Los tomaré hasta que el seguro médico que me los da gratis se quiebre.

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