Soy tremendamente crítica con todo lo que escribo. Pero si tengo que escoger, diría que mi peor columna fue la primera. Yo le echo la culpa a la insolencia de mis 16 años y a una sorpresiva llamada de don Gabriel Cano, para entonces director del prestigioso diario El Espectador, en la que me proponía escribir una columna. Yo acaba de entrar a la Universidad de los Andes a estudiar Biología, luego de haber sobrevivido un año en un colegio para señoritas en Oxford. De allí había salido despavorida, derechito para el trópico, luego de hacer la promesa de que jamás volvería a probar el pourridge y las coles de Bruselas.
La propuesta me halagó, aunque me puso en aprietos. Don Gabriel había leído con agrado en El Espectador un artículo escrito por mí en el que recordaba a mi padre, el columnista y editorialista del diario de los Cano, Lucio Duzán, muerto repentinamente por culpa de un fulminante cáncer de pulmón. Antes de colgar, me advirtió que él era un juez duro e implacable y que mis probabilidades de pasar su examen no eran muchas.
"Tiene todo el tiempo del mundo para escribirla", me dijo: "Dos semanas".
Lo que siguió fue un infierno. La idea de escribir una columna a esa edad me parecía un exabrupto. Pero a mí me gustaban -me gustan- los exabruptos y sin pensarlo dos veces, me di a la tarea de enfrentarme con el fantasma de la página en blanco. Empecé escribiendo a lápiz. Luego en la máquina Remington de mi padre, pero la cosa no mejoraba. Un amigo acucioso me dijo que él había escuchado decir que las grandes plumas escribían con mayor fluidez si tenían como punto de partida sus experiencias personales. Pero a la edad de 16 años, las experiencias personales o son impublicables o demasiado insípidas. Intenté sin éxito un párrafo de entrada más general. Quería indagar en el perfil de los jóvenes que habitaban la Colombia de finales de los setentas, la del estatuto de seguridad de Turbay y la revista Alternativa, la de Cat Stevens y Nino Bravo, la del eme y la de los aconductados galanistas. Cuando ya iba por el segundo párrafo, a buena velocidad de crucero, me di cuenta de que mi diatriba era poco convincente: mis palabras sonaban rotas, como las de una niña-arrogante-estrato seis. Frené en seco. Decidí entonces cambiar de tercio y hablar de cine. Siempre había querido recabar en la pesadilla que para mí representaba ver las densas películas de Ingmar Bergman, tan en boga por entonces en los famosos cine-foros. Esa columna me llamaba la atención porque me daba la oportunidad de confesar lo inconfesable. Es decir, que no podía con las películas de Bergman, que me parecían insoportables y que, en contravía de lo que pensaban los eruditos de entonces, no creía que el cine de Bergman, siempre tan confuso, siempre tan gris y tan truculento, fuera un libro abierto de la condición humana.
Sin embargo, al final, el tema lo abandoné por falta de carácter, es decir, por físico culillo. No quería defraudar a mis amigos cultores del universo audiovisual bergmaniano.
No se en qué momento terminé en la China. Ni cómo acabé hablando de la "mafia de Shangai", si apenas había oído hablar de ella; ni cómo armé un texto tan confuso y tan lleno de lugares comunes: "La pelea en la China comunista entre las nuevas facciones radicales y moderadas es una lucha entra la Antigua y la Nueva China". ¡Elemental, mi querido Watson! Y qué me dicen de esta: "Mao y su Revolución Cultural dieron identidad al pueblo chino". ¡Qué originalidad, María Jimena!
Solo me faltó esta frase para haber cerrado con broche de oro esta bobería que produje de mi puño y letra: "Mao era un líder volcado en lo social". La frase le hubiera gustado a Horacio Serpa, estoy segura. Él es el campeón de los lugares comunes.
Pero, claro, no me bastó con escribir este cuento chino. Rematé con unos azarosos párrafos sobre J. Bronowski, autor de un libro que causó cierto impacto a finales de los setentas, El ascenso del hombre. El primer párrafo decía lo mismo que el segundo y el segundo lo mismo que el tercero. ¡Todo un monumento en contra de la sindéresis!
De esta aciaga experiencia me quedan secuelas irreparables. Un tremendo pudor me invade cada vez que me refiero a la China. Y en cuanto a Bronowski, hoy la gente lo confunde con Bukovsky.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.