Y pasado el cansancio de bailar y cantar durante los cinco kilómetros del recorrido de la Batalla de Flores del Carnaval de Barranquilla, escogería "el peor de todos". El mejor de esos momentos inolvidables que me hicieron pasar las peores noches de mi vida, proferir mis peores denuestos y hasta llegaron a conseguir, por ejemplo, que el eminente médico internista Pablo Robles, de la Clínica Las Vegas de Medellín, me llamara al orden, por cuenta de la realización de un video no musical (aunque funcionaría bien en MTV) en donde no salía muy bien librada la boca de mi estómago.
Podría contarles, por ejemplo, aquel inolvidable concierto para los samarios con el astro puertorriqueño "Chayán" en el estadio Eduardo Santos y en el que yo había sido contratado como telonero (con la primera Provincia). Mi participación se calculaba para las ocho de la noche, pero problemas técnicos no permitieron comenzar a tiempo el espectáculo pues el camión que transportaba la consola de sonido se varó en la carretera de Barranquilla, en Los Cocos, Isla de Salamanca.

Nada de eso se nos informó en ese momento. Perdimos toda comunicación con el exterior encerrados en nuestro camerino, el de los locales, con el escudo del Unión, esperando una señal para salir a triunfar. De pronto escuchamos música y era "Chayán" que abría con su show a las dos y media de la mañana. Así que ahora nos correspondía el dudoso honor de cerrar en las peores condiciones: a las cuatro y media de la mañana, sin sonido y sin luces. ¡Qué momento! Mis amigos samarios, que veían esa noche como mi lanzamiento internacional en mi propia tierra, estaban "prendidos" desde temprano, pero a esa hora ya estaban tan borrachos que interrumpieron el concierto en la cuarta canción (¿ya les dije que tampoco había seguridad?) e invadieron el escenario. Me cargaron a mí y a Egidio, y nos pasearon por la pista olímpica coreando orgullosos que le habíamos ganado a "Chayán".

Pero no, perdonen, no voy a contar esa historia, ni tampoco la de Manizales en 1995, nuestro primer concierto de nuestra primera gira realmente importante y en el que a la hora de salir a cantar, por no prestar atención a las señales fluorescentes que indican el camino al escenario en la pura oscuridad, caí casi dos metros y medio al vacío y por poco me mato sin haber podido empezar esta carrera de alegrías y sobresaltos.

Pero en fin, tengo que escoger solo un concierto como el peor. Fue en el Coliseo Rumiñahui de Quito, Ecuador, durante la gira de La tierra del olvido en el año 1996. Quiero hacer la salvedad de que nuestra relación con los hermanos ecuatorianos es inmejorable y no tendría cómo agradecerles todo el entusiasmo que le han demostrado a La Provincia ni el amor que le profesan a nuestra tierra. Pero, sinceramente, yo hubiera preferido quedarme en el hotel Oro Verde esa noche, donde además la gente es cariñosísima y se comen unas muy buenas empanadas de morocho.

Esa noche, el Rumiñahui estaba a reventar, el ánimo de la gente era increíble; un animador con esmoquin de lentejuelas me anunciaba como quien presenta al león del circo y cuando aparecimos en el escenario, el estruendo fue mayor. Los primeros compases de la primera canción se perdieron en el laberinto de humo de los efectos especiales y fueron sepultados por una avalancha de expresiones de cariño de la multitud. Cuando el público bajó el tono, solté la primera estrofa de Pa'Mayté: Y ahí llego yo/ Llego yo y ahí vamo´ a vé / Y ahí vamo´a vé / Vamo a vé como es gozá / Como es gozá / Es gozá con el bembé. En esas estaba cuando de repente comencé a sentir en mi garganta un sabor amargo y profundo, un intenso sabor a metal, el que se podría sentir si uno se comiera crema para brillar cobre. La situación me desconcertó a tal extremo que llegué a creer que algún órgano de mi cuerpo se me había reventado, una sustancia ácida subía por mi esófago hasta mi garganta, creí que me estaba muriendo; hasta llegué a pensar que la situación no tenía retro y me dije, mira como es la vida, me voy a morir cantando en Ecuador y delante de tanta gente.

Tal fue mi sugestión que acto seguido efectivamente me morí: me desplomé al piso. José, Javier y Pacho, los legendarios roadies de La Provincia, me cargaron; a lo lejos escuchaba como en un sueño una revolución de lamentos y de gritos, me pasearon por los pasillos del coliseo y me acostaron en una camilla. Oía las voces nerviosas de mis representantes que peleaban pues no nos dejaban salir para un hospital, mientras tanto yo seguía despidiéndome de esta vida y los epitafios que proponía alteraban más a mis manejadores, quienes presionaban por una salida inmediata. De repente alguien llegó diciendo que a uno de los policías que custodiaba el escenario se le había activado una bomba lacrimógena por accidente y que al mezclarse con el humo de los efectos especiales había sido inhalado por algunos integrantes del grupo. Entonces resucité como Lázaro, pero mucho más rápido, salí corriendo de la felicidad por saber que no estaba muerto y que tenía que continuar con la parranda. Regresé tras bastidores y me di cuenta de que había más afectados por el accidente provocado por el despistado policía. Pero el show debía continuar y sin hacer más reparos saltamos nuevamente al escenario; la gente nos recibió como si nada hubiera pasado, con el entusiasmo de un concierto que comienza. Así pasaron varias canciones y al llegar a La tierra del olvido, la emoción de la gente llegó a su máximo nivel, verlos cantando a garganta pelada y el hecho de haber muerto y resucitado en tiempo récord, me inyectaron una dosis de energía sobrenatural que me hizo brincar como un poseso. Me di cuenta de que los palcos laterales del coliseo estaban casi a la altura de las torres de sonido izadas en los extremos del escenario y, en un ataque de improvisación y entrega, me lancé a escalar la torre que estaba a mi derecha al ritmo de la música y lanzando dos de pecho por doquier. Pero al llegar a la parte más alta sentí como si me hubieran cerrado la llave del oxígeno, un dolor recogió el esternón y las costillas y me quedé sin aire a dos mil ochocientos metros más cerca de las estrellas, estaba entumido, suspendido en las alturas y pensando "ahora cómo carajos me bajo de aquí".

El público seguía cantando y aplaudiendo mientras yo los miraba aterrorizado y le pedía a Dios que me diera fuerzas, que por favor me devolviera el oxígeno que necesitaba para bajarme de allí y terminar si era posible ese bendito concierto. Al fin logré bajar, pero estaba completamente exhausto, por más que quería bailar las últimas canciones tuve que conformarme con una performance paquidérmica al mejor estilo de Mercedes Sosa y despedirme de un público que hasta el último momento nos ovacionó y nos quiso; yo me fui en un carro para el hotel con ese sentimiento de culpa y esa deuda que siempre o casi siempre creo tener con el público después de cada concierto.

Llegamos al hotel, yo respiraba un poco mejor y al pasar por el lobby un botones me dijo: "Felicidades por su concierto, don Carlos". Sin mirarlo y completamente frustrado entré al ascensor y desaparecí en la oscuridad de mi habitación.

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