Fue un cuadro fallido que pinté por encargo de Jim Simons, un importante coleccionista neoyorquino que lo quería para adornar el comedor de su lujoso apartamento en el piso once de un edificio de la Quinta Avenida con vista al Central Park. Era mi primera venta importante en el mercado de Nueva York y una gran oportunidad para mostrar mi obra, pero cuando lo vi colgado en la pared me provocó hacerme el harakiri. El gran desconocido era un gran ladrón. Un ladrón de luz que se comía toda la que entraba por el ventanal y convertía el comedor en un oscuro y tétrico recinto. El ochenta por ciento del cuadro era azul y como ese color es uno de los menos luminosos y por eso uno de los que más luz absorbe, el pobre coleccionista, que había pagado en ese entonces doce mil dólares por él, tuvo que soportar durante un año que el dichoso Desconocido se le tragara hasta el último rayo de luz y comer amargado en la penumbra. Sin embargo, no dijo nada hasta el día en que Richard Berger, dueño de la galería Rempire, y yo le pedimos prestado el óleo para exponerlo. Fue el momento de desahogarse. Nos dijo que tal vez vendería el cuadro pues era un poco grande para el espacio y prefería uno de menor tamaño. Se lo compramos por el doble de lo que nos lo había pagado y por un tiempo nos turnamos la oscuridad del cuadro entre una casa y la otra. Richard construyó un cuarto especial para El gran desconocido en su casa en Long Island, pero el azul seguía devorándose la luz. Le cambié mi parte del cuadro a Richard por otras pinturas mías y cuando se fue a vivir a Ciudad del Cabo se lo llevó con él. Ahí debe estar El gran desconocido, absorbiendo como un hoyo negro toda la luz del África.

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