Entonces pensé una vez más en lo bien que me iría en la vida si solo fuera capaz de callar de tanto en tanto. Casi oía la voz tan lejana de mi padre:
-Pues te has perdido otra gran oportunidad de callarte la boca. Entonces pensé una vez más en lo bien que me iría en la vida si solo fuera capaz de callar de tanto en tanto. Casi oía la voz tan lejana de mi padre:
-Pues te has perdido otra gran oportunidad de callarte la boca.Solía decirme, con su acento español. O, si no:
-Mejor callar y pasar por tonto que hablar y confirmarlo.
Porque ese viaje lo había propuesto yo. El accidente, cuatro días antes, había sido espantoso: sesenta y tantos murieron cuando ese avión de Lapa no consiguió despegar de Buenos Aires y se estrelló al final de la pista y se incendió. Y a mí solito se me había ocurrido la idea de tomarme el primer avión de Lapa que volviera a volar hacia Córdoba. El director de la revista estaba encantado:
-Sí, genial. Ahora mismo te conseguimos el pasaje.
Ya no podía decir que no.

A la mañana siguiente, el taxista que me llevaba al Aeroparque me preguntó si no iría a tomar un vuelo de Lapa.
-Sí, el que va a Córdoba.
-Huy.
Dijo, y no dijo más. El tipo me miraba por el espejo con esa rara mezcla de compasión y espanto con la que muchos miran a los que están perdiendo el pelo por una quimioterapia y, cuando me bajé de su coche, me deseó suerte casi a los gritos.
-No, es que nunca van muy llenos los vuelos a Córdoba. Justo aquel...
Me explicó después la señorita flaca que atendía el mostrador de Lapa cuando le pregunté por qué mi avión iba vacío.
-Pero no se preocupe, está todo bien. Hay que dejar de pensar en aquello.
Me dijo, otra vez sin nombrarlo. Después sabría que, en Lapa, nadie llamaba al ¿accidente? por su nombre. Quizás no supieran cuál era su nombre. Todavía, seis años después, la justicia no definió quién tuvo la culpa.
-¿Qué ubicación prefiere?
Les preguntaba, solícita, la flaca a los viajeros, y todos titubeaban, miraban, se miraban, como si tomaran una decisión de vida o muerte. Frente a la tragedia -o su amenaza- los gestos de siempre cobran demasiado sentido: la vida sería insoportable si la muerte estuviera todo el tiempo ahí, dándole a cada momento ese exceso de significación.
-No sé, ¿a usted qué le parece?
Se estaba haciendo tarde. Una mujer de cuarenta despedía a sus padres y trataba de parecer tranquila, pero cuando los vio irse se le corrieron lagrimitas por el rimmel. El vuelo 3132 salía en veinte minutos y los pasajeros estábamos nerviosos. Éramos diecisiete -y para colmo estaba muy nublado.
-Mi mujer me pedía que no viniera...
Me dijo Alberto, un vendedor de seguros veterano, regordete, de traje ajado y sonrisa colgate.
-...pero si no venía tenía que dejar el laburo, y no están los tiempos para esas jodas.
-Pero a usted le da miedo.
-Y, para qué te voy a mentir.
Viajar en avión es ponerse en las manos de un perfecto desconocido, en los remaches de una máquina incomprensible. Un avión es una de las metáforas más bobas del destino: hombres y mujeres encerrados dentro de una caja que no manejan, que los lleva vaya a saber adónde. Por eso -no sólo por eso- se me hacía duro que los aviones argentinos fueran tan viejos: es feo tener un destino usado, un destino de segunda mano.
-Lapa anuncia la partida de su vuelo 3132 con destino a la ciudad de Córdoba...
Los diecisiete pasajeros nos miramos como quien tarda en aceptar lo obvio.
Cuando Regulus, el 737 casi vacío, empezó a carretear, arreciaron los suspiros. La mayoría estaba sentada al fondo, porque los diarios nos habían explicado que algunos del fondo pudieron escapar. Del otro lado del pasillo una madre joven y elegante se persignó y su hijo de tres le preguntó qué estaba haciendo; la mujer le agarró la mano y no le dijo nada. Estaba aterrada. Detrás, un cuarentón miraba la turbina muy fijo, concentrado, como si cualquier descuido pudiera ser fatal. Los labios se le movían pero yo no pude oírlo: quizás le está hablando en secreto. Mirarlos me distraía: el viejo truco del voyeur que no quiere pensar en sus propios espantos. Pero despegamos sin una sacudida y el vuelo, debo decirlo, fue impecable. Era, en realidad, sospechoso por lo calmo: aquella mañana el avión volaba con una serenidad casi excesiva, como si estuviera tratando de convencernos de algo. Yo me consolaba con la estadística: el chiste del fulano que dice que siempre viaja con una bomba porque las probabilidades de que haya dos bombas en un solo avión son casi nulas.
El viaje fue un aburrimiento. Regulus no se movió ni un ápice y aterrizó sin el menor alarde -pero nunca la pasé tan mal en un avión. Cuando llegamos a Córdoba descubrí que mi vuelo de vuelta estaba por salir. Bajé por la manga, pasé por una puerta, di media vuelta, pasé por otra puerta, volví a la misma manga. En diez minutos estaba de nuevo en el avión -y en el espanto. Con el tiempo he aprendido a querer ese viaje. Fue mi viaje perfecto: puro viaje, no fui a ninguna parte. No como esos viajes interesados en que uno recorre kilómetros y kilómetros para plantarse en un lugar, recorrerlo, ver gente, comer, dormir, refocilarse. No, esto era el viaje puro: ir para no llegar, para volver, para estar en el aire; un puro viaje al miedo del recuerdo.

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