Soy de Pitalito, Huila, y vivo en Bogotá desde hace siete años. Mi hermana menor y yo, en vez de papá, tuvimos al tío Mario. Cuando yo tenía 13 años y él 27, me dio a probar marihuana y después me echó mano. Entonces me hice amante de mi tío, hasta que mi mamá nos encontró en mi cuarto, un día que ella se suponía que iba a Garzón y yo debía estar en el colegio, y me echó. Como mi tío era casado y no me podía recibir, me fui para donde mi abuela paterna, pero ella me tenía de empleada del servicio. Al poco tiempo ya tenía las manos cuarteadas de hacer oficio y me dolía la espalda de lavar ropa, así que rompí un baulito donde ella guardaba como cuatrocientos mil pesos, y me fui para Bogotá.
Viví dos meses en una pensión del Villa Javier,
pero se me acabó la plata y la dueña me dio tres días para que me fuera. Una muchacha que vivía a la vuelta me dijo que podía conseguirme trabajo, pero era acostándome con hombres. Pasé la noche en blanco, pensando, pero era eso o terminar en la calle, o, peor, devolverme a Pitalito; entonces le dije que listo, que aceptaba.
Me maquilló, me puso un vestido y me llevó a un sitio clandestino porque todas las que trabajaban allí eran niñas. Yo tenía catorce años recién cumplidos. La muchacha que me llevó me dijo que tranquila, que ella había empezado trabajando ahí, y que cuando ya se veía suficientemente grandecita pudo empezar a trabajar en el barrio Santa Fe. Bueno, para no alargar el cuento, el dueño me dijo que me iban a tocar ocho mil pesos por cliente, que debía atender por lo menos a seis cada noche y que podía empezar ese mismo día. Me llené de pánico, pero las otras peladas que estaban allí me tranquilizaron, me dijeron que con que uno coronara el primer día, ya el resto era facilito. Aparte, el primer cliente, me dijo el dueño, me lo pagaría a treinta mil, porque podía venderse más caro. Me tomé muchas copas de aguardiente y, al rato, un tipo grande, como de cincuenta años, me llevó de la mano hasta una pieza en el segundo piso. Me hizo pasito porque yo estaba haciendo caras de dolor y la mayoría del tiempo tuve los ojos cerrados, hasta que él paró y me dijo que era una puta triste, una puta de mal agüero. Traté de sonreír y reprimí el llanto hasta que acabó.
Me estaban esperando todas y me entregaron un chocorramo. Yo no paraba de llorar. El dueño me dijo que me fuera para la casa, que me esperaba al día siguiente, bien bañadita y bien contenta para trabajar. Cuando cumplí diecisiete, empecé a trabajar en La Ladrillera, que tenía licencia y era mucho mejor. Pagaban más. Sigo ahí y, si
todo sale bien, en noviembre de este año junto la plata necesaria para hacer un curso de enfermería.
Siempre es mejor limpiar pacientes, aunque pague mucho menos y huela mucho más.

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