Tenía 17 años, estudiaba en el Instituto San Ignacio de Loyola, en Bogotá. Me acuerdo perfectamente: fue el 11 de mayo de 1982. Sentí una inexplicable necesidad de ir al campo. Algo muy dentro de mí me lo pedía y cumplí. Salí del colegio y, en vez de ir a la casa, me monté en una buseta que iba a Tabio y Tenjo. No podía determinar qué me impulsaba pero lo hice.
A las 5:00 de la tarde sentí que debía bajarme de la buseta y cogí montaña arriba (mucho tiempo después supe que se trataba del Cerro de Huaika). Cerca de la cima me cogió la noche y cada tanto miraba hacia atrás y veía las luces de las poblaciones. No serían las únicas que vería esa noche.
El cielo estaba totalmente destapado. Había muchas estrellas y hacía mucho frío. Como a las 11:00 de la noche noté que las estrellas parecían moverse. Pensé que era una especie de lluvia de estrellas fugaces, pero me di cuenta de que se movían de manera nada convencional, subían y bajaban, y cambiaban de posición.
A las 12:oo de la noche sentí que la distancia entre las estrellas y yo se reducía y que una especialmente comenzó a rodear la montaña. Tenía movimientos controlados y era de muchos colores. Poco a poco se fue acercando. Me iluminó y caí. Estaba contra el pasto, aterrado, agarrándome de la hierba con los puños apretados. De repente, empecé a experimentar una sensación de paz absoluta y una invitación interior a ponerme de pie y caminar hacia la luz. Era tanto el brillo que resultaba imposible distinguir alguna figura. Sentí que alguien me tocaba el hombro y me invitaba a acercarme más. Extendí la mano y toqué algo similar a una camilla donde me recosté. Sentí que la luz se convertía en oscuridad y que estaba viajando por entre muchos túneles, hasta llegar a un punto en el que se proyectaban imágenes del universo, de la gente, de la historia de la humanidad. Una película de la vida. Tuve la sensación de que estaba aprendiendo algo, de que trataban de que me quedara una especie de mensaje grabado. Escuché una voz en la mente que me decía: "Tranquilo, estás aquí porque tienes que estar aquí". Caí entonces en un profundo sueño.
Al día siguiente me despertó un campesino ofreciéndome una ruana y me dijo que sabía qué me había pasado. En su rancho me invitó a chocolate y me contó que eran frecuentes este tipo de experiencias en el cerro.
Cuando llegué a mi casa, mis papás estaban muy preocupados y traté de tranquilizarlos contándoles todo con detalle. Pasó la angustia. Trataron de entender lo que ni yo mismo entendía. Un par de días después, en privado, mi papá me dijo: "Mario, yo sé lo que le pasó a usted. A mí me sucedió algo muy similar el 4 de enero de 1948, y yo sabía que en el futuro le podría suceder lo mismo a un hijo mío". Desde entonces, además de ser objeto de -y más tarde liderar- investigaciones sobre el tema, he tenido otras dos experiencias similares, una a los 21 y otra a los 26 años. Pero esa es otra historia.

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