Papá me despertó a las 5 de la mañana. -Hoy es el día más feliz de tu vida -me anunció-. Recuerda que antes de la comunión no puedes probar ni un sorbo
de agua.
Miré por la ventana. Más allá de la escarcha de los vidrios, el frío se notaba en el entumecimiento de las ovejas del patio, en la humedad de los sauces, en el silencio carmelita del río.
De pronto, el gallo cantó por primera vez.
-Ya no faltan sino dos -pensé-. Después negaré a Cristo.
Tenía nueve años. Sabía que estaba demasiado viejo para esa ceremonia, pero cuando cumplí siete, en un pueblo cercano donde vivíamos, el párroco se negó a confesarme.
-Ustedes son liberales -les dijo a mis padres-, y los liberales son ateos y comunistas. El niño no puede comulgar mientras ustedes no abjuren del comunismo.
De manera que la ceremonia se aplazó y, con ella, el día más feliz de mi vida.
Pero a todo chancho le llega su San Martín, y a mí me llegó en forma de obispo.
Se trataba de un cura a quien habían dado de baja del servicio activo por culpa de una rebelión contra Laureano Gómez. Sin duda alguna, era muy inteligente. Me preparó con sabiduría y no me explicó cómo se cometían pecados contra el sexto ni me preguntó si había hecho cosas sucias conmigo mismo, ni ese sartal de absurdos que usaban los curas de antaño. y de hogaño.
De manera que llegué a la comunión confesando apenas lo que me señalaba mi instinto natural como pecado. Y mi problema, lo sabía un momento antes de que el gallo cantara por segunda vez, no estaba en el primero ni en el segundo, ni en el tercero, ni en el cuarto, ni en el quinto, ni en el sexto, ni en el noveno mandamientos. Estaba en el séptimo. Porque allá, en mi pupitre, escondido detrás de los cuadernos, estaba el frasco de tinta de Manjarrés que había desaparecido dos meses antes de mi salón de clases.
-Dime -susurró el obispo-, ¿has cogido alguna cosa que no sea tuya?
Yo dudé un instante antes de contestar:
-No, monseñor, ninguna.
Lo que nos llevó al octavo, donde confesé algunas mentiras, que no incluían la que acababa de decir, gorda como un pavo de Navidad o como Gilberto Alzate Avendaño.
En ese momento cantó el gallo. Mientras me vestía, un sudor frío me corrió por la espalda.
-No voy a ir -me dije-. Si comulgo, se va a abrir la boca del infierno y me va a tragar delante de todos.
En realidad, a no ser que se le aplicara el punto de vista de la técnica jurídica, el robo no había sido un robo. Simplemente, cuando noté que no tenía tinta para hacer la tarea, fui al salón de clases, que quedaba en la misma casa, dado que mi papá era el maestro, a "pedir prestado" un poquito. El frasco de Manjarrés estaba ahí, a la vista de todo el mundo. Lo cogí, lo llevé hasta mi escritorio, y me olvidé del asunto, hasta la mañana siguiente, cuando papá tronó desde su alto pedestal pedagógico:
-¡Aquí se ha cometido un robo!
Me quedé mudo. En el recreo, corrí hasta mi habitación y lo escondí lo mejor que pude. Y ahora, mientras esperaba el tercer canto del gallo, sabía que todo esto era una farsa, que el frasco estaba donde estaba, y que yo, que hasta ese momento era un ladrón honrado, sería de ahí en adelante un réprobo y un sacrílego. Eso, si subsistía. Si el diablo no me ensartaba con su tridente y me precipitaba hacia el abismo, mientras los invitados oían mi apagado sordo grito de desespero.
Pero no. Me levanté del reclinatorio lleno de rasos blancos y azucenas purísimas que las adoratrices habían preparado especialmente para mí, mientras mis compañeros usaban las bancas comunes y corrientes (¿debo recordar que yo era el hijo del maestro?), y comulgué sin que el diablo dijera esta boca es mía. Yo sentí un alivio, pero de cualquier manera contabilicé el primero de los que llegaron a ser no menos de ochenta sacrilegios.
En ese momento el gallo cantó por tercera vez. Y supe lo que era negar a Cristo, cuando en la fiesta recibí como regalo cinco cámaras de fotografía. Una detrás de otra: la de Bertha, la de Néstor Vargas, la de las García, la de Chucho Vásquez y otra, de ya no recuerdo quién. Cámaras que se oxidaron en el cajón de los trastos viejos, porque en esa casa, donde no había con qué comprar pan, nadie iba a dedicarle un centavo a comprar un míchico rollo de fotografías.

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.