El 11 de febrero de l977 partió mi vida en dos y estuvo a punto de partirla en tres, en cuatro, en cinco. No era mi primer encuentro con 'la pelona'. Ya me había caído en una grieta en el Ruiz con la pierna derecha partida en tres partes. Esperé el rescate durante tres días metido en el hielo. Yo mismo me acomodé la tibia y el peroné que se habían partido y se salían de la pierna ofreciendo un espectáculo bochornoso.
Durante mucho tiempo quise que al morir cremaran mi cadáver y lanzaran las cenizas desde la cumbre de una montaña. Idea muy romántica que luego deseché porque en la pierna accidentada me habían implantado tremenda varilla metálica de 13 cm de largo y seis clavos. Si hubiera caído en la cabeza de alguien lo hubiera descalabrado.
Ya me había caído en la selva cuando el avión DC3 se vino a tierra desde doscientos metros de altura y dio botes entre los árboles destrozándolos y destrozándose. En otra ocasión una ventisca nos sitió durante cuatro días en el fondo del cráter del volcán Puracé y la aventura fue de dramática supervivencia. Mi lista de accidentes es larga. En ellos tengo un doctorado.
Esteban Vicente era el escalador estrella en España en la década de los setenta. Realizó en invierno y en solitario la escalada de los 650 metros del mítico Naranjo de Bulnes, montaña emblemática del alpinismo español. Algunos pusieron en duda su hazaña. Se propuso, entonces, repetirla y para ello quiso filmarla. A la sazón yo era asesor e instructor de la Escuela Nacional de Montaña de Madrid, de la Federación Española de Montañismo.
Me invitó a su aventura. Yo debía escalar la difícil cara sur cargando una pesada cámara de filmación y debía grabar su llegada a la cumbre por la famosa cara oeste de la montaña. Otros compañeros filmarían desde abajo.
Yo había estado en la zona del Naranjo de Bulnes pero todavía no lo había escalado. Así que un día antes fuimos a mirar la cara sur que estaba muy peligrosa por acumulación de nieve y porque la roca estaba cubierta de una capa de hielo, llamada verglass. Éramos tres en ese momento, separados cada uno por dos metros de distancia. Cometimos el infantil error de escalar sin cuerda. Estábamos en un paso casi vertical muy comprometido. El que iba delante, o sea encima, resbaló, el segundo lo detuvo y resbaló a su vez, yo lo detuve; resbalé y nadie me detuvo. Caí, así, doscientos metros dando tumbos por la pared. Dicen las historias que quien cae como una gota sin tocar la pared tiene más posibilidad de salvarse que quien rueda dando tumbos sobre las rocas porque cada golpe lo destroza. Todos mis golpes, como cosa curiosa, fueron en la nalga derecha. Me recogieron con heridas en la cabeza, con las manos sangrantes y la nalga derecha hecha un fleco.
Esa noche en el Refugio Delgado Ubeda de la base de El Naranjo fue terrible. Yo sentía tremendas ganas de orinar y para no molestar a los compañeros decidí hacerlo en el camarote. Pero no pude. Al amanecer pedí me sacaran del refugio. Quizás no hay cosa más humillante que le bajen a uno la bragueta del pantalón; mis manos eran una masa sangrante. La siguiente operación decidí reservármela con grandes dolores. Pero de aquello, de los orines, nada. Yo hacía fuerza y sentía grandes dolores hasta que comprendí que debía haber alguna lesión interna del riñón. Pensando que una foto sería un buen recuerdo pedí mi cámara e hice toda la fuerza del mundo. El resultado es una foto, única en el planeta, y que no muestro ni a mis más acosadas y acosadoras admiradoras. Muestra 'el bonitico', el mío, como lo llamaba el inolvidable Klim, el chorro de sangre de color rojo oscuro que salió después de los coágulos y el arco líquido que se proyecta sobre el inmaculado fondo de la nieve del piso. Una foto espectacular, sin duda. El riñón estaba reventado. Como consecuencia perdí la sensibilidad en medio muslo, la nalga derecha y parte de la espalda.
Durante algunos meses tuve la desagradable sensación de que tenía un derrière, como dicen los expertos en reinas, o un culo como manda el Diccionario de la Real Academia Española --más exactamente el culo derecho-, de proporciones alarmantes. Durante un tiempo después del accidente me volteaba a mirar porque pensaba que la gente se estaba burlando de mi trasero. Siempre lo he comparado con la sensación que se tiene al salir de la dentistería cuando todavía se está bajo el efecto de la anestesia y uno se toca repetidamente la mejilla porque cree que está hinchada. De igual manera, antes de sentarme yo me lo tocaba para ver si cabía en la silla. Al fin me acostumbré, comprendí que lo tenía normal y dejé de acariciármelo antes de sentarme.
La muerte y yo nos hemos encontrado varias veces. En realidad somos viejos y respetuosos conocidos. Amigos, no. De la muerte es muy difícil ser amigo.

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