Era viernes, abril de 1979. Pensé que era el día más largo de mi vida. Quería escuchar el timbre de las dos de la tarde, salir del colegio y coger carretera. A las tres de la tarde teníamos previsto viajar a un hotel a dos horas de Bogotá. El viaje pintaba bien: con primos, sin papás y con abuelos alcahuetes. Nos íbamos en el carro de moda, una camioneta Renault 12 verde limón. Yo iba en el baúl encima de las maletas, listo a quitarme la ropa apenas sintiera el olor a los jazmines de ese
hotel al que viajábamos cada quince días.
Mi primo Hernán Buitrago y yo, como de costumbre, llevábamos la pantaloneta debajo de la sudadera. Me acuerdo que la mía era una adidas azul que no me quitaba para nada; era la de la piscina, la bicicleta, el fútbol, el almuerzo, la comida, la de comer helado con la novia, la de todo. Y, claro, la que me iba a acompañar al momento de mi muerte.
Pasadas las 6 de la tarde, llegamos en la renoleta al hotel. Hernán y yo estábamos listos, pues a las 7 de la noche cerraban la piscina por mantenimiento y yo tenía que demostrar mis dotes de nadador. Había hecho todos los cursos de natación, era un duro para el agua y ya no me tenían que cuidar en la piscina, mucho menos meterme en el horrible flotador que podía frustrar cualquier dote de galán en el agua.
Al agua. Jugábamos a sacar monedas del fondo de la piscina. Una tras otra. Lo de siempre. En una de esas, sentí un calambre cuando toqué una de las monedas. Y ahí me quedé.
Cuando el salvavidas me sacó ya habían pasado cinco minutos. Estaba muerto. Me dicen que me defequé, que es lo último que hace un ahogado, y que me taparon con una sábana blanca. La gente corría como loca; mi abuela lloraba y se preguntaba cómo les iba decir a mis papás que yo me había ahogado en la piscina. "Pero si él sabía nadar, ¿qué paso?", dijo alguien en medio de la confusión.
Todo era angustia y dolor; y yo estaba ahí, lo veía todo, estaba como a siete metros del piso, suspendido en el aire. Había un gran camino blanco, tenía forma de túnel, pero de alguna manera me impedía entrar una especie de puerta. Junto a ella, unas personas vestidas de blanco señalaban mi cuerpo y me indicaban que yo debía regresar a él. Y de repente oí que uno de mis tíos gritaba que yo no estaba muerto, que me llevaran a la Fuerza Aérea en Melgar. Eso hicieron. Camino a las instalaciones de la FAC yo tenía conciencia de ir en el carro, pero de una forma diferente. Podía salirme, entrar, mirar las caras y, por supuesto, verme en los brazos de mi abuela que me repetía insistentemente lo mucho que me quería y lo importante que era que me despertara. Esta es la hora en que no sé cómo, pero los médicos me revivieron.
La cosa no salió tan mal. Al día siguiente, y por primera vez, monté en helicóptero como premio. Me había salvado, pero veinte años después volví a ver el túnel cuando un imbécil decidió dispararme. Esa fue mi segunda vez y espero que si hay una tercera también pueda escribirla. Y hoy, no lo dudo, sé que el mejor escudo humano es una bendición celestial.

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