A uno no se le ocurre que lo puedan violar dos veces. La verdad, no veo ese par de polvos forzados como algo traumático, porque afortunadamente mi reacción fue bien diplomática. ¿Pero qué más puede hacer uno, si lo que va a pasar va a pasar así uno grite y patalee? Además, parte del encanto de la violación es que uno oponga resistencia. Eso excita al victimario.
Había llegado a París hacía unos tres años (tenía 25) y estudiaba en la escuela de Bellas Artes, de donde salía todas las tardes a sentarme en un café. Ahí conocí a un médico francés que supuestamente estaba tomando cursos de dibujo. Era un negro muy culto y conversamos varias veces. Un día me acompañó en mi mobilette al taller de pintura y antes de irse me dijo "Cierra los ojos y abre la boca que te tengo un regalito". Muy ingenua abrí la boca y él me metió un ácido . Subí al taller y las gafas empezaron a parecerme como un par de vidrios de botella que se alejaban y se acercaban a mis ojos. Llamé a un amigo y le conté. Me dijo que me fuera para su casa y, al tratar de prender mi mobilette, que no funcionaba, se me acercó el negro otra vez y se ofreció a llevarme. Me monté, pero ¡cuál llevarme! Se fue a las afueras de París, hasta el bosque de Boulogne y allá, en pleno invierno, a las nueve de la noche, me dijo que o se lo daba o me dejaba ahí tirada. En medio de mi ácido, le dije que qué frío, que más bien fuéramos a un hotel y cuando llegamos no hice ningún escándalo. Se lo di (en contra de mi voluntad, por supuesto) y repetí todas las frases que quería oír. "Di que los negros lo tienen como nadie". "Los negros la tienen gigante" le decía yo. Al amanecer me fui como si nada. Tal vez fue lo más sano. El tipo nunca volvió a aparecer y seguí mi vida común y corriente.
La segunda vez, o el segundo intento, vino seis meses después. La caída de Franco había revolucionado a todos los jóvenes, que salían a hacer manifestaciones porque sí, porque no y porque también. Mi novio era trotskista y ya habíamos tenido que recibir a un par de heridos, así que esa noche, cuando me bajé del metro en la estación de la Bastilla y sentí que había una persona persiguiéndome, pensé que era un estudiante tratando de esconderse de la policía. Llegamos a la puerta de mi edificio y conmigo entraron un vecino y otros dos hombres jóvenes. Todo parecía normal. Cuando estaba abriendo la puerta, uno de ellos, alto y buen mozo, se me acercó y me puso un cuchillo en el cuello. "Esto es una violación", me dijo. Lo hice seguir muy tranquilamente. Solo me preocupaba el cuchillo, así que le ofrecí un whisky y los papeles se invirtieron. Era marroquí y, soy sincera, me ayudó su buenmozura. Empezó a decirme que los franceses eran una porquería y yo lo oía como si fuera su siquiatra. Me hizo empelotar y yo seguía hablándole con paciencia. Era tal su desesperación, que no le funcionaba nada, y por nada me refiero también a su miembro. "Es que esto es una enfermedad, algo que yo no puedo controlar", me decía tratando de justificarse. Me obligó a que lo tocara y a que le hiciera sexo oral, pero la cosa seguía sin funcionar, así que se puso a llorar de la desesperación, me pidió perdón, me encerró en el baño y se fue. Después de tanta calma, finalmente entré en shock, sentí mucha lástima por el marroquí y llamé a un amigo para que me acompañara. Mi novio quiso llevarme a poner el denuncio a una asociación de feministas y creo que ese capítulo fue más macabro que cualquier cosa. Una casa con la luz cortada y un poco de marimachas preguntando detalles me hicieron desistir del asunto. Durante varios meses sentí que me perseguían y me compré una pistola de gas para sentirme más segura, pero finalmente la paranoia pasó y el episodio se convirtió en uno más de mi vida, que por cierto no me traumatizó. Todo lo contrario: me dio más seguridad y me hizo más mujer.

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