Simplemente dejó de llamar por teléfono y las cartas comenzaron a ser devueltas. Mi padre, su hermano mayor, se comunicó con su trabajo, un hotel de cuatro estrellas, y le respondieron que no sabían nada de su paradero. Mi tío Jorge Fuguet, su hermano menor y mi padrino, logró comunicarse con el administrador del edificio donde vivía, y este le dijo que ya no vivía ahí. Desde entonces, no hemos vuelto a saber de él.
Algunos en mi familia lo dan por muerto. Otros creen que es descarriado sin sentimientos que no fue capaz de asistir al entierro de su propio padre. Mi tío, de hecho, desapareció justo antes de que mi abuelo muriera de cáncer al esófago. Dato objetivo: Carlos Fuguet sabía que su padre estaba mal, en las últimas. El resto es especulación. Unos meses antes, había pasado por el barrio de El Toro, en Orange County, California, al sur de Los Ángeles. Mi tío les regaló un equipo de video y los llevó a pasear a San Diego. Mis abuelos lo criticaron por gastar demasiado, por hacerles tantos regalos. "¿De dónde sacas tanto dinero?", le preguntó mi abuela. Esa fue la última vez que lo vieron.
Hubo después una discusión telefónica. Mi tío, que estaba a punto de cumplir cuarenta y tres años, no devolvía un dinero que le había prestado su madre. Todos lo putearon por teléfono. En la familia, estaban aburridos de socorrerlo una y otra vez. Mi padre cogió el teléfono y lo insultó. "Cómo puedes hacerle esto a tu padre, que está enfermo", le dijo antes de lanzarle una sarta de insultos. A los pocos días, a mi abuela le llegó un cheque con el dinero. Lo cobró. El cheque tenía fondos. Luego, nada. Nunca más. A las semanas, mi abuelo falleció. No pudieron avisarle, porque no sabían dónde estaba. Había desaparecido sin dejar una dirección.
Una biografía corta, de esas que solo se fijan en los hitos y se saltan todo aquello importante: Carlos Fuguet nació a fines de marzo de 1945 en Santiago y, dentro de lo que sé, su vida sucedió sin sobresaltos. Eran tres hermanos. Es el hijo del medio, no es muy alto y parece el más inteligente. Al menos, es el que lee más. Su padre -mi abuelo- había nacido en Uruguay, de padres catalanes. El bisabuelo Fuguet había sido un técnico textil, y mi abuelo, al crecer y quedar huérfano, siguió en el mismo rubro. Cuando nació mi tío Carlos, a mi abuelo no le iba nada mal. Tenía una casa estilo art deco en el barrio de Ñuñoa, cerca del Estadio Nacional, un auto y un refrigerador. Al igual que sus hermanos, mi tío Carlos asistió a un colegio privado. Fue un chico relativamente popular, no tanto como mi padre (que era seis años mayor), aunque bastante más que su tercer hermano, que tenía un año menos.
Cuando cumplió quince años, las cosas comenzaron a ir mal para la familia. De un sopetón, mi abuelo lo perdió todo. Carlos Fuguet terminó el colegio muy joven e ingresó en el Pedagógico de la Universidad de Chile a estudiar filosofía. Ahí coqueteó con las Juventudes Comunistas y combinaba su apoyo al candidato Salvador Allende con ir a las cárceles a enseñarles a los reclusos a leer. En su tiempo libre, seducía a las jovencitas que trabajaban como domésticas en el barrio ("era chinero", me dijo una vez mi tío) y las llevaba al céntrico cerro Santa Lucía, donde, entre los arbustos, pasaba un rato con ellas.
Mi abuelo tuvo que vender -o quizá le quitaron- su casa de la calle Nueva Ñuñoa, y se instalaron en un minúsculo departamento de la popular calle Diez de Julio, barrio de fábricas y repuestos automovilísticos. Se acabaron los lujos. Mi abuelo manejaba un taxi; mi abuela cosía. Desde California, mi padre, ya casado y conmigo, comenzó a mover los papeles de inmigración. En esa época, ingresar en Estados Unidos no era difícil. Mi abuelo decidió que primero partirían sus otros dos hijos en Santiago y, una vez que ellos ya estuvieran instalados, él los seguiría. A los diecinueve años, Carlos Fuguet llegó al aeropuerto de Los Ángeles sin saber una palabra de inglés. En la embajada, declaró que nunca había pertenecido al Partido Comunista y que no admiraba a Fidel Castro. Nunca había salido del país y ahora estaba en un mundo que poco y nada tenía que ver con el suyo.
En su libro de memorias La danza de la realidad, Alejandro Jodorowsky dice: "Con los años, comprendí que el nombre y el apellido encierran programas mentales que son como semillas. De ellos pueden surgir árboles frutales o plantas venenosas. En el árbol genealógico los nombres repetidos son vehículos de dramas. Es peligroso nacer después de un hermano muerto y recibir el nombre del desaparecido. Eso nos condena a ser el otro, nunca nosotros mismos". Cuando lo leí, no pude sino acordarme de mi tío Carlos Patricio Fuguet García. En 1944, un año antes de que él naciera, había nacido otro Carlos. Mi abuela tuvo un niñito que murió a las horas de parido. Antes que muriera, lo bautizaron. El registro de defunción dice que el infante fallecido se llamaba Carlos Patricio Fuguet García. En el Cementerio General de Santiago, hay una lápida donde descansa ese tío mío que no alcanzó a vivir. Dice 1944-1944. Un año y tanto después, llegó un nuevo niño al mundo. Mi abuela, sin pensarlo dos veces, lo bautizó igual que su hermano. Mi tío Carlos fue condenado, desde un principio, a desaparecer de la familia antes que el resto.
Todos aquellos que se han mudado de país y de vida se hacen la pregunta alguna vez: ¿si me hubiera quedado en mi sitio de origen, esto hubiera sucedido? ¿Qué hubiera pasado con Carlos Fuguet en Chile? ¿Habría terminado como un profesor? ¿Como un guerrillero? ¿Habría desaparecido de manos del ejército de Pinochet? Mi tesis de sobrino es que Estados Unidos arruinó a mi tío. Quizá eso es injusto, es lanzar la culpa lejos. Pero, sin duda, que el factor América tiene que ver en la ecuación. Yo algo sé de trasplantarse. Quizá ahí radica mi lazo irrestricto con mi tío: yo también sé lo que no es tener un lugar en el mundo. No es sencillo rehacerse, menos en otro idioma. Mi tío, además, era un adolescente, lo que no facilitó su historia. Además, tenía un grupo de pertenencia que no se parecía en nada al mundo americano que le tocó enfrentar.
En Los Ángeles, mis tíos vivían en un minúsculo departamento en un edificio que estaba al frente del de nosotros. Yo estaba recién nacido. Ellos limpiaban autos de día y estudiaban inglés de noche. Comenzaron a juntar dinero. Al rato aparecieron mis abuelos y todos se fueron a vivir juntos. Mi abuelo lavaba platos; mi abuela pegaba botones en una fábrica. La razón por la cual no era tan complicado solicitar la visa a Estados Unidos era que existía una suerte de cláusula. Los jóvenes solteros menos de veinticinco años podían ser reclutados. Carlos y Jorge fueron llamados al ejército y destinados a Vietnam. En los últimos días, en la televisión, hemos visto cómo mueren inmigrantes e hijos de inmigrantes latinos en el desierto de Irak. En esa época, la noción de chilenos luchando en Indochina era, por decir lo menos, risible. ¿Qué tenía que hacer un chico de Ñuñoa en Saigón?
Parece que a mi abuelo, sin embargo, no le pareció tan fuera de lugar que sus hijos partieran a luchar a una guerra que poco tenía que ver con su país adoptado y nada con su país de origen. Cuesta entender cómo no se regresaron a Chile o cómo no envió a sus hijos a Canadá. En Santiago, mi abuelo no la había estado pasando bien, pero estaba lejos de estar muriéndose de hambre. No era un asunto de vida o muerte emigrar a California. Ir a Vietnam, sin embargo, sí lo era. Me imagino que, al final, prevaleció el factor conveniencia y el statu quo. Qué se le iba a hacer. Quizá pensaron que no era tan peligroso. Además, los chicos tendrían un curso intensivo de inglés.
El menor de los hermanos Fuguet fue enviado al frente y regresó, meses después, vivo. Mi tío Carlos tuvo mejor suerte: lo destinaron a Fort Hood, cerca de Waco, Texas. Al parecer, tenía condiciones suficientes como para no ser considerado carne de cañón. Quisieron conservarlo vivo. Una noche de verano texana fue con un amigo a un bar y vio a una chica rubia bailar arriba de un cubo. Ambos estaban drogados y borrachos: Carlos y Suzette se casaron al día siguiente. Suzette tenía diecinueve años, olía a orina de gato y no se lavaba el pelo. No conocía Dallas y soñaba con ir a California y escapar de su familia white-trash. Sus hermanos eran vaqueros y vivían en una casa tipo tráiler con varios perros.
Mi tío volvió a California casado con una chica no muy brillante, pero con bonitas piernas que miraba con desdén a los mexicanos y creía que Chile estaba cerca de Grecia. Carlos Fuguet no había ido a la guerra, pero, si alguien se hubiera detenido a mirar más de cerca, quizá se habría dado cuenta de que había una guerra dentro de él. El matrimonio duró casi nada. Suzette terminó de prostituta en la calle Sunset. Carlos Fuguet se dejó crecer la barba y el cabello, y se fue a vivir a una pieza de un viejo hotel que solo puede ser definido como bukowskiano. Desapareció. Cuando regresó a la familia, era un hippie. O, al menos, un músico que se creía hippie.

Me gustan las crónicas de familia en la cual un autor detiene su imaginación y apuesta por la no-ficción filial. Entre mis libros de cabecera está La invención de la soledad, de Paul Auster; La vida de mi padre, de Raymond Carver, y Mi madre, in memóriam, de Richard Ford. Todos ellos escribieron de su padre o de su madre cuando ya estaban muertos, cuando ya no podían herir o dañar a los involucrados. Eso es lo bueno de escribir sobre los muertos. Lo malo es que aquello que uno escribió no podrá servir nunca para reencontrarse con quien lo inspiró.
Tal vez por ello siempre fantaseé con la idea de que algún día escribiría un texto (un ensayo, un libro breve) acerca de cómo nunca me entendí con mi padre. De cómo un día, cuando yo tenía quince años, partió a Estados Unidos. De cómo me abandonó literal y emocionalmente. De cómo fue un egoísta hijo de puta que un día se fue dejándome a cargo de algo para lo cual no estaba preparado: ser marido, padre, hermano, hombre. Sería, pensé, mi mejor historia. El texto por el cual me recordarían. Sabía que, para trascender, no todo tendría que ser odio, revancha, ajuste de cuentas. Tendría que perdonarlo, perdonarme, entender. Mal que mal, para eso está la literatura: para que podamos hacer lo que no podemos hacer en la vida. Literariamente, me sentía preparado. Ahora, solo tenía que esperar a que se muriera para que yo tuviera la libertad y la distancia para enfrentarlo. Pero algo pasó en el camino, algo que no lo tenía contemplado: me reencontré con él.
Lo que detonó su búsqueda fue una conversación digital con mi primo Charlie Fuguet, un aspirante a director de cine, hijo de mi tío que se había ido a Vietnam, y que un día apareció en mi buzón Outlook. No había tenido contacto con Charlie desde que él estaba en el colegio. Me informó que se había alejado de toda la familia, que no quería saber nada de ella, en especial de su padre. "Espero no volver a verlo durante el resto de mi vida", me escribió. Le pregunté entonces por qué confiaba en mí: porque tú también mandaste a la mierda a los Fuguet. "Sé que no tienes contacto con ellos: somos iguales, primo. Tú, yo y Carlos somos los únicos de la familia que valen la pena", me dijo.
Nosotros, los Fuguet, tenemos en nuestros genes la capacidad de desaparecer. No es que seamos una familia de magos. Pero a los hombres de la familia la idea de la huida nos embriaga y seduce. A veces, algunos de ellos se rinden al impulso y se fugan. Simplemente parten. Algunos vuelven al rato, como mi hermano, que una vez se escapó al norte con su tabla de surf. Lo llevamos en la sangre. Y he tratado de rebelarme ante este gen extraviado que nos condena. Mi hermana una vez me dijo que era cierto: yo no me había ido, pero, a la vez, nunca había estado del todo.
Quizá yo estaba regresando. Lo que me quedó claro es que mi tío no era mi búsqueda. Antes de encontrar a mi tío, tenía que encontrar a mi padre, a quien no había vuelto a ver ni hablar en cuatro años. Había cortado relaciones con él. Durante los años, lo había visto, claro, pero nunca hubo una relación. Le escribí un escueto e-mail y le dije que nos viéramos, que hiciéramos un viaje juntos. No le pedí disculpas ni lo increpé. Me encontré con mi padre en un aeropuerto llamado John Wayne, y volamos, en silencio, a la ciudad de Las Vegas, que fue el sitio que él sintió que era el mejor de todos para reencontrarnos. La historia da para un cuento. Puede ser. Pero una cosa es la literatura, y otra, la vida. Me perdí de escribir ese gran texto sobre mi padre, pero, a cambio, me quedé con un padre de verdad. A fin de cuentas, yo ya tenía treinta y siete años, una edad decente para empezar a crecer.
Cuando le informé a mi primo que había vuelto a ver a mi padre (y también al suyo y a nuestra abuela), este me envió un escueto e-mail. Decía "fuck you". Le envié varios más, pero nunca los respondió. No he vuelto a saber de Charlie Fuguet, aunque también lo podría tildar como un desaparecido. Su hermana sabe su teléfono, conversa con él, pero no está autorizada a entregar información. Aún no he hecho el esfuerzo para salir a buscar a este primo. No creo que sea demasiado duro encontrarlo. Creo que lo haré este verano, cuando regrese a Los Ángeles. Salir a buscar a alguien que no desea verte no es grato ni fácil y te demanda energía. La misma energía que mi familia nunca tuvo para buscar a mi tío.
El tío que más recuerdo (el mítico y el mejor de todos) era hippie, tocaba bongós, jugaba fútbol, siempre olía a marihuana y llegaba en un Mustang del cual salía la música de Jimi Hendrix. Carlos Fuguet nos llevaba al Seven Eleven y comía la misma chatarra que nosotros. Todos, en el suburbio de California donde me crié, querían un tío como el mío. Todos queríamos a Carlos, todos queríamos ser como él cuando grandes. Se hizo ciudadano estadounidense y menos hippie.
El tío seguía tocando en clubes. En uno de ellos, conoció a Pamela, una viuda de Pasadena, que tenía dinero y situación. También tenía un hijo, Gary, que era muy rubio y muy gordo y muy hiperactivo y un año mayor que yo. Había nacido un año después de que su padre murió en un accidente automovilístico. Mi tío estudió auditoría contable, se casó con Pamela y se hizo cargo de su hijo. Mi tío nunca tuvo hijos propios porque era estéril. Empezó a trabajar en la empresa de contabilidad de su mujer. A ella le gustaba la buena vida, en especial la que se vivía en Las Vegas. Iban al MGM Grand y gastaban y gastaban. Se creían artistas de cine. Mi tío comenzó a aficionarse a los autos y a las joyas y a vestirse como un extra de Starsky & Hutch.
Fue arrestado a principios de 1976 por desfalco. Le había robado dinero a una parroquia que había depositado su confianza en la empresa. Carlos Fuguet se había comprado trajes rojos, sombreros, zapatos con tacones altos y un Cadillac largo con piel de leopardo. Buena parte de los más de diez mil dólares que obtuvo los gastó en los casinos. A su esposa le decía que ganaba. Mi tío fue sentenciado a dos años de cárcel. Mientras estuvo internado, su mujer le pidió el divorcio. Años después, mi abuela se contactó con Pamela, y ella le contó que estaba bien. Se había vuelto a casar. Gary, en cambio, tuvo un destino trágico. A los dieciséis años se inyectó aire en las venas.
Nadie se acuerda cuándo mi tío salió de prisión. O quizá sí. Esta parte de la historia es borrosa. Cumplió su condena y luego su libertad condicional. Luego desapareció. Mi familia y yo ya vivíamos en Chile. Mis abuelos lo buscaron varias veces por teléfono, pero nunca lo encontraron. En tres años, nadie supo nada de mi tío Carlos, excepto mi hermano Paul, quien por entonces tenía unos ocho años y una vez contó que se había pasado la tarde conversando con un tal Carlos que era su tío y que lo había llamado a nuestra casa en Santiago, según él, desde Disneylandia.
En 1981, sonó el teléfono en la casa de mis abuelos. Era mi tío, estaba vivo y otra vez en prisión. Se había entregado en Reno, Nevada, antes de que lo aprehendieran. Trabajaba en la administración de comida de un casino. Sustrajo dinero ajeno y -creo- un auto. Mi padre se había separado de mi madre y había regresado a California en 1977 y vivía en el mismo edificio de mis abuelos. Mi tío pasó más de un año en la prisión de Chino, pero gracias a su buena conducta (estudiaba leyes en la biblioteca y le hacía la declaración a la renta al resto de los reclusos), pudo salir. Yo estuve allí con mi padre. Recién había egresado del colegio y estaba a punto de retornar a Santiago. Había pasado mis vacaciones en Orange County, y me había aburrido como nunca. Mi madre me escribió una carta diciendo que no me juntara con mi tío Carlos, que era un reo y era peligroso.
Quedé impactado el día que Carlos Fuguet apareció en la casa de mis abuelos: ya no era el hippie joven sino un señor prematuramente envejecido y con una inmensa barba a lo Karl Marx. No escuchaba rock sino country music. Hicimos un paseo a Long Beach a ver el barco Queen Mary. En el camino, mi tío nos entretuvo con historias de la cárcel, pero nunca tuve la oportunidad de hablar con él a solas. Esa fue la última vez que lo vi. Tengo entendido que se quedó un tiempo en Orange County, donde debía cumplir su libertad condicional. No tenía licencia de conducir. Se consiguió un trabajo en la cocina de un colegio para niños retardados y se iba caminando cuadras y cuadras. Se levantó, recuperó sus libertades, juntó dinero. Cuando pudo alejarse de la casa de sus padres, lo hizo. Partió a trabajar a un hotel en San José, al norte. Creo que ellos nunca lo fueron a ver.
Desde hace años que tengo una tarjeta pegada en mi tablero de corcho que dice "La novela de Carlos". Siempre me ha fascinado la idea de que alguien desaparezca por su voluntad, que opte por irse y no volver, sin dejar rastro. Revisando mi memoria, capto que la figura de Carlos Fuguet se ha colado a buena parte de mi obra. Durante años, ha sido algo así como una obsesión. Mi tío perdedor, mi tío hippie, mi tío loser. Mi tío presidiario, mi tío en libertad condicional, mi tío Viva Las Vegas. El único de la familia que optó por una vida no convencional ("a life less ordinary"), el que se negó a crecer, el que se dejó llevar por sus pasiones y mandó todo a la mierda.
Vista así, y sin saber qué sucedió, lo cierto es que la vida de mi tío me sigue pareciendo digna de una novela, pero no de una novela mía. Dejé de identificarme con él. No más. No deseaba más emular sus pasos y desaparecer para siempre. Dejó de interesarme como personaje literario. Ahora tenía que volver a ser parte de la familia. Había llegado la hora de salir a buscarlo.
En toda familia hay peleas y en todas las familias hay parientes que no se hablan. Lo que es menos común es que no se sepa nada de nada de un hijo o de un hermano. Una cosa es no verlo a cada rato o hablar poco por teléfono, pero de ahí a no saber siquiera su número hay un abismo. Para mí esta es la verdadera historia de Carlos Fuguet. No lo que le pasó. Todo hijo tiene el derecho de tropezar o de querer fugarse, tenga la edad que tenga. Lo que es menos común, lo que me impacta y altera, es que el resto de la familia no quiso -o no pudo- hacer nada.
Hasta comienzos de 2003, mi familia no sabía nada de mi tío. Nada de nada. No sabían si estaba muerto o si vivía en Estados Unidos o si era de vuelta un preso. Nada. Ahora viene el final de esta historia. En rigor, no hay final, pero de alguna manera sí lo hay (al menos para mí). Por fin estamos buscando al tío Carlos y por fin la búsqueda nos ha unido a todos.
La historia fue así: enero de 2003, estoy en California visitando a mi padre. La estamos pasando bien juntos. Venimos llegando de un paseo en tren. Parto al día siguiente. Pasa a despedirse mi tío Jorge con su novia mexicana, una robusta mujer llamada Rosita. Sale, no recuerdo bien cómo, el tema de mi tío extraviado. Se especula acerca de su paradero, casi como si fuera un juego de salón. "Yo creo que está fondeado bajo un río", comenta mi padre. "Se involucró con la mafia, por un asunto de drogas o de apuestas, y lo liquidaron". Mi tío Jorge dice que una vez creyó verlo en un automóvil. También comenta que hay un programa en la televisión donde uno puede enviar una foto y lo encuentran.
De pronto, pierdo mis casillas. Digo que no puedo creer que no hayan hecho nada por buscarlo. Sin esperar su respuesta (aún no la sé, pero imagino que tiene que ver más con el miedo que con el dinero), agarro las páginas amarillas y busco la sección de investigadores privados. Elijo uno al azar y marco su número. "¿Qué haces? ¿Quién lo va a pagar?", me dicen. "Me da lo mismo. Yo lo pago, si quieren. No puede ser que haya pasado tanto. No nos vamos a arruinar por esto. Pero si hay que pagar, yo algo puedo pagar. ¿Ustedes?". Dijeron que sí.
Me respondió una contestadora. Dejé un recado. Era muy tarde. A la mañana siguiente, cuando cerraba mi maleta, sonó el teléfono. "I'm looking for a missing person", le dije al detective.
Mi padre le dice Sherlock al detective. El otro día me contó por teléfono que el tipo se parece a Cannon y que su mujer es su secretaria. Sherlock es un ex policía de Los Ángeles que ahora está jubilado. Entre los datos que nos ha entregado está el hecho de que Carlos Fuguet no está preso ni lo ha estado durante los últimos años. Tampoco ha aparecido en una morgue. A través de su tarjeta del Social Security, Sherlock le ha seguido la pista a mi tío. Al parecer, Carlos Fuguet se ha movido bastante y ha vivido en muchos moteles. Sherlock cree que no se ha cambiado la identidad y que, según su olfato, no ha dejado el país.
Una noche, me despertó a las cinco de la mañana:
-Carlos está vivo y vive en Miami.
Era otro Carlos Fuguet, un cubano y era menor que mi tío.
Sherlock cobró doscientos dólares iniciales, más cien extras como gastos. La semana pasada le dijo a mi padre que cerraba el caso puesto que él no hacía seguimientos por todo el país. Además, le dijo, era un gasto innecesario. Mi tío, al parecer, está circulando por ahí, en la costa este. A un detective le corresponde encontrar a alguien. El tema de las reconciliaciones, le comentó, no era de su competencia.
Ahora mi padre es Sherlock y le está escribiendo cartas (la misma carta repetidas veces) a cada una de las quince direcciones que le pasó el detective. Una fue devuelta. Mi padre me ha asegurado que la carta no es agresiva sino cariñosa. En tres líneas le dice que quiere saber de él y le da sus datos, sus teléfonos. Quizá lo que corresponda más adelante es ir personalmente a cada una de esas casas. Eso ya se verá. Yo aún no canto victoria. A lo mejor no es mi tío, y quizás es una confusión. No sabemos todo, pero al menos sabemos algo. Ya estamos más tranquilos. Mi padre está buscando a su hermano, pero lo que más me importa, lo que más me emociona, es que en la búsqueda se está encontrando a sí mismo.

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