Manejo por una carretera y un elefante sale de la nada. No es posible: Pombo se debe estar durmiendo. Orillo el carro, duermo un par de minutos y salgo como si nada.
Estoy en una comida y siento un calorcito en la cabeza y el cuerpo. Digo que voy por hielo. Pasan diez minutos y Pombo no vuelve. Van a buscarme y estoy parado contra la nevera, sosteniendo la hielera, profundo.
El cura dice: "Pueden sentarse". Pombo se mece, siente que se va a caer, da un paso atrás y se despierta intranquilo. La vecina me regaña: "A misa no se viene borracho".
Soy centinela en Tolemaida con mi hermano. Queremos pasar un curso de la Reserva y ascender a tenientes. Por supuesto, los hermanos Pombo, uniformados, roncan parados fusil en mano.
Estoy en la Caracas con 60. Es la una de la mañana. "Toc, toc". Golpean la ventanilla de mi carro unos serenateros amigos. "Doctor Pombo, ¿está bien?". Pombo se despierta. Dormí unos dos o tres cambios de semáforo. Estoy perfecto, doy las gracias y sigo mi camino.
Un cliente de la fiduciaria me da instrucciones sobre las acciones que quiere comprar. Pombo cabecea y escribe unos jeroglíficos espantosos. Más tarde no recuerdo lo que querían.
Estos episodios tan molestos son solo algunos de los que he vivido por culpa de los ataques de sueño que me dan desde que estaba en el colegio. Algo sucede en el cerebro y, ¡plup!, me desconecto. Sientes un calor y de repente te quedas dormido. Pasa un minuto y te despiertas sin sueño.
La gente me dice: "Abra la ventanilla, quítese los zapatos, échese agua en la cara, prenda el radio, tome café". Pero Pombo se duerme y no hay nada que hacer. Es hartísimo. Mi remedio casero es parquear y dormir unos minutos, o , antes de una reunión, hacer una siesta como las que hacía en el Banco de Bogotá cuando me recostaba sobre el suelo con un directorio telefónico como almohada.

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