No más locutores deportivos. No más. Qué hastío. Nos van a volver aficionados a otro deporte, al plusmarchismo, al nado sincronizado, al partido comunista, a otra cosa. Nos someten a la dictadura de su inteligencia, sus comentarios idiotas, sus opiniones repetidas y sus dichos insulsos. No más. No más Adolfo Pérez, ¿por qué reapareciste? Reapareció y, como buen discípulo de Pitágoras, comentó que el partido había sufrido un cambio de 360°.¿Dónde quedó la geometría euclidiana? Pero él es así: genial. Y para él: "Si estando 1?0 era difícil ganar, estando 2?0 es más difícil", y "es mejor empatar que perder". Lo cual, Adolfo, es cierto, pero ¿hay que decirlo en público con tono inteligente y cobrar por eso? No, Pérez. Y Vinasco Ch. con su canción: "Estoy narrando con caché". Cuando la primera condición para tener cachet, es no decir caché. Pero Vinasco tiene caché, y por eso dice que el balón se va "por encima del palo'e mango", y que el árbitro "está muerto de la erre" y que un jugador es "¡mucha pelota, compañero!", y que "acuestemen a Güiliansito". Qué alcurnia, señor Vinasco. Qué caché, señor Ch. ¡Maldita la hora en que no salió alcalde de la ciudad!

Pero los comentaristas deportivos son eso, unos seres extraños. Unos engendros entre un físico nuclear y un niño con síndrome de Down. Un cruce entre un indio amazónico y un tamaguchi. Ahí está don Iván Mejía Álvarez diciéndole a una multitud enardecida que ése, que el pobre negrito analfabeto, es el culpable de la derrota: "Apúntenselo todo a ese arquerito de dos pesos con cincuenta." "¡Y quémenlo vivo!", le faltaría decir. Y qué decir del señor ego. Del mister primero yo, segundo yo y tercero yo que es Carlos Antonio Vélez. En el mundial pasado no dejó hablar a Carlos Bilardo, campeón del mundo, por estar parloteando con vehemencia sus apreciaciones que hacen revolcar a Rufino José Cuervo cuando contienen palabras de su creación, como: "arratonado y saltabilidades".

Vélez quiere hablar hasta en los minutos de silencio. Al igual que Víctor Velásquez, que vaya Dios a saber cómo terminó en ESPN. Poéticamente dice que un equipo "hace inhóspito su propio terruño, su feudo", cuando lo que quiere decir es que un equipo es fuerte en su cancha. Porque don Víctor quiere ser poeta. Poeta como Billy Pontoni. Utilizando diminutivos: "El equipo está ganando porque está concentradito, agrupadito, coordinadito". No más locutores deportivos. No más Javier Hernández Bonett que, inclementemente, vuelve las "s" una "j": "Eje arquero con ejos brajos, pa' jemejante goleador". No más. Que se acabe esa secta maldita. Y al menos, les exijan presentar el ICFES o, como dirían ellos, el IFEKS.

Pero no, por generación espontánea siguen apareciendo y envenenando el fútbol. Ahí se ve venir a Ricardo Orrego, lleno de clichés narrativos: "El equipo manito, el tico, la garra charrúa, la bestia signora" o "el humilde Santa Fe le ganó al encopetado Barcelona" y, cuando juega Brasil, saca sus portuguesísmos: "La torcida le exige jogo bonito al scrash brasileiro de los verde amarela". Ya no más Orrego, no más ser la fotocopia de don Armando el de Yo soy Betty, la fea. Y Ricardo Henao, disidente de payaso, con ese tono de pernito: "Nooo seee muevan, yaaa regresamo". Henao podría salir con una peluca diciendo: "Sigan, sigan, vea al niño mitad hombre mitad iguana, todo niño paga", lo haría muy bien.

Basta, señores locutores. Exigimos estética, y gramática. Inteligencia y prudencia. No más notas deportivas desde la embajada del otro equipo donde salen tres pendejos saltando con una bandera. Ni desde el parque de la 93 con unos estúpidos tirándose harina y tomando aguardiente. Ni desde la fila de la taquilla. No más gritos infinitos de gol. No más patrocinios cada cuatro palabras. No más: "Este es el ambiente que se vive desde aquí, sigan ustedes en estudio". No más cumbias cienagueras, ni himnos nacionales. No más giros de 360°, ni "saltabilidades", ni poesía. Respétennos. Respeten el fútbol y a los futbolistas.

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