En los 30 minutos que duró el viaje en carro desde mi casa, en Bogotá, hasta Briceño, el municipio más cercano a Tocancipá, donde está Duquelandia, me prometí que no iba a sobrepasarme, que trataría de entender el parque como —en palabras de algún miembro de junta de acción comunal— "una opción recreativa, un remanso de paz y un espacio para el solaz" y que destacaría todo lo bueno que puede haber en 120 hectáreas de espacio para los niños. No pude. Me superaron, me aplastaron el buen ánimo las toneladas de cemento que Jaime Duque puso a secar cuando se le ocurrió que Colombia podía tener su Disneyland en esta especie de enorme bandeja paisa de yeso.

¿Y había que meterse con los huesitos y la carnita de Uribe? Sí, había. Es inevitable no pensar en el lenguaje del Presidente cuando uno se conecta con el espíritu de patrioterismo que se siente en el Jaime Duque. Párese usted entre el monumento al soldado desconocido y el monumento al policía desconocido y quedará justo frente a una rotonda de estatuas que pretenden despertar una pasión forzada por todo lo que se supone que explica la colombianidad: el esclavo (se lee en una placa: "Con sufrimiento forjaste tu libertad"), el boga ("surcaste los ríos de la patria"), el vaquero ("centauro creador de la riqueza pecuaria"), el agricultor ("labras, siembras y cosechas para el bien de la patria"), el arriero ("abriste los caminos de la patria") y hasta la española ("con tu garbo y virtudes contribuiste a forjar nuestra nacionalidad"). José Obdulio no ahorraría una furtiva lágrima, con o sin Donizetti de por medio, frente a este lugar común del lugar común en que nacimos.

Lléguele

Para llegar, tome la autopista norte desde Bogotá, vía Tunja, y desvíe hacia Briceño. Doble por Los Arrieros Fonda Pura Antioqueña y descubrirá el parque antecedido por el Parador Santandereano, el Rancho Llanero y el Asadero Bucaramanga. Encontrará el parqueadero al lado de El Cóndor, un edificio mezcla de capitolio romano y parlamento republicano que sirve de antesala a las atracciones (mi mujer, que tiene la lengua venenosa dice que aquí no se puede hablar de "atracciones" sino de "repulsiones") y que tiene en la cúpula un cóndor tan grande como la deuda externa de Haití. Allí, después de comprar uno cualquiera de los brazaletes de ingreso (entrada mínima, $4.500) y de abrazarse con Sócrates, un tiranosaurio de peluche verde que recibe a los visitantes bajo una araña de cristal que cuelga de un domo pintado con el tricolor patrio, se pasa por un túnel subterráneo que desemboca en la entrada real, el puente José Ramón Calderón. Una placa dice: "Homenaje a una amistad", así que habrá que entender que el señor Calderón fue o es un caro amigo de Duque.

Cada domingo 3.000 visitantes pasan del puente a la ya mencionada rotonda de la nacionalidad y salen disparados a uno cualquiera de los rincones del parque, donde la historia criolla vive en contubernio con un brochazo de la universal. Jaime Duque tuvo que haber grabado en su alma los libros de sociales del colegio y, según parece, tenía una especial atracción por otro tipo de historia: la que no existe, porque aquí no es difícil encontrarse con esfinges, grifos, sirenas, unicornios, pegasos, toros alados, deidades egipcias con las tetas al aire (hay más bustos que en veinte ediciones de SoHo) o mosaicos con leyendas —en todo el sentido de la palabra— tan emotivas como: "Mitad hombre, mitad caballo, los centauros de la mitología griega eran oriundos de Tesalia. Utilizaban grandes piedras para combatir contra los lapitas. Derrotados, buscaron refugio en el macizo del Pindo". La sensación es que quien asesoró a Duque estudió un bachillerato muy elemental, pasó la adolescencia devorando fotonovelas mexicanas, veía películas italianas de mitología en matiné dominguero y soñaba con un "mejor país". ¿Asesoró alguien a Duque o Duque fue consejero de sí mismo en la aventura de convertir sacos y sacos de Cemento Argos en un elogio campestre de todo lo que no debe ser un parque. Quizás por eso la filóloga polaca Ewa Marta Kulak montó en su página un artículo titulado Parque Jaime Duque: Neverland colombiano… de inmediato un navegante le colgó el siguiente comentario: "Es problema de nosotros no sea metida mona desgraciada, perra polaca de mierda asquerosa inmunda desgraciada". No habiendo yo nacido en Pozna, como ella, espero que los comentarios de este artículo en la página de internet de SoHo sean un poco menos emotivos y que nadie me pregunte si me encontré en el parque con Marlon Mouse.

El fundador

Jaime Duque Grisales, que está próximo a cumplir 90 años y de quien se sabe poco más allá de lo que dice la biografía del folleto que venden en su parque ($500), nació en Villamaría, Caldas, en 1917. Estudió aviación en la Universidad de Purdue (Indiana), entre 1949 y 1950 inauguró y organizó las rutas nacionales de Avianca y "cruzó los mares utilizando la navegación astronómica" cuando no existían ayudas de radio. Hay una lista larga de logros que fácilmente lo ubicarían entre Charles Lindbergh y Amelia Erhard, y muchos testimonios de su generosidad. Duque se retiró de la aviación tras completar 11.000 horas de vuelo y juntó ahorros y préstamos para dedicarse al negocio de la construcción. Buena parte de las utilidades las dedicó a obras sociales que hoy se sostienen con el producido del parque. "Por designio de Dios", asegura la publicidad del lugar, "el fundador dedicó su vida y todo su capital al servicio de la comunidad, con un desprendimiento sin límites". Y lo confirma el propio Duque con la única frase memorable que se le conoce: "Si más vidas tuviese, más vidas consagraría al servicio de mis semejantes. ¡Hice lo que pude!".

El Parque, que está repleto de adulaciones disimuladas a Duque, tiene una inocultable: un viejo (bello pero mal tenido) DC-4 con el que "el fundador" inauguró rutas internacionales a comienzos de los cincuentas (voló de Bogotá a Roma en 32 horas). Parado delante del DC-4, y con el impresionante fondo de la reproducción escala 1 a 1 del Taj Mahal en adobe, me pregunto: ¿y esta vaina para qué sirve? No el avión, que no sirve para nada más que decorar: el edificio, digo, ¿para qué sirve? El original, el de Agra, al norte de la India, es el recordatorio del amor de un hombre, el emperador musulmán Sha Vahan, por su esposa, Mumtaz Mahal, que murió cuando nacía su decimocuarto hijo. El verdadero conjuga las tradiciones del Islam, el mundo persa e indio y la arquitectura mogol y, como puede comprobarse en cualquier foto, es de una belleza única. Este, el que tengo en frente, con un área construida de 22 mil metros cuadrados, no pasa de ser una copia de utilería. Un hermano gemelo que, visto desde lejos promete lo que no cumple cuando se lo tiene a unos pasos: fotocopiaron el Taj Mahal cuando la máquina estaba baja de tóner. El Parque se inauguró en 1983 y para 1989 este Taj Mahal criollo abría sus puertas… es decir, las puertas de los dos primeros pisos, donde se exhiben muestras visuales del edificio de Agra y de las principales batallas de la Independencia colombiana (¡berraco salpicón!), así como una serie de viejos vehículos Ford que manejó Duque en alguna época. En unos días, desde cualquiera de los minaretes de la construcción, podrá el visitante observar la manera jaimeduquiana de recrear los Jardines Colgantes de Babilonia, que muy seguramente estarán más cercanos a la palabra vivero que a maravilla. A la inauguración podría venir el propio Jaime Duque, que tiene 90 años y, se entiende, unas condiciones de salud tan precarias como el estilo de su parque.


Dios pesa 750 toneladas

Reconstruir el parque mentalmente como una especie de ruta coherente es imposible, porque cada 100 metros hay un cambio brusco de geografía y tiempo: de las fantasías de Las mil y una noches al castillo de La divina comedia de Dante, de las entrañas de un brontosaurio de 34 metros de altura (en 1974 los estudiosos reconocieron un error de clasificación y rebautizaron a esta bestia apatosaurio, pero aquí nadie ha corregido el error) al metálico refugio de Hércules, de San Agustín al destructor Córdoba (2.500 toneladas de peso), del Coloso de Rodas al parque infantil Chiquimundo, del manantial de los Centauros al monumento a Dios… monumento que es lo segundo más grande, en términos de bultos de cemento, que tiene el lugar después del Tal Taj Mahal: una mano sosteniendo un globo con diámetro de 25 metros, 38 de altura y un peso de 750 toneladas. Es el símbolo del parque, pero difícilmente puede uno encontrar información de qué diablos (¿de qué dioses) significa. Tal vez sea la mano de Dios sosteniendo el mundo. Tal vez sea un guiño a la esfera geodésica de Epcot, en Disney World.

Para ir de un monumento como la mano de Dios a otro, hay que echar mucha pata, o tomar las embarcaciones que recorren los lagos del parque ("trenes acuáticos", les dicen aquí) o montarse en el monorriel, que a simple vista parece un colectivo de servicio público que pide a gritos que lo enmacillen, lo latoneen y lo pinten (recorre 3,5 km a una velocidad muy similar al trayecto). Mejor caminar hasta el zoológico donde en 50 mil metros cuadrados se exhiben 400 animales de 100 especies diferentes. Debo decir, de entrada, que lo mejor de los zoológicos es la salida; nada me emociona más que ver animales de cerca y pocas cosas me entristecen como verlos en cautiverio.

De Disneylandia a Duquelandia

A pesar del zoológico y de esfuerzos interesantes como el museo del hombre en el universo, los trajes del mundo (tan poco atractivamente presentados que más parecen una galería del terror), la recargadísima fontana mitológica, el salón de los espejos (con ambiente cercano al de un bailadero en Melgar) o el mapa gigante de Colombia (50 metros de ancho y pasarelas de observación de 10 metros de altura a las que se entra por un pasadizo oscuro medio alumbrado por luz fluorescente ochentera y en donde brillan los tenis, los dientes, las camisetas blancas y esta frase sobre la pared: "En la cúspide de este túnel puedes admirar el mapa de Colombia; al contemplarlo medita unos instantes y pregúntate: ¿soy útil a mi patria, ¿qué estoy haciendo por ella?")… a pesar de todo eso, el parque da pesar. Está muy lejos de Disneyland. Exactamente a 5.557 kilómetros de Disneyland (Anaheim, California) y a 2.752 de Disney World (al pie de la ciudad de Orlando, Florida) pero a incalculables millones de dólares, aunque el punto clave de las diferencias no puede ni debe medirse con billetes. Disneyland abrió sus puertas en 1955 y ha recibido desde entonces 515 millones de visitantes y el complejo de parques Disney World (Magic Kingdom, Epcot, MGM, Animal Kingdom, Typhoon Lagoon y Blizzard Beach), en 1971 y anualmente alberga a 43 millones de personas, muchas de las cuales se hospedan en los 33 hoteles que operan en sus terrenos. Lo nuestro: desde que se inauguró, el 27 de febrero de 1983, han estado en el Jaime Duque alrededor de 4 millones de personas.

No vale la pena forzar este artículo con la odiosa comparación entre Duque y Disney, pero no se puede obviar lo que uno piensa automáticamente cuando recorre el lugar: si Duque hubiera nacido en Chicago el 5 de diciembre de 1901, alguien estaría escribiendo un artículo como este sobre un parque en Orlando o en Anaheim. Y en uno de ellos, y no en el de aquí, Regina 11 habría dejado la soltería. Ojo: Mamá Regina eligió casarse en el Jaime Duque. No se diga más.

La manida frase de que "la intención es lo que vale" no se cumple en el Parque Jaime Duque, porque está claro que las buenas intenciones de don Jaime no fueron suficiente; el parque, con tan amplios terrenos y con todo el dinero que él le invirtió, hubiera podido ser algo muy distinto con una moderada dosis de buen gusto. Duque quiso meter el mundo en 120 hectáreas y, sencillamente, no le cupo. Su arca de Noé sabanera parece siempre a punto de hundirse en la anacronía, sin que pueda decirse que lo que el soñó va a perdurar por décadas.

El altruismo no debe ser motivo de crítica malintencionada, pero aterrizarlo a punta de cemento y pintura rosado Soacha no siempre es la mejor idea. El Parque Jaime Duque, como decía la reputada (y re putiada) filóloga polaca, sí puede ser Neverland: la tierra de "nunca jamás"… volver.

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