Tenemos alfombra roja, vestidos de diseñador y, en lugar de estatuilla dorada, una escultura giratoria. Es cierto, tenemos solo dos canales de televisión para escoger y en lugar de Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas hay una revista de farándula, pero ahí vamos.

Este evento, que recoge la opinión de miles de televidentes sobre los mejores actores de nuestro medio (y bueno, ya que estaban en eso le metieron de una vez premio a mejor presentador de farándula, de noticias, de concurso, ¿qué más da) arranca en realidad horas antes de que empiece el acto de entrega de premios, en el Teatro Jorge Eliécer Gaitán, poniendo patas arriba el centro de Bogotá al cerrar la carrera séptima a la altura de la calle 22. A lo largo de la tarde del pasado 19 de abril una de las principales vías para el tránsito capitalino pasó a ser la base de una serie de tribunas metálicas tipo corraleja que se armaron a una velocidad asombrosa para que a las siete de la noche fueran inundadas por cientos de personas que llevaban horas haciendo fila para poder ocuparlas. Si se piensa bien es impresionante. Estas son personas que hicieron fila bajo la lluvia (ese día llovió desde las cinco de la tarde) durante horas, solo para ver pasar a un par de metros y durante menos de medio minuto a algunos, no todos vienen a nuestros óscares criollos, de los artistas que ven diariamente en televisión y que viven en su misma ciudad. Esa fila eterna no les daba derecho a entrar al acto de entrega de los premios, ni a un espacio común con sus estrellas soñadas ni a ver actores extranjeros que de otra forma fuera imposible observar; sin embargo, colmaron no solo las tribunas dispuestas sobre la séptima sino que se apretujaron a lo largo de la carrera quinta y la calle 22 para intentar adivinar cuáles eran los actores que iban en los carros que se acercaban al Teatro Jorge Eliécer Gaitán y verlos pasar aunque fuera de lejos.

Este éxtasis público, sin embargo, dejó también sus damnificados. Las cafeterías y negocios ubicados frente al teatro permanecieron absolutamente vacíos a lo largo de buena parte de la tarde y de la noche: nadie en sus cinco sentidos iba a abrirse paso entre semejante tumulto, conformado por fanáticos (en el sentido musulmán de la palabra) que hubieran defendido con su vida su puesto en la fila que les permitiría acceder a las tribunas, por el capricho de tomarse un tinto. Así que más de uno cerró temprano ese día, porque "aquí ya no se hizo más".

La culpable de todo este desbarajuste es la mítica alfombra roja que conduce a nuestros bellos y famosos desde sus carros hasta la puerta del teatro. Lamento destruir aquí un mito: no existe LA alfombra roja. Existen muchas alfombras rojas: unas viejas y raídas y otras nuevas, que se superpusieron de afán para armar el camino de la fama de los invitados. Tan de afán se armó ese mar de alfombras que alguien no cayó en la cuenta de que entre el andén de la entrada al teatro y la carrera séptima había al menos tres bolardos que hacían imposible desplegar la alfombra. Pero, como ya se dijo, Colombia está avanzando, y el progreso no se detiene ante pequeños obstáculos: de la nada salieron bisturís y cuchillos que en segundos destrozaron una de las alfombras para que pudiera superar los bolardos y seguir su camino hasta los pies de los premiados.

La buena noticia sobre la(s) alfombra(s) roja(s) es su espíritu democrático. Aquí avanzamos todos. Contra lo que sugiere la imagen de exclusividad de este evento, caminar por la alfombra roja y entrar a la entrega de los premios no es imposible ni está reservado para actores y lagartos. De hecho, si usted no se contenta con ver solamente una ráfaga de sus actores favoritos (los artistas, como dice mi mamá) y siempre ha soñado con saludar a las masas que lo aclaman, el libre mercado soluciona su problema. A solo media cuadra del inicio de la alfombra roja, logramos entablar una ardua negociación por un par de entradas revendidas a la ceremonia de entrega de los Premios TV y Novelas. Ya habíamos fijado precio ($50.000 cada una) y yo estaba recurriendo a mi experiencia comprando boletas revendidas en las afueras del estadio para cerrar el negocio, cuando el alma periodística de la fotógrafa de SoHo, Alejandra Quintero, se apoderó de su ser y empezó a tomar fotos de mi transacción secreta despertando la justificada ira de la contraparte. Huimos entonces de la furia de nuestro potencial socio buscando refugio en la alfombra roja donde iban llegando los invitados, y mientras nos abríamos paso por entre los ríos de personas que se tiraban a los carros para pedir un autógrafo o una foto, el bolsillo de mi chaqueta fue rápidamente inspeccionado dejándome sin celular y sin ánimo de ver ninguna celebridad.

Pero ya estábamos del otro lado y devolvernos era correr el riesgo de perder billetera y lo que me quedaba de dignidad, así que ya sin celular, y por lo tanto sin llamadas, pude concentrarme en la primera parte del espectáculo: la llegada de los actores a la alfombra roja. Es posible que el problema sea mío porque la última novela que vi fue San Tropel, pero no reconocí a casi nadie. Reconocí a duras penas a la Señorita Colombia, gracias a que la hacen ir a este tipo de eventos con una banda terciada que anuncia en discretas letras doradas tamaño valla política su título. De resto, me tomé fotos con cientos de Karens, Jessicas, Johannas y Marilyns que me parecían familiares, pero imposibles de distinguir entre sí. Todas idénticas, sonriendo exactamente igual, con caras fotocopiadas y diferenciadas únicamente por el tamaño del escote, lo cual es de agradecer a los talentosos diseñadores colombianos.

Debo en este punto destruir un segundo mito urbano que se había construido alrededor de estos premios: no es verdad que nuestros actores están a una cuadra de la entrada para rotarse la única limusina de la ciudad y dar así la impresión de ser unas megaestrellas del espectáculo. Algunos sí llegaron en la dichosa limusina y otros en lujosas camionetas con chofer pero la mayoría llegó en su carro particular, algunos en taxi común y corriente, a otros los trajo la mamá y los más prácticos y menos presuntuosos se alquilaron entre varios una van para evitarse la manejada y el encarte buscando parqueadero.

El paso por la alfombra roja resulta ser un termómetro exacto de quién es quién en el mundo del espectáculo criollo. A partir de la reacción de la multitud agolpada en las tribunas y detrás de las vallas, se puede realizar una clasificación en tres categorías de nuestros famosos. Están en primer lugar aquellos que generan verdadera locura colectiva entre sus seguidores. Yo pensé que con Elvis habían muerto los ataques de histeria entre las seguidoras de un personaje de farándula. Pues no. En Colombia los protagonistas de las novelas y las presentadoras de los programas de la mañana producen en sus admiradores gritos desaforados, chillidos agudos e interminables llantos mientras se empujan unos a otros para estar solo unos centímetros más cerca de su ídolo. A La hija del mariachi le tomó casi quince minutos el paseo por la alfombra roja porque desató una locura colectiva que pudo haber terminado en tragedia si no hubiera parado a cada metro a saludar y dar autógrafos. A Laura Acuña, que según me contaron vive por estos días una extraña relación de amor y odio con sus seguidores, la llamaron a gritos durante la hora entera en que estuvo en la entrada del teatro realizando informes para un noticiero. A este grupo le sigue uno conformado por esos actores que uno sabe que son actores, que los ha visto en alguna novela más o menos importante pero cuyo nombre me fue imposible recordar. "¿Y este quién es, preguntaba yo ante la aparición de cada nuevo actor, solo para que mis ocasionales vecinos me respondieran con una frase llena de referencias para ubicarlo: "El que actuó en esta novela con Kathy Sáenz, que era el amigo del muchacho, que después estuvo en otra novela que no duró nada…". Eran como esas indicaciones que dan las señoras para ubicar a los protagonistas de un chisme. Este grupo despierta entre la gente algunos comentarios, alguno que otro grito aislado (¡divina! ¡papito!) pero no pasa mayor cosa, y usualmente hacen el dichoso recorrido de la alfombra roja con respetable decoro. Por último, hay un amplísimo grupo de actores/cantantes/participantes en realities, habitantes perennes de la franja maldita, que solo las amas de casa y los desempleados conocen, que buscan desesperados algún grado de reconocimiento: caminan lentamente levantando la mano hacia la gente así nadie los esté saludando, se visten con falda escocesa de ser necesario para llamar la atención y casi que buscan las entrevistas con tal de aparecer en algún lado. Cómo será de irrelevante su presencia que varios de estos personajes se quedaron por fuera de la ceremonia porque llegaron a la puerta del teatro cuando este ya estaba lleno y nadie se dio cuenta.

Habrán notado que en estos grupos no están los que uno llamaría actores-actores. Aquellos que se le vienen a uno a la cabeza cuando le dicen la palabra actor: Humberto Dorado, Carlos Muñoz, Consuelo Luzardo, etc. Y no están porque aunque en teoría esta es una noche para premiar a los mejores actores, justamente estos son los que parecen más ausentes de toda la parafernalia y el espectáculo que la rodea. Llegan discretamente, sonríen a quienes gritan sus nombres y entran rápidamente al teatro. Parecen saber que aquí se premia sobre todo otra cosa, la popularidad y la belleza, por más alfombra roja que se extienda y limusina que algunos alquilen.

En todo caso, estrellas rutilantes, famosos a medias y reverendos desconocidos, todos pasaban juiciosamente, como haciendo una tarea, por los micrófonos de los medios apostados a la entrada del teatro. Y descubrí entonces que en este país hay más emisoras y canales que radios y televisores: locales, universitarias, comunitarias, religiosas. Todas estaban allá, empujándose para tener la mejor filmación en video-8 o la última declaración. Con decirles que me tocó batirme a codo con los respetables representantes de la conocida emisora Hay (se pronuncia jay: "Mabel: un saludo para los oyentes de Hay radio") y establecer un pacto con las periodistas de una emisora de salsa de Medellín para turnarnos la sombrilla. A pesar de la diversidad de medios (de comunicación y económicos), todos preguntaron lo mismo: "Mark: ¿Qué sientes en esta noche?" y pues ante semejante pregunta oí repetida algo más de mil veces una misma respuesta que mezclaba de alguna forma las siguientes expresiones: 1. "Me emociona el cariño de los colombianos"; 2. "El reconocimiento de la gente es lo más lindo"; y 3. "Me debo a mi público".

El otro lado del mundo de los Premios TV y Novelas, el que está detrás de todo lo que se ve por televisión, es un personaje absoluto y omnipresente: Manchola. De él depende hasta el último detalle de todos los medios que cubren el evento, la hora de inicio, el ingreso de los actores, quién pasa y quién se queda afuera. Corre desaforado de lado a lado desde que empieza a armarse la primera de las tarimas metálicas, pelea con los camarógrafos, regaña al personal de seguridad y se abraza con los actores que van llegando. Manchola es consciente de que la administración de semejante poder le genera odios, pero está seguro de que el que quiera organizar un evento de esta magnitud en Colombia tiene que llamarlo a él. "Este desorden que ustedes ven acá es igual en los óscares, en los grammy" asegura Manchola. Mentalmente repasé el ataque a cuchillo limpio que había sufrido hacía pocas horas la alfombra roja y me resistí a pensar que lo mismo le sucedía a la alfombra que pisa Nicole Kidman, pero no tengo más opción que creer porque, a diferencia de Manchola, no he ido jamás a los Premios Óscar (y después de esto espero nunca ir).

Una de las decisiones que más lamenté de Manchola fue el aplazamiento del inicio de la ceremonia. Yo ya estaba mojado hasta el alma, sin celular, harto de apretujarme con periodistas y fanáticos y solo quería un lugar donde sentarme. Pero si bien la invitación decía claramente "Hora: 7:00 p.m. Transmisión por televisión. Se ruega puntual asistencia", la lluvia, que se hizo más intensa justo a esa hora, llevó a los organizadores a aplazar el inicio del evento (y mi posibilidad de un asiento) casi dos horas. Y algo de razón tenían: creo que ninguna actriz habría puesto en juego las horas de peluquería que llevaban encima caminando bajo la lluvia o arriesgado los vestidos de diseñador paseándolos cerca de los charcos que rodeaban la alfombra roja.

La fórmula para distraer a los cientos de personas que seguían esperando bajo el agua fue la presentación de uno de nuestros grupos locales de tropipop en las afueras del teatro. El grupo cantó dos veces la misma canción, cosa que no entendí muy bien y que en realidad no importa porque la gente las dos veces la siguió igual. Lo que realmente me impresionó durante los minutos que duraron las canciones (que era una sola, como ya dije) fue la actuación de John Silva, el coordinador de la transmisión de televisión. Él se metió una bailada frenética y emocionada detrás de cámaras, pero frente a las miles de personas que estábamos ahí, cada vez que se interpretó la canción en un esfuerzo solitario y casi heroico por animar al público. Debo decir que lo logró. John Silva, para que lo ubiquen, tuvo un fugaz paso frente a las pantallas hace varios años interpretando a Herculitos, un novio fisiculturista que tuvo la niña Margarita en Dejémonos de vainas. No tuve más remedio que preguntarle directamente si semejante despliegue de baile frente a una multitud de desconocidos obedecía a su espíritu rumbero o a si estaba pagándole una apuesta a algún amigo. Pues resulta que no, ni espíritu rumbero ni pago de apuesta: John Silva se emociona sinceramente con lo que hace y dice con una franqueza que desarma que "ver a la gente feliz es lo mejor de su trabajo". Sé que es un lugar común, sé que parece una frase de Ricky Martin, pero ¿qué hago si me convenció de que es verdad? John, si algún día se lanza a algún cargo de elección popular, cuente con mi voto.

Cuando me despedí de Herculitos ya habían terminado de entrar todas las celebridades y se estaban yendo las que no habían logrado ingresar. Cuando pensé que lo que seguiría sería entrar al teatro para sentarme cómodamente a ver el espectáculo, Manchola apareció y con cara contrariada nos dijo que el espacio para prensa adentro estaba a reventar. "Bueno, pues nada. Para la casa" alcancé a proponer. Lamentablemente para mi humanidad, el espíritu periodístico de mi compañera y fotógrafa reapareció y logró meternos adentro del teatro, pero detrás del escenario, lugar en el que, valga la pena señalar, no hay dónde sentarse. Y no hay dónde sentarse porque detrás del escenario de un espectáculo de este tipo hay cuatro pisos en absoluta revolución donde pasan continuamente y a toda velocidad bailarinas, mariachis, maquilladoras, meseros con ollas llenas de comida, presentadores, coordinadores, fotógrafos, pero en todo caso ni una silla. Aquí se derrumbó otro de mis mitos: detrás del escenario los actores no están sentados cómodamente en su camerino personal mirándose apaciblemente en un espejo rodeado de bombillos, fumando un habano y tomando whisky mientras reciben masaje en los pies. De hecho, los únicos camerinos estaban a nombre de los responsables del show central, Verónica Orozco y Andrés Cepeda. De resto, todos aguardaban juiciosamente, de pie y unos juntos a otros, su momento de salir al escenario. Una vez regresaban de este, se tomaban su foto de rigor con el premio recién recibido y con sus amigos más cercanos. En realidad, creo que este espacio poco se diferencia de lo que sucede alrededor de un congreso de abogados, de veterinarios o de podólogos: personas que se conocen por efecto de su profesión, conversando generalidades de su trabajo (¿de qué más) para hacer tiempo antes de que empiece la siguiente sesión de trabajo.

Logré convencer a Alejandra de que lo más sensato era salir del lugar, que lo que había para contar ya lo habíamos visto y que sobre mi cadáver íbamos a ir a la "Fiesta de Celebración" que seguía a la entrega de los premios. Una vez afuera del teatro, con las tribunas metálicas prácticamente vacías y el frío que sabe hacer en Bogotá a las once de la noche después de cinco horas de lluvia, vimos aparecer a Amparo Grisales, nuestra "diva" (lo que eso quiera decir). Era hora de irnos. "Alejandra, salvemos esto: vámonos a comer una hamburguesa. Y por favor: sentados".

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