Ahí estábamos, frente al notario, listos para casarnos. Nos acompañaban pocos, entre ellos, Gabrielle, nuestro médico y confidente, y Giuseppe quien, además de ser mi ex novio, fue quien nos presentó. Gracias a la primavera, la fiesta fue al aire libre. El trámite, los derechos, las obligaciones y la seguridad que nos daba nuestra unión eran los mismos de cualquier matrimonio heterosexual e incluso el derecho de adoptar. Los costos de la boda se incrementaron un poco pues debimos ir a Holanda (junto a Bélgica y España fue el primero y uno de los pocos países donde no nos prohíben unirnos con todas las de la ley). Es que los curitas andan más preocupados por el hecho de que nosotros nos queramos y no por lo importante: velar por que los que ellos casan no se separen todo el tiempo.

Los dos estábamos de blanco y parecíamos un par de ángeles. Él es diseñador y yo periodista especializado en moda, así que quién más que nosotros para saber cómo vestir. Nos habían regalado flores por montones, pues nos fascinan, y había vinos de todos lados, pero sobre todo Barolo, de nuestra Italia, el preferido de Bruno. Mis nervios se notaban aún más cuando lo oí hablar por teléfono con su padre, un napolitano machista que lo abandonó porque no aguantó tener un hijo gay.

Bruno ahora sostiene a la familia, pues es un exitoso diseñador y tiene tiendas en las mejores calles de Roma, Milán y Florencia. Sin embargo, no les contó que se casaba. Una vez estábamos en un restaurante en Roma. Entró el papá y nos vio cogidos de la mano. Decidió quitarme el saludo, pero no dijo nada. El poder del dinero. No sé qué dirá si sabe que nos casamos, pero estoy seguro de que pensará que quiero quitarles el dinero que Bruno les da.

Cuando Bruno colgó estaba un poco tenso. Me dijo: "Como siempre, solo quería más plata. Un día de estos me perderé y que vea cómo se las arregla". Yo sé que lo dice por rabia pero se le pasa. No es capaz de hacerle daño a nadie, pues su bondad no tiene límites. Eso me enamoró. Durante la fiesta tocó un grupo musical italiano que vive en Ámsterdam y de una torta gigante salió un striper. Los dos nos cuidamos de no mirar ni emocionarnos demasiado porque somos bastante celosos. Uno sabe las ganas que despierta un cuerpo bien torneado, aunque tanto Bruno como yo estamos muy bien. Al menos, eso es lo que nos dicen y uno se da cuenta.

Bailamos y cantamos hasta perder la voz (no es falsa la fama de que nuestras rumbas son las mejores), pero guardamos fuerzas para lo mejor: la noche de bodas. Alquilamos una suite en el mejor hotel de Ámsterdam y yo compré una ropa interior en algodón muy suave y sexy. Sabía de los gustos de Bruno por mis atributos así que escogí el hilo dental. Para romper el hielo nos dimos una tina efervescente de agua y champaña.  El amor entre dos hombres es más puro que cualquiera de los otros, incluso entre dos mujeres. Entre los heterosexuales siempre hay incompatibilidad de caracteres y entre mujeres no hay estabilidad (siempre compiten). Entre hombres hay solidaridad y eso a veces es más importante que el amor, aunque no sé si más que la fidelidad, pues no toleramos las traiciones. El amor físico es inmejorable; nos mantenemos muy bien. Muchos degenerados, barrigones, mal vestidos, creen que ser machos es sinónimo de rudeza. Nosotros no. Vamos juntos al gimnasio, comemos sano, usamos cosas de marca, somos refinados en nuestros comportamientos, nos afeitamos esos pelos de más y no necesitamos eructar como animales para marcar territorio.

Ya llevamos más de dos años casados y cada día nos queremos más. Gracias a nuestras actividades en común, estamos mucho tiempo juntos y aun así no nos aburrimos el uno del otro. Es más, ¿les cuento un secreto? Queremos adoptar dos niños, ojalá ambos hombres. Si serán gays o no, eso lo decidirá la naturaleza. Pero, sobre todo, ellos.

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