Cuando fui a la tienda de discos no sabía si buscarlo en salsa, en ranchera o balada; entonces pregunté por él y el vendedor me hizo una mueca de chiste malo y se quedó esperando a que yo dijera, en serio, lo que buscaba. "Es en serio", le dije, "busco discos de Galy Galiano". El vendedor entró en el juego y le preguntó en voz muy alta a un colega: "¡Hey, Fer, ¿Galy Galiano?!". Toda la tienda volteó a mirarme y no niego que traté de meter mi cabeza entre los hombros, como una tortuga, pero tímidamente seguí al vendedor hacia donde le había señalado Fer. En el trayecto fui recobrando mi compostura, sobre todo cuando admití que nadie que tenga en su casa, como yo, el único CD de Amparo Grisales, puede avergonzarse públicamente de la música que compra.

Lo tuve frente a mí y corroboré la idea que ya tenía de él: no tiene la fachada Ricky Martin, ni el carisma de Chayanne, ni la suerte única de Miguel Bosé para verse mejor con el paso del tiempo. Tampoco tiene la voz de Luis Miguel y está lejos de tener un reconocimiento internacional a lo Julio Iglesias; sin lugar a dudas a Galy Galiano es mejor oírlo que verlo, un producto casi exclusivamente para la radio y no para el videoclip, y sin embargo, han pasado los años, han surgido otras figuras y ahí sigue Galy Galiano en el escaparate de discos, tan anónimo como si fuera un principiante pero muy seguro de lo que los especialistas llaman 'su nicho': miles y miles de fans que se identifican, gozan, cantan y lloran a coro sus canciones.

Lo vi en sus primeras carátulas y recordé lo que decía una hermana mía: "Galy tiene un aire a los Bee Gees" (información para los veinteañeros: los Bee Gees era un grupo discotequero, conformado por tres tipos que cantaban con voz de vieja). Y si se atreven a comparar a Shakira con Britney Spears, o hasta con Madonna, pues uno también está en su derecho de decir que Galy puede ser nuestro Bee Gee criollo, igual que Víctor Hugo Ayala ha sido nuestro Plácido Domingo.

Pero como las comparaciones son odiosas, el lado fuerte de Galy Galiano es precisamente su autenticidad, que a la hora de la verdad no es tanta porque se parece y encarna a la inmensa mayoría de los colombianos, ya sea por feo o por lo que cuentan sus canciones. Ha sabido, como pocos, retratar el sentir amoroso de sus compatriotas, que, reconozcámoslo, tiene tanto de amor como de odio: "Quisiera tener dos corazones", canta Galy, "uno bueno, pa' buenos, y otro malo, pa' malos"; nada mejor que un corazón así para un país polarizado como el nuestro. Con todo lo que tenemos de mexicanos, Galy canta entre trompetas el cinismo que nos aflora al momento de amar: a un hombre le pide su amante que le defina la situación, pues la de ella se está poniendo muy cuellona en su casa ya que le recriminan que esté saliendo con un hombre casado, y él, muy a lo colombiano, le dice que la adora, que por ella daría la vida pero que "no me pidas que escoja entre ella (la esposa) y tú". Apoteósico, Galy.

Y para completar su interpretación acertada de nuestra idiosincrasia, no podían faltar el poeta y el borracho que todos los colombianos llevamos dentro; canta Galy, despechado: "Y metí tu foto dentro e' mi copa, y en ella tu imagen se fue disolviendo, y poquito a poco y muy lentamente, todo tu recuerdo me lo fui bebiendo". Un berraco, Galy.

No solo canta bueno, sino que, como un gran cronista, Galy está contando nuestro sentir, nuestros engaños, nuestras farsas y nuestro gusto por los embrollos. Basta oír a Galy Galiano para decir, con o sin vergüenza: así somos.

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