Puedo decir que perseguí el amor por cielo y tierra, por cañaduzales, por cafetales, hasta por naranjales, y de tanto andar detrás de él perdí la fe. Pero mire donde lo vine a encontrar. Desde que salí de Chaparral, Tolima, hace como 22 años y me puse a recorrer plantíos de toda clase como recolector, pasando por los llanos y llegando hasta la costa, mi idea era encontrar una mujer con la que compartir. Tuve amores, no lo niego, ¿si no cómo hubiera podido aguantar tanta caminadera? Incluso tengo una hijita que vive en Pereira, tiene 15 años. Bueno, el caso es que amor como para casarme no encontré. Por eso es tan raro para mí haber dado con Rubiela estando en la cárcel de Buga. Me metieron aquí dizque porque estaba transportando marihuana, pero yo ni la fumo ni la cargo, ni nada. En fin.

Rubiela estaba acusada de ser cómplice de un homicidio y estaba recluida en el pabellón de mujeres. Me la crucé cuando los dos salimos hasta la reclusión a hacer una vuelta. La reclusión es donde quedan las oficinas internas de la cárcel. Ahí coincidimos por primera vez. Eso fue el 8 de diciembre. De inmediato nos empezamos a mandar cartas a través de otra interna que tomaba clases de matemáticas conmigo. Luego nos vimos en una reunión cristiana -somos evangélicos- y hablamos frente a frente. La vi sincera y toda una señora, y yo me fui animando. No lo pensé mucho y me lancé. El 12 de diciembre, en una reunión de la tercera edad (no somos para nada viejos, yo tengo 57 y ella 49, pero era una buena excusa para vernos) me le declaré. Así, sin agüero. Rubiela no lo pensó y sellamos la cosa con un beso de amor en la guardia. Pero la alegría se me fue rapidito. A Rubiela le dijeron que la dejaban libre el 2 de febrero. Casi me muero. ¿Haber encontrado el amor y perderlo? ¿No poder ir tras él? Para llorar. Además, Rubiela le iba a comentar a su hija, de 16 años, y yo creí que la iba a hacer cambiar de opinión. Menos mal que se portó bien y le dio la bendición. Nos pusimos en el papeleo. Que partida de bautismo, que partida de confirmación, que 12 fotos de 3x4 (no sé por qué tanto retrato), y hablar con el cura de la reclusión y escoger los padrinos. Por mi lado fue José Ignacio, un amigo de aquí, de la cárcel, y por el lado de ella, la profesora María Helena. En principio todo quedó para el 15 de julio pero nos tocó correr la fecha y la celebración fue hace un mes. A mí me prestaron un vestido y una corbata. Ella se fue con un trajecito humilde pero bonito. Se veía hermosa la Rubielita. El domingo a las ocho de la mañana empezó la misa en la iglesia de la cárcel y a las nueve y cinco ya éramos marido y mujer. El director del penal nos regaló una tortica que partimos con los invitados. A las doce y media se tuvieron que ir todos. Rubiela se quedó un ratico pero no mucho. Creo que ese fue el momento más duro. Ella, para la casa; yo, para el patio de reclusión. Ni un cachito de luna de miel...

Dicen que debo pagar 58 meses. Menos trabajo y buen comportamiento y estudio me debe quedar un año. Un año en el que espero que mi amor aguarde por mí. Mientras tanto nos vemos los domingos en la celda que comparto con otros seis compañeros, durante la visita conyugal semanal. Si bien no es el sitio más romántico para expresarnos nuestro amor, todos allí nos respetamos, colgamos cobijas como cortinas y cada quien se dedica a lo suyo y a la suya cuando le apetece durante esas siete horas de visita. Siete horitas en las que puedo tener a mi Rubielita y escapar a través de ella por unos instantes de este mundo de barrotes.

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