¿Qué clase de tipo puede sentarse una tarde de lunes a tomar tres litros de chicha servida en totuma con pitillo? Un tipo como yo. Son las 3:43 de la tarde y estoy frente al El Chalet, muy cerca del Chorro de Quevedo, donde dicen que nació Bogotá... ¿Estoy? Estamos: me acompañan un par de periodistas de SoHo y un fotógrafo. La misión: descubrir el sabor de la chicha y sus efectos embriagantes.
Al grano (¿de maíz?): no vale la pena perder tiempo preguntando por la receta de la chicha al hombre que atiende. La receta es secreta. El tipo dice que fresco, que la hace su mamá. Tengo alguna idea de los ingredientes: maíz, miel, panela, tal vez hojas de hierbabuena. Hablamos de chicha, chaguasgua o fapqua, como le decían los muiscas, quienes le otorgaban un carácter simbólico. Solían beberla en compañía del dios Nemcatacoa, que apreciaba mucho la manera en que los muiscas aceleraban el "apiche" del grano: con diastasa, fermento natural que se encuentra en la saliva. el agua también servía para estos propósitos, pero ellos se sentían más a gusto masticando los granos y escupiéndolos.
Llega la primera totuma de chicha. 3:52 p.m. Repugnante. Huele mal, se ve peor; sabe a lo que huele. ¿Dónde está el placer que hacía bajar de las nubes a Nemcatacoa? Alguien de la mesa me instruye: "Es la única bebida que nutre y jala". En la superficie de la chicha (de "mi" chicha) hay una espuma con alma de nata. Para no pasar por neófito uso el pitillo con que la sirven. De fondo, música de The Cure. Robert Smith + chicha = náuseas. ¿Cómo puede alguien poner The Cure en un sitio donde venden chicha?
Supongo que a la fermentación se deben dos fenómenos bastante desagradables: primero, que por momentos pareciera que la chicha tuviera una especie de gas y, segundo, la sensación de acidez que produce cada par de tragos. Y de llenura: es como beber comiendo, es como tratar de emborracharse con ajiaco. Dos tragos, un eructo. Dos tragos, un eructo. Un trago, dos eructos. Con aguardiente, ron y otros tragos la lengua se suelta, pero con la chicha siento una imperiosa necesidad de hablar poco. Tengo rebote. La cabeza perfecta; el intestino inquieto. Dicen que cuando uno toma chicha por primera vez se "pone directo". Dicen bien. 4:10 p.m. Tengo una picada en la sien derecha. Un parpadeo. Tomo más chicha. Sorbos grandes, ya sin el pitillo. Me siento ridículo, como en un concurso de Jota Mario Valencia: "¡Todo por la chicha!". AC/DC en los parlantes. Medio a las carreras, fin del primer litro y una agriera que produce el sedimento. Bostezos. Eructos. Paint it black de los Rolling Stones. Pido otro litro. Se respira en el ambiente una calma chicha (mentira, pero quería meter la frase en alguna parte). Voy al orinal. Me pregunto por qué en Colombia los agujeros del desagüe de los orinales tienen forma de católica cruz. efectos de la chicha, supongo.
La segunda totuma parece más profunda. Tiene más espuma. Es mi pequeña, personal y fétida piscina. Entiendo que el presidente Mariano Ospina Pérez la prohibió, alegando motivos de salubridad para encubrir el verdadero móvil: facilitarles las cosas a los embotelladores de cerveza. La chicha era tan popular en aquel entonces que llevó a la quiebra a la primera cervecería bogotana, propiedad de Rufino José Cuervo y su hermano Ángel. Los nombres de sus cervezas dan pistas de cuán dura era la lucha por el gusto de los consumidores: La Pola, Don Quijote y No Más Chicha. Eso digo yo: "No más chicha". Pero me lo digo por dentro, en la cabeza, mientras medio metro más abajo arrancan los primeros retortijones. La chicha es una bebida didáctica: comienzo a entender qué es un cólico menstrual. Ahora sé por qué mi mujer es tan buena para ponerse "chicha".
Debo reconocer que, a punto de coronar el segundo litro, estoy más conversador y lo hago con fluidez. Fluidez es un término que tendrá para mí nuevos desarrollos cuando, dentro de un par de horas, entre corriendo a casa y tenga un agradable momento de reflexión escatológica en el baño. Por lo pronto, estoy a cien cuadras de mi casa y de mi taza. Y tengo pendiente una taza de chicha.
Mientras espero el tercer litro, repaso los mensajes escritos en la mesa. Uno me parece brillante: "31-03-05 En el día de mi despedida en el trabajo". Brillante, seguro, porque la chicha comienza a escurrírseme en el cerebro. ¡Música de Pink Floyd, eructos de Gustavo Gómez! La espuma de la chicha me recuerda a una que de niño vi flotando cerca del Muelle de los Pegasos, en Cartagena. La única diferencia es que nunca tuve que tomarme la de Cartagena. Llega la mesera con el litro y aprovecho para preguntar qué tantos venden al día. Me dice que diez. Quiero saber cuánto es lo máximo que un cliente razonable toma en una tarde. Dice que dos litros. Está asombrada de que yo vaya a comenzar el tercero. Hoy consumiré el treinta por ciento de las ventas de chicha de El Chalet. Me costará, todo, $9.000. La chicha embrutece, pero embrutece de manera muy económica. Gran cosa.
Tres tragos largos. Música de Jethro Tull. ¿No deberíamos estar oyendo a Garzón y Collazos? Tengo la impresión de que la chicha va a comenzar a escapárseme por la nariz. Vuelvo al orinal; en el baño, advierto con una mirada "casual", no hay papel higiénico. Muchos gases dentro de mí están perdidos y buscan afanosamente una salida. La acidez me pone la garganta como si hubiera tosido un día entero.
4:57 p.m. Dolor de cabeza. Qué asombrosa es la chicha: con ella el guayabo comienza antes de que uno termine de emborracharse. 5:02 p.m. A pesar de las punzadas intestinales, los eructos y el dolor de cabeza, soy una persona más sociable. Llamo por celular al editor de especiales y le reclamo el tenerme aquí tomando chicha. El olor es tan insoportable que acerco una mesa donde dejo la totuma, cada tanto me volteo para tomar, pero no quiero tenerla más enfrente. Digo pendejadas. Tomo porquerías. Termino el tercer litro y no puedo más. Hay gente que vomitaría con tres litros de gaseosa, y yo ¡acabo de tomarme tres de chicha! Aflojo el cinturón y me paso a un sofá cerca de la ventana. Tomo aire. Tengo los intestinos como cuerda de tiple.
Una mujer de la mesa de al lado me pone conversación. Está con un amigo. Me pregunta qué estamos haciendo. Le llama la atención que haya un fotógrafo. Dice que estudia Comunicación Social. Se llama Isabel. Me pide un consejo de "colega" a "colega" para el ejercicio de la profesión. Algo se mueve en mi estómago. Algo que está muy molesto y quiere salir. La miro directo a los ojos y le doy el consejo más importante de su vida: "Nunca tome chicha en un lugar donde no hay papel higiénico". Ella no entiende. ¡A mí qué me importa! Me pongo de pie. Me despido. Les digo a los demás que nos tenemos que ir ya. Ya es ya. Me adelanto con paso rápido. Paro un taxi. Chao. Los dejo riéndose. Le explico al taxista que necesito llegar rápidamente a un barrio que se llama Santa Margarita. Me pone conversación. No quiero hablar. Agoté la sociabilidad... Bajo la ventanilla. Un pedo mal disimulado. Vamos rápido por la treinta. Segunda flatulencia. Veinte minutos después estoy en casa, en taza. Dios existe.
Pasaré las próximas 22 horas de mi vida visitando con frecuencia el baño. No iré al trabajo al día siguiente. El guayabo se manifestará de manera digestiva, pero no experimentaré los insoportables dolores de cabeza que temía. Me llamarán los amigos a ver si sobreviví. Me excusaré con mi mujer por los olores pocos románticos. Escribiré mi testimonio con un estilo que ya quisiera D'Artagnan para sus columnas sobre la ya célebre "bolsita" que le cuelga de no sé dónde. Volveré a la vida normal en dos días. Tomaré de nuevo cosas como ron y ginebra. Erradicaré la chicha de mi lista de curiosidades. Diré a quien quiera escucharme que a los muiscas no los exterminó el español desalmado sino la chicha. Y apuntaré que no pudo salvarlos Nemcatacoa: estaba ocupado cagando.

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