Jotamario Arbeláez me recuerda que cuando leía mi columna "Espacio 65" de El País de Cali, tenía que apartar el humo del cigarrillo que salía de la foto que ilustraba mi escrito sartreano semanal en un periódico lloredista de provincias. Desde entonces, es decir, desde hace casi cuarenta años, lo que fue un gesto que buscaba imitar a Albert Camus y a Humphrey Bogart -¿quién que es joven no imita?- se convirtió en imagen que me identifica públicamente: un cigarrillo en la comisura de los labios, un cigarrillo encendido amarilleando el índice y el dedo corazón de la mano izquierda.
He hecho intentos fallidos de abandonar el cigarrillo. Me ha pasado lo que nos sucede con algunas mujeres: sabemos que hacen daño, las abandonamos en tortuosas sesiones de reflexión nocturna pero vuelven a nuestras vidas a la mañana siguiente. Nunca me ha faltado un cigarrillo. Como adicto consciente, he hecho verdaderas porquerías: buscar durante los remates de fiesta y en la caneca de la basura una colilla salvadora, pagar un servicio de taxi que me consiga la droga a altas horas de la madrugada, guardar las colillas cortadas higiénicamente con tijeras para una emergencia imprevista.
En los últimos años, cuando las campañas adelantadas por organismos de Salud Pública quieren intervenir alevosamente en asuntos de la salud privada, asisto indiferente al bombardeo de patéticas, horribles imágenes intimidantes que advierten sobre el daño que hace el tabaco. ¿Por qué indiferente? Porque consumir cigarrillos que me consumen es un acto de deliberada irresponsabilidad conmigo mismo. Si un día lo abandono, será por un acto de sublime libertad personal, una decisión al margen de la catastrofista iconografía de los policías de la salud.
Un cardiólogo amigo me recetó la ingestión de unos ansiolíticos carísimos. Debía tomar dos cápsulas diarias y fijar la fecha definitiva para abandonar per sécula seculórum el consumo de cigarrillos. A las pocas semanas experimenté un efecto secundario más que catastrófico: me deprimía el músculo primo, me acometía una gradual apatía. Abandoné los ansiolíticos y aplacé sine die la fecha de la ruptura. A un paciente que tiene el sexo entre sus actividades más exultantes no se le hace semejante marranada, le dije a mi amigo el cardiólogo.
Me dicen que no hay método más eficaz que el de la fuerza de voluntad. También lo creo así, pero prefiero emplear la fuerza de voluntad en empresas más dignas. Por ahora, que nunca me falte el cigarrillo. La única censura que me he impuesto es la de no fumar en cama. Cuando supe que la gran escritora alemana Ingeborg Bachmann había muerto abrasada por las llamas de las sábanas del hotel donde fumaba y dormía, deseché la costumbre de encender un cigarrillo después de cada polvito.
En mi economía doméstica hay siempre un modesto presupuesto destinado para el café, los cigarrillos y el vino. Si me faltan, siento haber llegado a las profundidades abismales de la pobreza. Podría prescindir del vino, pero la relación marital entre el tinto y el cigarrillo es acaso la única relación de pareja que cumple con el requisito eclesiástico que reza: "Hasta que la muerte los separe". Por ahora, digo.
No podría vivir en comunidades organizadas por el ascetismo y las medidas profilácticas impuestas por el totalitarismo de la salud. Y no lo haría porque no tolero a quienes confunden durar con vivir, dos ideas que la medicina preventiva contra el cigarrillo amalgama en un propósito totalitario. Confunden la fatalidad del desgaste orgánico con el arriesgado oficio de elegir el placer como motor de la vida.
Cuando digo que no me falte nunca el cigarrillo, acepto también que, en la vida y en la ciencia, no hay determinismo. Tal vez un día abandone la dulce compañía de los cigarrillos, pero su recuerdo, como el de ciertos amores dañinos, vividos con los riesgos de la pasión y al borde del abismo, evocará su presencia como una larga experiencia vivida de espaldas a las amonestaciones e inquisiciones de los organismos de salud pública.

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