Si me falta el miedo, no me daré cuenta del riesgo real que con mayor intensidad afronto. No me daré cuenta de las reuniones clandestinas que poderosos de las armas y del dinero realizan para silenciarme a mí y a personas como yo. No me daré cuenta de que quieren hacer del silencio el instrumento perfecto para la tiranía, no me daré cuenta de que el riesgo mayor no es sobre mí sino sobre el país.
Si me falta el miedo no percibiré que la situación actual de Colombia es muy similar a la de la Alemania de los años treinta. Que allá en esa época, gente con miedo de los pobres decidió entregarse al totalitarismo, a inventar enemigos internos, a hacer que unos alemanes arios sintieran que la causa de sus problemas eran unos alemanes judíos y socialistas. El miedo y la falta del miedo llevaron a la creencia de que la sociedad de los blancos alemanes necesitaba de un führer, de un líder que prometía matar por la cabeza la culebra y construir un nuevo Estado. Que la falta de miedo entregó como rebaños pueblos enteros al Holocausto. Que la falta de miedo permitió destruir las libertades, los derechos, la democracia de la república alemana por la seguridad de la raza aria, seguridad que terminó en la bomba atómica y en cincuenta millones de sepulcros.
Que no me falte el miedo para no sentir que esas mismas señales del totalitarismo se muestran con saña en los cadáveres de los niños wayús picados a machete en Bahía Portete por los hombres de 'Cuarenta', en los niños campesinos asesinados en Tame; en los niños que aún no habían sido sacados a bayoneta de los vientres de sus madres indígenas por los hombres de 'Castaño' y tirados al Arauca vibrador; en los niños de la Gabarra, muertos a tiros por las Farc dizque por servir a los paras, en el niño de seis meses de Cajamarca asesinado por el ejército del batallón Pijaos de un disparo en la nuca a treinta centímetros de distancia.
Que no me falte el miedo como para no saber de la belleza de los días, del momento en que se escucha el pájaro, el viento, el roce de la mujer que se ama; del momento en que se observa embelesado la mirada cariñosa de la hija; del sentido del poema; de la paciencia eterna de los humildes que saben que tarde que temprano la verdad y la justicia explotan estridentes en la cara de los hombres como el juicio final anunciado por los viejos profetas.
Que no me falte el miedo como para no sentir que todo debe hacerse por la vida, la mía y la de los otros.
Que no me falte el miedo como para no sentir que mientras no reine ella, la vida, viviremos en este holocausto aterrador.

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