Rosada y muy pequeña. Parece insignificante, pero de ella depende mi vida desde hace 13 años, y las dos veces que le he sido 'infiel' he terminado en un hospital. Se llama coumadin. La historia de cómo comenzamos nuestra relación es simple: tenía 18 años y estaba prestando servicio militar en Tolemaida. En la fase selva del curso de lanceros se me metió al cuerpo un parásito, estrongiloides. Nadie sabe si fue por tomar agua estancada o a través de una herida. Sufrí por semanas de una fiebre que no bajaba con nada y me daban ataques de asfixia. Como el parásito atacaba sobre todo a animales, me dieron una droga para ganado, tiabendazol. Pero tuve una crisis. A los trastornos producidos por el parásito se sumó el excesivo reposo del hospital. Se me tapó la circulación, me dio una embolia pulmonar y se me formaron coágulos en las piernas. Sentía que ardían, se les marcaba la piel. Estuve un mes a punta de un anticoagulante, heparina, me metieron ocho días a cuidados intensivos y me dieron una droga más fuerte, estreptoquinaza. Los coágulos se disolvieron, y fue cuando me recetaron el coumadin. Aunque la dosis puede variar, desde entonces tengo que tomar una diaria y día de por medio, media extra. En 1995 los médicos vieron cierta mejoría y creyeron que mi cuerpo podía trabajar sin coumadin. Pero me dio un ataque de asfixia y tuvieron que internarme. Un coágulo se me había ido directo al pulmón. Fue un susto grande. En estos casos hay un índice de mortalidad del 20 por ciento. Un año después, me descuidé en la disciplina de tomar la pepa y, camino de la Feria de Manizales, me dio otro ataque y tuve que regresar a Bogotá para pasar otros 15 días hospitalizado. A pesar de estos episodios, vivo tranquilo y, sobre todo, feliz. Mi responsabilidad se limita a cuidarme mucho. Como mis amigas: 'me tomo la píldora'.

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