Me dijeron ocho años, y todos los días ruego por que el plazo se cumpla. Cada vez que las pilas de mi radio o mi control remoto fallan, pienso en la posibilidad fatal de que pase lo mismo con la batería que mueve a mi corazón. Tengo adentro una pila "larga duración" para mi corazón de metal.
Lo usual es tener 65 latidos por minuto, pero cuando a mí me operaron ya tenía solo 36 y cada día el número parecía disminuir, y con ellos mis posibilidades de vivir. El problema venía desde que me operaron de las amígdalas y los médicos descubrieron esa lentitud mortal de mi corazón. Para cuando cumplí 32, habíamos pasado de lo preocupante a lo grave, con posibilidades inminentes de un infarto fulminante. Era el momento de operarme, de reunirme con esa fuente de energía que me iba a acompañar el resto de mi vida. Como una novia, pero más allá de la retórica, bien metida en el pecho. Una novia liviana, que pesa menos de medio kilo, y tan grande como una tarjeta de presentación doblada por la mitad.
Me la pusieron en la Shaio, en una operación que duró 120 minutos, y ella garantiza que mis latidos no bajen de 60 por minuto ni pasen de 120. Voy a ser muy sincero: me encanta tener marcapasos, me gusta que una batería me ayude a bombear, me tranquiliza tener más resistencia. Ahora aguanto un partido de fútbol completo. Eso lo dice todo. Si mi batería me falla, me muero, sea porque mi corazón vuelve a latir más lento o por el 'golpe' de ponerme una nueva, diez millones de pesos y veinte más de la operación. Por eso la tengo que cuidar. No paso por campos electromagnéticos. Mi criptonita son los detectores de metales, el celular, los scanners y parar el balón de pechito. Y también tengo que cuidar mis otros achaques porque tiene más defensas Santa Fe que yo.
El amor viene del corazón y mi corazón depende de la batería, así que amo mi batería porque ella me ama a mí.

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