Más allá de las consignas calenturientas de los hinchas de siempre, yo puedo decir, con la mano en el corazón y en la razón, que no quiero que nunca me falte mi equipo. Y que me gustaría que los fanáticos enfermizos, los que se hacen matar y matan por el suyo, pudieran vivir sin esos equipos y compartieran el cariño y el respeto que le tengo al mío, al Chicó Fútbol Club.Resultados no faltan: en el último año y medio hemos anotado 80 goles y el año pasado jugamos, y muy bien, 40 partidos. El Chicó fue el único en clasificar por Bogotá en las finales del fútbol profesional y solo nosotros pudimos ganarle, como local y visitante, al Medellín, el nuevo campeón, y con la misma nómina de la B. Hay más: en la selección ideal del primer semestre había tres hombres del Chicó y en ese periodo fuimos el equipo con menos expulsiones y menos amonestaciones. Pero el respeto que le tengo al Chicó va más allá de marcadores y tablas. Eduardo Pimentel, el técnico de mi equipo, vendió su apartamento y su carro para meterle la plata al proyecto, y accedió a cobrar una miseria durante tres años para que todos saliéramos adelante. Y no es que me parezca una maravilla que el técnico se apriete el cinturón, pero estoy convencido de que él sabe que está invirtiendo tiempo, energía y dinero en una propuesta deportiva transparente. Y prefiero mil veces un técnico a pan y agua, que un hombre de oscuro perfil inyectando billete. No nos gusta la plata sucia, nos justa el juego limpio. Además, Pimentel no fue el único. Yo, que soy el presidente, y varios socios más, hicimos lo mismo, así que nada de raro tiene que me vea usted en TransMilenio, y al lado mío las estrellas de la cancha. Lo sé porque todos nos conocemos. El año pasado el Chicó tenía 35 hinchas y hoy vamos en 2.300; y contamos ya con 10 patrocinadores que han entendido que trabajamos para que no haya domingo en Colombia sin un partido jugado por un onceno que valga la pena ir a ver, por juego y por transparencia. Un equipo que está comprometido con el tema de la democratización en la gestión, algo que ha funcionado en equipos como Real Madrid, Manchester, Vélez, en Argentina, y Gremio de Portoalegre. Hoy somos una sociedad anónima, con ánimo de lucro, lo que nos fortalece como proyecto empresarial, y nos abre las puertas, en un futuro, a repartir dividendos y cotizar en la bolsa de valores. Los demás equipos colombianos no son sociedades anónimas sino corporaciones híbridas, y nunca, hasta que no hagan lo que hoy hace el Chicó, podrán tener estas posibilidades. Mi club es una suma de sacrificios que no se ven, se viven, y que se pueden contabilizar en dinero, pero también en tiempo: desde enero del 2003 no tengo fines de semana y paso muchas noches en vela, pensando en estrategias que hagan al Chicó un equipo autosostenible. Trabajo 25 horas al día, viajo con mis 20 jugadores y con Pimentel todas las semanas, y no me cambio por nadie. Le entrego todo a un club que acabó con el concepto de barras bravas, que no admite dineros oscuros, que consiguió que los niños regresaran al estadio y que las mujeres se fijaran en el fútbol.No quiero que nunca me falte mi equipo y, que nadie lo dude, no voy a faltarle nunca a mi equipo. Y si se me permite un puñado de líneas de "reposición", que tampoco me falte ese minuto de Dios en el que hemos definido tantos partidos y que, no lo dudo, tiene mucho y todo que ver con nuestra devoción al Señor de los Milagros. Este domingo jugamos.
¿Se anima a acompañarnos?

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