-En resumen -le dije a mi tía Aldona, hermana de mi madre, al visitarla en Sydney hace un mes y después de contarle las últimas invitaciones-, he obtenido el reconocimiento social que mi madre merecía y nunca obtuvo.
-¿Acaso ella lo busca? -me respondió mi tía con ejemplar agudeza.
Nijole ha buscado siempre la sinceridad, contra toda diplomacia. Unas pocas veces ha sufrido los embates de la mezquindad, pero sin dejarse amilanar. Y su trabajo, guiado por sus propios criterios, ha sido su hilo conductor.
Conmigo (me preocupa) se ha ido volviendo indulgente. Hace seis años era más dura. Una vez me puso a escoger entre dos obras de ella: una (la que preferí), pequeña y de colores sobrios y oscuros llamada Verdad: fragmento y la otra, grande, aérea, atrevida, llamada Sentados en alto. Fue toda una puesta a prueba. Adivinarán con cuál me quedé.
Ella estudió en la primera cohorte de la Alemania de postguerra y por eso tiene de dónde afirmar que nuestra vida universitaria es dramáticamente poco intensa.
Yo he sido cercano a Nijole porque desde pequeño me enseñó a mirar cada palmo de la ciudad y de la carretera, porque me dio la idea de nunca desperdiciar ni un instante de la vida. Pero sobre todo porque le puso tremenda fe a mi infancia.
Resultado: al terminar mi adolescencia tenía autoestima para gastar a borbotones. Sólo leía literatura radicalmente depresiva. Ella también se sabe fuerte, sólida, coherente.
Otra cosa que nos une: durante la Segunda Guerra Mundial tuvo que tomar partido contra unos y contra otros: porque tanto el fascismo como el estalinismo eran ideologías totalitarias que infantilizaban a la gente. También porque los nazis fusilaron a la profesora que más quería y los rusos se llevaron a su padre por 15 años a Siberia.
He tratado de aprender, de comprender, de asimilar su filosofía de vida y su obra. Siento que hubiera podido (y tal vez habría sido más justo) no vivir tanto mi propia vida y ayudarle más a ella a desarrollar su vocación. Pero hemos aprendido uno del otro, nos hemos ayudado mucho; también a veces nos hemos disputado, como cuando yo decidí dejarme crecer el pelo y andar en ruana.
Quienes nos conocen a ambos suelen reconocer que la valiosa es Nijole.
Viví con Nijole hasta pocos días antes de cumplir 43 años. La vida en el 'hotel mamá' traía consigo ahorros que me permitían no tener que pensar en carencias económicas. Con el salario de la Nacional me bastaba y hasta tenía la tranquilidad de un ahorro en el banco. Periódicamente le servía a Nijole de utilero. O le grababa textos de Nietzsche o de Kafka o de Gabo en casetes para sus talleres. Sé que en muchas discusiones en círculos intelectuales ella fue y es mi mejor abogada. Su radical irreverencia ayuda. A veces simplemente me traslada la razón: fulano de tal no quiere ni hablar de usted. A veces pregunta la razón. A veces soy yo el que le pregunto la razón. También tenemos amigos comunes, como Amparo Vega, una profesora de Artes de la Nacional que se doctoró en París con un trabajo sobre Lyotard.
Nijole sabe que el arte podría ser muy poderoso y movilizador. Cuando la he acompañado a exposiciones en Quito, Caracas, Medellín, Cali, Cúcuta, Bucaramanga, prácticamente siempre he podido ver cómo 15 ó 20 días de taller con ella transforman a personas y crean grupos que se reconocen como tales muchos años después.
La he visto trabajar con niños con tal libertad que, al poco tiempo de iniciado el taller, una niña plasmó en madera su inigualable admiración por su padre, una figura paterna casi aplastante, otro niño hizo una cajita para guardar algún día las cenizas de su madre (y lo escribió así en la ficha técnica para la correspondiente exhibición), y mi hija mayor hizo un zoológico explicando que se entendía mejor con los animales que con los seres humanos. Sí, el arte contemporáneo no está para adornar sino para revelar. Y al revelar a veces nos ayuda a mejorar.
Mi madre ha sido muy importante en mi vida, e indudablemente -como todo ser humano occidental- pasé por una etapa de intenso complejo de Edipo. Cuán superado está es asunto para discutir.

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