Hace siete años, viajé a Cuba para realizar una serie de saltos. Quería que Fabrice, mi instructor, me enseñara a controlar la caída libre apuntando los pies hacia la tierra, principio básico para practicar sky surfing. Usaba una tabla que había mandado a hacer sin muchos misterios técnicos. En mi salto número 157 salí del avión a la altura acostumbrada (12 mil pies) junto a Fabrice. Mi tabla oponía poca resistencia al aire y mi velocidad era mayor que la de Fabrice, así que rápidamente lo perdí de vista. A los 10 mil pies me encontré con una nube imposible de esquivar. Me tragó. Adentro era un infierno. No sabía si caía de cabeza, de pies o de costado. Me entró el pánico. La nube podía terminar lejos o cerca del suelo, así que abrí el paracaídas, con tan mala suerte que perdí el control y comencé a girar. Las cuerdas se enredaron con los pies y la tabla, y el paracaídas solo pudo abrirse parcialmente pegando un tirón que me destrozó los ligamentos de las piernas. Tenía que deshacerme del paracaídas enredado porque de lo contrario podría terminar enredándose con el de reserva, y eso significaba la muerte. Luché hasta que, después de botar la tabla, el paracaídas finalmente se infló. Estaba a 300 metros del piso. El impacto fue bestial.
Al rato, varios amigos me ofrecieron saltar de nuevo. Con las heridas vendadas y un dolor intenso en el cuerpo volví a saltar. Y en esas ando.

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