Aunque me llenaba de miedo pensando en las historias que cuentan sobre los escaladores que pierden un dedo o una pierna, o los que perecen por el mal de altura, Alberto, compañero de varias excursiones por algunas de las montañas más altas del mundo, Pablo, nuestro guía argentino, y yo, nos propusimos llegar a la cima del Aconcahua.
A 4.300 m de altura la humedad es sumamente escasa, por lo tanto el porcentaje de oxígeno disminuye drásticamente. Los vientos que soplan a cada momento producen zonas de baja presión que intensifican estos efectos y el aspecto desértico y el aislamiento afectan psicológicamente al más duro montañista.
A 5.200 m es casi imposible armar las carpas en contra de un viento que no para de soplar; además, nos toca derretir agua para poder hacer la comida. Las horas pasan pero los metros caminados son pocos. El frío comienza a hacer de las suyas. Los dedos de las manos no se sienten, esa es una rara sensación de hormigueo y un dolor mudo.
Piedras Blancas es el último campamento, a más de 6.100 m. Allí el agotamiento es total, sin embargo, el deseo de hacer cumbre al otro día se mantiene intacto. Los 120 kilómetros a los que el viento sopla, además de destruir más de tres carpas, no nos permiten dormir ni un minuto. La tensión que vivimos dentro de la carpa es de película de miedo. Los gritos de los guías tratando de coordinar los arreglos de las carpas se pierden con el dolor desgarrador de una mujer que, fuera de tratar de revivir a su marido que murió por un edema pulmonar, quedó ciega por culpa de unas gafas que no la protegieron de los peligrosos rayos ultravioleta que por el reflejo del sol en la nieve terminaron quemando su retina.
Al amanecer continuamos hacia la cumbre. En este momento ya he perdido seis kilos, los dedos de los pies, como los de las manos, están casi congelados, los labios totalmente rajados. Cada metro que avanzamos es una victoria. La falta de oxígeno, que hace que los pensamientos y las acciones se vuelvan lentas como si uno estuviera drogado, fatigan aún más. Subimos unos trescientos metros y vuelve el viento, pero esta vez como nunca lo habíamos sentido. Por momentos nos tenemos que tirar al suelo y con los piolet hacer palanca para arrastrarnos y así irle robando metros a la cima. La visibilidad es de uno o dos metros. Solo vemos los recuerdos del escocés muriendo de edema, esa rara enfermedad que se da en la altura cuando los pulmones se llenan de líquido, y lo que nos puede pasar si continúa esta tormenta. Estamos agotados y empezamos ya a alucinar y a mostrar síntomas de un leve edema. En este momento nos faltan solo doscientos metros para llegar a la cumbre, pero la realidad de nuestro estado físico y las condiciones meteorológicas nos hacen tomar la decisión de volver. Ya lo decía un viejo montañista: la vida se puede perder en un instante, pero el Aconcahua estará allí toda la vida.

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