Aunque sepamos que tener un hijo no significa para todo el mundo un atajo a la felicidad, que tampoco se trata de una ecuación sentimental, ni de una ley incuestionable de la naturaleza, sí resulta indiscutible que puede llegar a ser uno de los descubrimientos más desconcertantes, una influencia extraordinaria que moldea para siempre la vida. Así los resultados no se apliquen para todos, la paternidad, como en alguna fábula moral, no se comprende hasta que no se experimenta. En todo caso, y más allá de los clichés compartidos por todos los padres en algún momento, como el típico y renacido terror de montarse en un avión solo, yo descubrí que tener un hijo relativizaba la importancia de todos y cada uno de los momentos, y los espacios, de esa vida anterior a su llegada, esa otra vida, ahora imposible, donde los hijos no existen.
Fue una conciencia inmediata, desde el primer momento en que esa criatura entró en la casa. El mundo en el que estaba iba a dejar de ser lo que era, no solo por el hecho de que los horarios del sueño se trastocarían como si hubiera entrado en otro hemisferio geográfico, sino porque ciertas 'preocupaciones metafísicas' que tenía en la periferia se volvieron centrales: ¿Cuánto tiempo estaré vivo? ¿No es este mundo de adultos demasiado insensato y desconsolador como para tener hijos? ¿Es tan importante escribir o leer libros, si no son oficios rentables?
Pero más que la felicidad obvia y un tanto confusa de 'ser padre', entendí que me enfrentaba a una prueba en la que, sin ninguna herramienta concreta, tendría que resolver un enigma; pues pensar en un hijo era como pensar en una especie de fantasma que se acerca y que, a pesar de todos los manuales que se escriben, de la parafernalia que acompaña su llegada (la cuna, los bordados, el parto asistido o natural o en agua), ninguno tiene una idea clara ni sabe en realidad cómo y de qué manera ese recién aparecido transformará el presente y el futuro.
Al principio todo parece parte de una permanente ilusión óptica y auditiva y, claro, olfativa. ¿Qué hacer con esta cosita que se retuerce, chilla sin razón aparente, la atacan de un momento a otro virus inverosímiles, o se aleja durante horas en el sueño? ¿Hay que hablar en susurros, dormir con un ojo abierto? ¿Cómo medir la nueva escala de silencios o de ruidos que nunca pensamos que existieran? ¿Es lícito perder la paciencia y dudar si uno es capaz de sobrevivir a esta forma desconocida de conmoción doméstica? ¿Qué era uno antes de entrar a la comunidad de los 'papitos' y las 'mamitas'? Yo tengo noches en las que no puedo recordar bien mi vida antes de convertirme en 'papá', como si en esos años no hubiera sucedido nada importante. Es una falacia, claro está, pero es probable que para los hijos, después, el pasado de uno sin ellos sea solo parte de otro espejismo, de otra superstición.
Sin embargo, la parte más alarmante del misterio de tener un hijo está en el hecho de responsabilizarse por la vida de otro. Tampoco es un axioma universal que todos contemos con la voluntad, el deseo o la fortaleza para cargar con esa responsabilidad, para creer que un hijo es una criatura sin doble en el mundo y que habita un territorio que tampoco es igual a ningún otro y que ese reducto tiene un valor inapreciable. No sobra decir que es un valor que no tiene nada que ver con su capacidad competitiva en el futuro o de un dinero que le consigue todo. Aunque suene sentimental, como una sentencia simplemente simbólica y que acabara de sacar de alguno de esos manuales sobre la dicha y las recompensas familiares, para mí esa responsabilidad ha significado una prueba de amor sencilla y clara, pues si algo he entendido sobre lo que sucede cuando se tiene un hijo es que no hay una verdad más transparente que la del poder que se tiene sobre él, tanto para tiranizarlo como para demostrarle que nada ni nadie lo reemplaza.

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