Ni siquiera en chiste me había formulado la pregunta: ¿qué pasaría si Fernando Londoño Hoyos llegase a convertirse en Presidente de la República? Ahora que debo absolver el interrogante, creo que no les asiste razón a quienes creen que para el país eso sería un terremoto devastador, porque, también tendría aspectos positivos.
Para empezar, al día siguiente de la posesión del 'Héroe de Invercolsa', todos los abogados litigantes estaríamos agradecidos, porque habríamos ganado el derecho a reclamar salarios caídos y prestaciones sociales a todos los clientes que hubiesen requerido de nuestros servicios y asesorías. En ese peculiar reinado del fogoso abogado manizalita, nadie dudaría de la tesis según la cual la relación que sostenemos los litigantes con nuestros representados no es un contrato de prestación de servicios profesionales, como lo creíamos todos, sino uno de trabajo, tal y como lo demostró Londoño, al adquirir acciones de Invercolsa, invocando haber sido su obsecuente obrero raso.
Pensando en todas las prebendas que podríamos recoger, no tendría importancia que después de haber luchado por años en los estrados judiciales, el 8 de agosto de ese primer año de mandato, los litigantes nos enteráramos de que a fin de cuentas no fuimos tan independientes, como lo deseamos toda una vida, sino unos asalariados, como cualquier operario de una empresa.
Todo ello lo habríamos conseguido sin tener que comparecer como reos a la Fiscalía, y sin haber tenido que contratar como defensor al ex vice fiscal Adolfo Salamanca, y todavía más, sin haber soportado la avalancha de la crítica acerba de unos columnistas bilio-
sos y envidiosos, como le tocó a nuestro inefable futuro presidente.
La llegada de Londoño a la silla presidencial también tendría consecuencias positivas para nuestras fuerzas militares, porque le restituirían el uniforme a Rito Alejo del Río, Harold Bedoya, Ricardo Cifuentes y a todo el generalato calumniado por las ONG, y además porque ascendería muy rápidamente en la anquilosada jerarquía castrense, Fernando Jr., el heredero de la dinastía más importante de la estirpe grecocaldense, de quien se sabe da sus primeros pasos como cadete. A pesar de restablecer la autoridad de tan encumbrados oficiales, también con Londoño Jr. tendríamos otra vez generales como en la época de Bolívar y Santander, de apenas 27 añitos, a ver si ganamos esta guerra.
En el cuatrienio de Londoño, la rama judicial viviría sus mejores días, pues se restauraría la Corte Admirable del año 36, ya no con Ricardo Hinestrosa y Antonio Rocha, sino con el coronel Plazas Vega, el valiente oficial que a sangre y fuego "salvó la democracia" rescatando el Palacio de Justicia, y quien se ha hecho igualmente famoso e invencible por su eficacia y transparencia como director de estupefacientes.
No solamente tendríamos una gran Corte, sino que además los jueces podrían cumplirle al país la quimera de poner sus despachos al día, porque, siendo Londoño inquilino de la Casa de Nariño, se dictaría un decreto histórico adoptando su sabia solución de quemar todos los expedientes que contengan casos que no puedan resolverse de acuerdo con los códigos.
Claro, los tribunales de arbitramento conocerían su época de oro durante los cuatro años de londoñismo, exceptuando por supuesto la distinguida clientela del otrora abogado-obrero convertido en Presidente, pues de todos es conocida su delicadeza para no favorecer desde un cargo público a sus mandantes, como lo confirmó en ese inofensivo episodio cuando como ministro llamó a su colega de minas para rogarle que por ningún motivo le fuera ayudar a uno de sus ex clientes.
En ese régimen londoñizado nos ahorraríamos los costos de una Procuraduría que no ha hecho sino hostigar a nuestros valientes oficiales, porque no habría necesidad de investigar a funcionarios tan impolutos como los que nombraría el primer mandatario.
Con Londoño Hoyos de jefe de Estado tendríamos un 'Renacimiento' criollo, al menos en la filosofía, porque no tendríamos que preocuparnos por esos tediosos filósofos alemanes a quienes no podemos leer en su lengua vernácula, pues se volvería obligatorio Ortega y Gasset, de cuyo credo recibiríamos enseñanzas desde el solio de Bolívar.
El país regresaría a la normalidad, porque se acabarían esos interminables y frondios consejos regionales, donde no desfilan sino provincianos, pobres y problemas insolubles, los cuales serían sustituidos por las elegantes tertulias presididas por don Hernán Echavarría Olózaga y orientadas con el verbo independiente de Fernando Cepeda.
Y en lo personal, los disociadores de siempre se quedarían con los crespos hechos, porque el Gobierno democrático de Londoño nos garantizaría que bajo ninguna circunstancia seríamos espiados, o nuestros teléfonos chuzados, ni perturbadas nuestras vidas u ocupaciones, pues respiraríamos el mismo aire fresco de sus pacíficas horas como ministro del Interior.

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