Esta mañana, del 22 de noviembre, el presidente Jerónimo Uribe Moreno mira por la ventana de su despacho en la Casa de Nariño y hojea con desdén la edición de El Tiempo donde el columnista Daniel Samper Ospina critica su política autoritaria y su incapacidad para capturar al comandante de las Farc, Jorge Briceño Mendoza, quien asumió la jefatura de esa organización 18 años atrás, al morir de cáncer del fumador el comandante Tirofijo. El presidente Uribe Moreno piensa que esas son vainas de resentimiento político, por haber derrotado en las elecciones del último 26 de mayo al candidato Miguel Samper Strauss, hijo del ex presidente Ernesto Samper Pizano, quien falleció hace dos años, en Miami, tres días después de haber recuperado por fin su visa y haber regresado a Disney World con sus tres nietos. El presidente Uribe Moreno piensa que esos no son realmente sablazos de Samper Ospina, buen tipo y muy demócrata y recordado por haber desnudado a todas las mujeres bellas del país, sino tal vez la última pataleta del papá del columnista, el hispanocolombiano Daniel Samper Pizano, recordado humorista de 78 años que vive feliz en la isla de Menorca.
El presidente Uribe Moreno ordena que le llamen al ex presidente Germán Vargas Lleras y recuerda que llamen también al director de El Tiempo, Alejandro Santos Rubino, ah, y al joven director de la revista Semana, Lorenzo Santos Aparicio. "No, ese no", dijo el mandatario, "llame más bien a la presidente de Semana, María López Castaño, y a Isabel Gossaín a RCN, y a Yamid Amat Jr. a su noticiero". Son las ocho de la mañana y como no es tan madrugador como su padre, que se convirtió en un próspero ganadero después de concluir de manera dramática su segundo período presidencial, hasta ahora comienza a revisar el único periódico diario de Colombia y contabiliza con sumo cuidado las noticias que tocan con su gobierno. Tampoco le gusta para nada que la primera noticia del día sea un asalto del Frente Alfonso Cano de las Farc, comandado por José Raúl Reyes Pimienta, a la población de Chaparral, en el Tolima. Ve que a tres columnas destacan el discurso en el Fondo Monetario del ministro de Hacienda, Martín Santos Rodríguez, quien aprovechó la visita a Washington para asistir al acto de condecoración de su padre, Juan Manuel Santos, quien después de tres campañas presidenciales y de siete años como embajador en Londres vive en Anapoima, con una buena custodia del ejército, claro está, pues el frente Joaquín Gómez de las Farc, comandado por el joven cabecilla José Arturo Romaña, sigue activo en Viotá. Después de mirar por la ventana los cerros, el Presidente no le da importancia a la principal noticia internacional del día, los 39 judíos muertos por un carrobomba en Jerusalén, y fija los ojos con alguna atención en la única noticia en primera página sobre la campaña para el referendo que está proyectado para marzo de 2024: un discurso a su
favor en el Senado, de la senadora Valentina Pastrana Puyana y una breve referencia acerca de una constancia sobre la necesidad de incrementar la lucha antiguerrillera, que dejó el joven representante a la Cámara Germán Vargas Zapata. Pasa con desgano las páginas del periódico, no lo atrae en la sección Bogotá la noticia sobre la detención de tres concejales y la crónica sobre la inseguridad en el sistema de transporte TransMilenio, y después, en las páginas de farándula, observa ya demasiado otoñales algunas de las actrices y modelos con las que rumbeó de manera frenética a principios del siglo, y sólo se detiene en la página social que publica varias fotos de una cena muy especial en Nueva York: una comida que ofreció Felipe López, que al filo de los 85 años sigue siendo el hombre mejor informado del país y que pasa largas temporadas en su apartamento de la calle 62, diagonal al Central Park, que fue, por muchos años y hasta su muerte por enfisema pulmonar, propiedad del millonario colombiano Julio Mario Santo Domingo. Vio en las fotos de la cena a su embajador en Washington, Simón Gaviria Muñoz, y a su representante ante la ONU, María Jimena Durán Sanín.
Hace a un lado con cierto desgano el periódico y pregunta a su asistente si el avión está listo para el viaje de esa mañana a Santa Marta, Cartagena y Barranquilla. La secretaria le informa que el comandante de la FAC llamó para decirle que no es recomendable viajar en el Boing 737 FAC 001, porque, al cabo de veintitrés años de comprado, no está en las mejores condiciones técnicas. Mientras rehúye pensar en la decisión de comprar otro avión presidencial, aprovecha la media hora que le queda antes de viajar y ordena las siguientes llamadas: a la embajadora de Estados Unidos en Bogotá, Chelsy Clinton; al fiscal general de la Nación,
Andrés Gómez Lara; al ministro del Interior, Manuel Fernando Londoño Pareja, y a su secretaria privada, María Lozano Cruz. Antes de abordar el helicóptero para trasladarse al aeropuerto, el presidente Uribe Moreno decide pasar por la oficina de la Primera Dama, María Paz Gaviria Muñoz. Cierra la puerta para aclararle que no era cierto lo que están diciendo por ahí: que él tiene un affaire con la joven actriz Mariana Natalia París y, en el plano doméstico, le recuerda a María Paz que llame al hijo de José Roberto Arango para que ayude a vender la finca y los caballos que tienen en Rionegro, porque él sí no aspira a la reelección y una vez termine este mandato nos vamos a vivir a Nueva York, sí, mi amor, cerca a su suegro, el venerable galerista de arte latinoamericano, César Gaviria Trujillo.
Ya en vuelo en el helicóptero, le recuerda al comandante de las Fuerzas Militares que no se puede aplazar más la ofensiva para ir por los cabecillas de esos bandidos a la selva, pero igualmente le precisa que el ejército no puede obstruir la entrega a la Cruz Roja de los cinco suizos secuestrados en el Parque de los Nevados. "Este referendo lo gano, carajo, así le duela al senador Navarro Bustamante", piensa y se dice para sí mismo: "No les entrego la cabeza del ministro Alberto Santofimio Hernández".
Como no le gusta mirar los avisos necrológicos, el Presidente no vio, y si lo hubiera visto no le hubiera dicho nada, ni siquiera una modesta noticia de un renglón, sino el único barato aviso que invita al sepelio ese día de un oscuro cronista viejo y olvidado llamado Germán Santamaría.

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