Dice una amiga mía que hay dos razones para que durante siglos los hombres hayan perdonado la vida a las mujeres o no nos hayan encerrado en jaulas, como proponía Norman Mailer: el placer que les proporcionamos y la maternidad. Esta última ha sido casi sacralizada, de modo que por la madrecita se hace de todo, desde versos hasta matar, como pasa con los sicarios. En México, tierra de los machos-machos, parece ser que la fiesta por excelencia es la de la madre. Solo que las estadísticas parecen probar que tal día acaba siempre en trifulca y que los hijos, ya borrachos, terminan por emprenderla a golpes contra sus santas madres.
En fin, que la maternidad y el acto mismo de dar a luz, (como se dice eufemísticamente) suelen conmover al hombre y despertar en él su admiración y su ternura. Pero si un milagro de la ciencia les permitiera tener hijos sintiendo lo que sentimos (y esto, por puras razones anatómicas, quedará siempre en el terreno de la ciencia ficción) no dudo que, cobardes como son para el dolor, renunciarían a este derecho.
Y para que lo confirmen, les diré qué se siente al parir. Las cosas desagradables comienzan ya nueve meses antes: cuando, felizmente, desaparece la menstruación, esa incómoda visitante que llega acompañada casi siempre de cólicos, es porque la panza nos ha empezado a crecer, y a estriarse, por supuesto. Crece hasta tal punto que un día ya no podemos sentarnos -es como si te hubieras comido tres balones de fútbol- ni pararnos -hay que caminar como patos para no perder el equilibrio y evitar el dolor de espalda-, ni dormir -nos falta el aire y tenemos pesadillas-. A medida que nos abotagamos y perdemos el resuello, nuestros compañeros van cambiado también: temerosos, el deseo es reemplazado por un sentimiento entre la compasión y la ternura, y solo nos tocan para ayudarnos a bajar las escaleras.
Llegado el momento, como todos sabemos, vienen las implacables contracciones. ¿Que cómo se sienten? Ponga las manos en la cintura y extiéndalas suavemente hacia atrás, hasta donde comienza la cadera. Ahí es. Ahora imagínese que cada tres minutos siente, desde adentro, un par de mortales mordiscos, tarascazos de bestia que lo desgarran sistemáticamente y le quitan el aliento. Pues bien: eso no va a mermar sino a recrudecerse. Lo que era un dolor relativamente localizado empieza a abarcar también la parte delantera: hagan de cuenta que de la cintura para abajo tienen instalado un aparato de tortura consistente en un eje trepidante alrededor del cual hay una circunferencia de acero que se expande haciendo crujir sus huesos. Las comparaciones podrían estar menos del lado de la tecnología que de la escatología, pero mejor dejémoslo así.
Ya para entonces usted deberá haber roto fuente, expresión muy poética que no se compadece con lo que realmente es: un estallido repentino que nos deja chapaleando en un líquido caliente que traspasa las sábanas, como en la más remota infancia. Pero no hay lugar para escrúpulos pues en esta hora ya el dolor le hace ver todo oscuro o, en el mejor de los casos, estrellitas. Una voz desde el más allá le ordena entonces que puje, cosa que usted acata desesperadamente porque algo así como un haz de leños pugna por abrirse campo por una abertura a la que la sabia naturaleza le ha concedido escasos diez centímetros. El filo del bisturí echa entonces una ayudita, pero ya usted está literalmente pariendo, de manera que el dolor descomunal que causa el inocente que asoma su cabeza no permite sentir el otro, menos mortal, de la cuchilla.
¿Recuerda ese movimiento espasmódico con que se desinflan las bombas de cumpleaños en nuestras manos? Pues así se vacía el vientre cuando sale al mundo esa criaturita peluda y empegotada que la madre, sudorosa y llena de ansiedad, se incorpora para ver si tiene los dedos completos. Ante sus nobles berridos la pobre mujer, o lo que de ella queda, suele llorar y sonreír, simultáneamente. Pero ya se lo llevan las enfermeras para lavarlo mientras el médico procede a hacer remiendos en los estropicios causados. Ahora sus senos empiezan a inflarse y a dolerle. Y si se mira el estómago ya su ánimo no se repondrá durante horas, pues las leyes físicas han hecho estragos en cuestión de minutos, por fortuna reparables. Pero ya nada importa. La mamá está soñando ya con un nombre, con el primer día de colegio, y hasta odiando a sus futuras novias.
Después de sortear la muy previsible depresión postparto (producida por abruptos cambios hormonales) vendrán las aterradoras despertadas nocturnas, los pañales embadurnados y el chorrito que la rebautiza sorpresivamente. Todo esto y por supuesto los indescriptibles dolores del parto tendrán que ser olvidados si se anima a un hijo más.
Como ven, todo muy sencillo y muy natural. En el duro trabajo de parir no estaría mal que siempre contribuyeran con su mejor esfuerzo los futuros padres. Vaya pues al lado de su mujer y mientras puja cójale cariñosamente la mano.

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