No sé en qué momento de la historia alguien decidió que el vello era todo menos bello. Pero el hecho es que a ese alguien, hace mucho tiempo, se le ocurrió. Y, en cierta medida, a las mujeres nos jodió. Nos tenemos que someter a los más tortuosos tratamientos con tal de darle gusto a ese ser que hace quién sabe cuántos años, en quién sabe qué circunstancias le dijo a una mujer: "Ole, ¿no será que te ves mejor sin pelo?". Pensándolo bien, seguramente fue algún fabricante de cera, que al verse bien varado decidió volverse emprendedor. Ha de haberse convertido en millonario.
La cita de la depilada genera casi la misma angustia que la del dentista. Es más, si se aplaza, se corre el riesgo de que la cosa se vuelva peluda, lo cual lo hace tantas veces más difícil y doloroso. El dolor es casi igual al de una fresa pero con el tortuoso sonido reemplazado por un rápido 'riiiiiip' que hace ver estrellas.
Lo peor de todo es que no nos dejan escapar ni una. Toda clase de pelo, vello y cabello que se les ocurra hay que quitarlo mínimo una vez al mes.
Pero, a decir verdad, quitarse los pelos vale la pena.
Comencemos por el de las axilas. Felizmente, algunas europeas se bandean por la vida sin complejos, con un orgulloso ramillete de pelos bajo el brazo. Con eso abrazan al novio y cargan el pan. Harto feo que es, ese rezago feminista de la década de los sesenta que surgió como respuesta al insoportable mundo machista.
Las piernas. ¡S.O.S! Mucho ojo para aquellas mujeres que se pasean por la vida con una jungla en el muslo que baja hasta el talón. ¡Guácala! No hay ninguna posibilidad de que nos dejemos de rasurar o depilar los pelos de las piernas. Qué dejadez y falta de vanidad dejarse las piernas como Lucas Jaramillo (aunque, pensándolo bien, ¡quién quisiera tener esas piernas!).
Ni qué decir del bigote. Esos horribles y gruesos pelos negros dignos de cualquier mariachi hay que quitarlos ipso facto. No se pueden sacar a pasear ni a la esquina.
Y por último está el 'bikini'. Cosa tenaz que es quitarse los pelos de ahí. Hasta en eso es la zona candela. Pero ya que toca echarle cuchilla o cera, pues mejor aprovechar. Las más osadas se lo quitan todo. Ni un solo pelo. Otras escogen el 'brasilero', una línea delgada y sutil, perceptible solamente para los más detallistas. El modelo preferido para las vacaciones con tanga.
Ocho de cada diez mujeres usan algún tipo de método para deshacerse de los pelos. Los más populares son las cremas, la cera, el azúcar, la electrólisis, la máquina de afeitar o el láser. Hay para escoger, porque tenemos distintos pelambres, colores y patrones de crecimiento que ayudan a evitar algunos problemitas: la cera quema y algunos pelos descarriados se enconan. El azúcar irrita. La electrólisis duele y son varias sesiones. La crema pica. El láser es carísimo y la cuchilla corta.
Todo sea por la belleza. Aguantarse el dolor del jalonazo de la cera es casi como parir. Pero no queda de otra. Hay que cerrar los ojos, hacer fuerza, pensar en los planes que se tenga una vez depilada, apretar la nalga. y arrancarlos. No puede quedar ninguno.
Como dice mi abuela, "el que quiere marrones aguanta -literalmente- tirones". Vale la pena. No importa el método. Fuera con todos. El dolor es compensado por mirarse al espejo, sentirse sexy, sensual y hasta con unos kilos de menos. Y finalmente se puede dar al traste con ese dicho detestable y machista de que la mujer de pelo largo es de ideas cortas. Ya se imaginarán, por contraposición, cómo somos las que no tenemos ni un pelo.

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