La menopausia ha sido ante todo un concepto médico-biológico circunscrito a su definición fisiológica, y se entiende como el cese definitivo de la ovulación y de la menstruación causado por la pérdida de estrógenos en las mujeres. Ocurre generalmente entre los 47 y los 50 años. Es el fin del ciclo reproductivo, el fin de las menstruaciones que, cada 28 días, acompasaron nuestras vidas al ritmo de los ciclos lunares y nos hicieron consultar el calendario al menor retraso. En otras palabras, de alguna manera la menopausia es el descanso de la función reproductiva de las mujeres; descanso para un cuerpo signado para dar la vida e inicio de un nuevo ciclo vital que abre la posibilidad a nuevas fecundidades, ya no genealógicas por medio de nuestros hijos e hijas, sino culturales. Sin embargo, la cultura -patriarcal, misógina y eternamente temerosa de los goces de la feminidad- llenó este concepto de eventos y mensajes negativos. Aún llegando a los 50 años debíamos seguir pagando el hecho de haber nacido mujeres, de haber tenido un cuerpo de mujer que, en todas las grandes religiones del mundo, representa la tentación, la circulación del deseo y el pecado. Así entendida, la menopausia connota un deterioro de la salud y de los aspectos físicos de las mujeres que se aproximan a los 50 años. Aparecen las oleadas de calor que delatan la edad de una mujer y la hacen pasar de mujer histérica (peculiar manera de nombrar a toda mujer libre y
autónoma que expresa sin temor sus deseos de mujer sexuada) a vieja menopáusica (peculiar manera de nombrar a toda mujer mayor de 50 años libre y autónoma que expresa sin temor sus deseos de mujer sexuada). Aparecen también la resequedad y pérdida de elasticidad de la piel y particularmente de las paredes vaginales que pretende hacernos perder el interés por el sexo. La feminidad asociada en la mayoría de las culturas con lo húmedo, lo acuoso, lo amniótico, de repente se seca bajo los efectos de un otoño corporal anunciador del inevitable invierno de la vejez. Sin olvidar la osteoporosis que vuelve los huesos tan frágiles como la porcelana. Es suficiente abrir cualquier revista femenina para saber más sobre las mil y una plagas provocadas por la menopausia. Los laboratorios farmacéuticos fueron los principales auspiciadores de estos efectos negativos de la menopausia, efectos que lograron constituir verdaderos imaginarios comercialmente muy rentables. Cremas vaginales, terapias hormonales de sustitución, suplementos en calcio bajo mil formas distintas (todas las grandes marcas de leche están haciendo hoy leches especiales para mujeres menopáusicas, con suplemento en calcio). Definitivamente entre los negocios de las toallas higiénicas con alas, microfibras y un gel milagroso que permite "olvidar estos días" y los negocios asociados a la maternidad y a la menopausia, el cuerpo femenino constituye hoy día una inmensa fuente de riquezas para las multinacionales.
Tener cincuenta años puede efectivamente ser visto también como un privilegio. Tener 50 años puede ser un goce. Para mí lo fue. En cuanto hija simbólica de Simone de Beauvoir, el fin de la menstruación fue un alivio, un nuevo respiro de mi cuerpo, el inicio de un ciclo culturalmente más productivo, una etapa de crecimiento intelectual y laboral. No sé si es coincidencia pero empecé a escribir libremente a los 47 años. Tener 50 años es iniciar el camino hacia la levedad. Ya se resolvieron los grandes problemas de la vida de una mujer. La maternidad se asume por fin sin culpa. Los hijos y las hijas son ya mayores y se instalan nuevos diálogos con ellos y ellas. Es el momento también de nuevos diálogos con el cuerpo, ese nuevo cuerpo, tratando de desechar los estereotipos recibidos y los mensajes negativos sin descuidar los evidentes efectos que puede tener esta disminución drástica de los estrógenos sobre el organismo en general.
Entonces la menopausia se vuelve un privilegio, una nueva posibilidad de goce. Hacer el amor sin consultar el calendario, sin píldoras o dispositivos intrauterinos, dejando circular libremente el deseo, es un privilegio; amar de manera liviana y sin culpa porque a los 50 años uno debe saber amar, es otro privilegio. Las oleadas de calor pasan (la homeopatía hace milagros, las terapias de sustitución hormonal también), la resequedad de las paredes vaginales se la inventó una cultura misógina porque los patriarcas prefieren tener sexo con jovencitas que con mujeres maduras que podrían enseñarles cosas que ni siquiera sospechan... Después de algunos ajustes normales y el reconocimiento de ese nuevo cuerpo, yo amé mis 50 años y la menopausia que los acompañaba. Pero para esto, es necesario haber tenido la oportunidad de reflexionar sobre muchos eventos de la vida en cuanto mujer, haber podido siempre hablar y compartir con otras mujeres, aprender de las otras, tener redes de apoyo, es decir, trabajar los aportes del feminismo que hoy permiten resignificar muchos eventos de nuestras vidas y, sobre todo, comprender el impacto de la cultura sobre nuestras vivencias. Entonces, para una feminista, la menopausia es un privilegio.

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