Popularmente conocida como la regla, 'la visita' o la menstruación, como sea, sangrar profusamente en ciclos que se presentan (dependiendo de la víctima) cada 28 ó 30 días, no tiene nada de divertido, les voy a contar por qué.
Alguna conexión macabra debe existir entre la menstruación y la Ley de Murphy. No es divertido que la ilustre 'visita' nos llegue sin avisar, casi siempre en los momentos más inapropiados. Es decir, en la playa, en medio de un trancón, fijo en algún evento público o, peor aún, durante el foreplay de una noche romántica. Encima de todo, como en el caso de cualquier huésped fastidioso, no sólo se queda un buen rato, sino que las secuelas de la desagradable visita permanecen por varios días más. Es decir, cuando la regla se va, nos deja de regalo algo que se llama flujo. Es como el amigo que lo visita a uno por unos días: uno lo hospeda muy amablemente en su casa y cuando se va, ¡te deja un montón de cuentas por pagar!
Los cólicos que sentimos cuando estamos a punto de tenerla son como dolores de parto; la diferencia es que no hay un 'retraso', no hay curas cerca para bendecir argollas, ni baby showers con regalos que te ayuden a disipar el malestar. Ni siquiera un novio a la vista, como en la mayoría de los casos, y ni qué decir de un bebé a bordo. Es decir, se trata de una especie de parto sicológico, ¡pero sin los regalos! Tener la regla es sentirse mal porque sí. De mal genio porque sí. Fastidiadas desde el momento en que sabemos que va a llegar, amargadas durante su 'visita' y malhumoradas por no saber cuándo demonios se irá.
La sensación de usar un tampón, que no es más que un corcho vaginal para evitarnos vergüenzas públicas o para poder fingir que allí adentro no está pasando nada (especialmente con un bikini puesto), solo es comparable a la de tener sexo con alguien que, encima de tenerla chiquita, sabemos no nos volverá a llamar. Ponérselo es complicado y aparatoso. Hay mujeres que tienen técnicas raras como la de subirse a un banquito para que entre mejor, o la de acostarse en la cama, pues así duele menos. Las que nos damos mejor vida optamos por imaginarnos que estamos ante la experiencia de tener sexo con un extraño, solo que una vez nos introducimos el cilíndrico y no muy bien dotado aparato nos desilusionamos al recordar que el tamaño 'no es lo de menos' y que las baterías sí sirven para algo. Para rematar, luego de tener sexo virtual todo el día, al quitárnoslo. fin del romance. ¡Lo peor de todo es la sensación de que el muy ingrato ni siquiera nos volverá a llamar!
Usar una toalla higiénica, para las más profesionales o prácticas en al asunto, es algo así como llevar una papaya entre las piernas. Porque una cosa es dar papaya y otra muy distinta es tener que cargar con un bulto pesado que de higiénico tiene lo que yo tengo de manicurista. Encima de todas las complicaciones que tenemos para sobrevivir a la desagradable visita, hay que aprovisionarse de antemano con toda suerte de elementos higiénicos y dominar toda la terminología reglística del caso. Tampones o tampax (si el corcho vaginal es importado), protectores de panty (porque 'uno nunca sabe'. los hay de tipo convencional, los de tipo tanga y hasta los hilo dental), toallas para el día y para la noche (extralargas cual hamacas de San Jacinto y con alas que no permiten volar ni la imaginación siquiera).
Eso sí, tener sexo con la regla, a diferencia de lo que los hombres piensan, aparte de 'colorido', para las mujeres es delicioso. Lo que no es divertido es tener que asumir una actitud sumisa y de consideración, para no ofender a la contraparte cada vez que queremos tener sexo a pesar de la fastidiosa regla. Muchas mujeres lo asumen como si para ellos fuera algo así como hacernos un 'favor' y jamás admiten que no solo lo disfrutamos, pues tenemos más ganas debido a que las hormonas están más alborotadas que durante el resto del mes, sino que lo mejor de todo es que ni siquiera toca fingir un orgasmo pues ni cuenta se dan si nos vinimos, ¡o nos estamos yendo!
Mancharse en público es una vergüenza solo comparable con la de que lo dejen a uno plantado en medio de una fiesta y que el novio se vaya, frente a todo el mundo, con la mejor amiga. La gente se aparta, murmura y comenta entre risitas idiotas. Luego, sintiéndose como una perfecta fracasada y, ni qué decir, rechazada social, toca ir a lamentarse de su desgracia sola mientras los demás se divierten... generalmente a costa nuestra.
Técnicamente, la regla, por muy fastidiosa que sea, dura entre cuatro días y una semana. No es cierto que dure un mes y, si lo tienen convencido de lo contrario es muy probable que no se lo quieran 'dar'. Lo que sí es gracioso, en medio de tanta tragedia, es que duramos toda la vida quejándonos de la 'maldita' regla para que, unos años después, cuando se nos vaya definitivamente, ¡terminemos añorando la 'bendita' regla!

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