...Perder la memoria
(Camilo Vega, 47 años)

Después de seis años, el pasatiempo de volar se vuelve un vicio. Ya no hay más planes el fin de semana. Sólo volar en aeroplano. Se viven muchos sustos, pero eso hace parte del riesgo. El 2 de enero de 1998, sentí un viento que no era normal. Aterricé y le dije a mi hijo que iba a dar una última vuelta. Al volver a despegar, un rotor descendente descontroló el trik y dos segundos antes de estrellarme a 130 km/h contra un eucalipto, mi cerebro quedó totalmente bloqueado. Desde ese momento hasta tres meses después podían decirme que era Superman o Camilo Vega. No había ninguna diferencia.
Además de un paro respiratorio y una fractura de cráneo, entre muchas otras contusiones, el golpe que recibió mi cabeza produjo que mi cerebro se empezara a inflamar, oprimiendo el área que retiene la memoria. Hasta que no se desinflamara, habría amnesia.
Dos meses y medio después, al despertar en la clínica, no sabía dónde estaba. ¿China? ¿Marte? Daba lo mismo. No sabía quién era quién y mucho menos quién era yo. Mi mente estaba totalmente en blanco. Me llevaron a un lugar y me dijeron que esa era mi casa, que esos niños eran mis hijos y esa señora mi mujer. En ese momento, sin memoria, hay qué creer en todo lo que te dicen. Por ejemplo, con mi esposa llevaba 15 años de casado y la verdad era difícil dormir con ella, porque es como acostarse con alguien a quien se acaba de conocer.
Pero hubo más momentos duros. Llegó el desespero por entender por qué un perro vivía en la casa, por qué lloraba mi hija de 3 años, por qué ella sufría y yo nada podía hacer, por qué aparecía el periódico por debajo de la puerta… ¿me había estrellado en un aeroplano?
La etapa mas difícil de perder la memoria es, sin duda, cuando empiezan a aparecer los recuerdos y nada te concuerda. Sabes que el perro ladra, pero no sabes si es perro, caballo o elefante. Mis papás y mis amigos llegaban a visitarme y yo sabía que los había visto en algún lado; pero no sabía dónde.
Aprender a leer, a escribir y hasta hablar es un proceso duro de recordar; yo lo hice con mi hija: las vocales y los colores los aprendimos al tiempo.
Hoy, casi tres años después, no me acuerdo de todo. Los seis meses anteriores del accidente los tengo muy borrados, aunque a veces algunos flashbacks aparecen por mi mente. Para mi familia todo ha sido muy duro. Ahora valoro más lo que tengo, he vuelto a volar un par de veces y estoy convencido como nadie de la existencia de Dios.

Comer hongos
(Camilo ariza, 25 años)

Hace un par de años estaba viviendo en Londres y cuando llegó el invierno me fui a pasear por Europa huyéndole al frío. Una semana y media más tarde, estaba en Amsterdam y, envuelto en la parafernalia de la legalización, entré a un coffee shop —creo que se llamaba Magic Mushroom— con el fin de probar unos hongos distintos a los de Villa de Leyva. Después de haber examinado un menú del tamaño de un libro telefónico en el que las distintas variedades están clasificadas del uno al cinco en función de la intensidad del ‘viaje’ que producen, escogí unos hongos del Peloponeso que costaban 30 florines —más o menos 13 dólares—. Como los hongos que escogí tenían cinco estrellas, tuvieron que pedirlos por teléfono porque no los tenían en el lugar. 30 minutos más tarde, llegó un mensajero con una bolsa que tenía detrás de un código de barras, un certificado del Ministerio de Salud y un manual de instrucciones que nunca leí. Traía tres miserables honguitos del tamaño de una tapa de esfero. Acostumbrado a las colombinas de Villa de Leyva, me sentí estafado y me los empujé uno tras otro. Yo había tenido todo tipo de ‘viajes’ en los que los colores se volvían más fuertes y las cosas
dejaban una estela de luz cuando se movían; pero esta vez todo fue diferente.
En un comienzo sentí las náuseas que anteceden un ‘mal viaje’ pero luego, me comí una chocolatina que tenía en el bolsillo y entonces sentí que se me abría un agujero negro en el estómago. Mi temperatura corporal iba del infierno al invierno en un segundo y cambiaba cinco veces por minuto. Estaba sudando frío y temblando cuando empecé a ver el aura de la gente. Luego recuerdo haber tenido una conversación con un ídolo de San Agustín al que le pedí poder. La sensación de omnipotencia que siguió era tan absoluta que a pesar de haber abandonado el coffee shop caminando, recuerdo sentir que mi recorrido por Amsterdam se hacía en una limosina. Luego vino el calor del hostal en el que me estaba quedando y un casillero en el que había guardado mi chaqueta antes de salir. Aunque por un segundo me sentí normal y pensé que ya estaba bien, en el instante en que metí la mano para alcanzar la chaqueta, sentí que el casillero se volvía un túnel inmenso y larguísimo que empezando por mi mano y siguiendo por el resto del cuerpo me absorbía como un warm hole. Mi conciencia dio tres golpes secos y en ese momento empecé a ver un águila que me acompañó durante los tres siglos que para mí duró el resto del ‘viaje’. También recuerdo haber muerto y vuelto a nacer por lo menos cuatro veces. Cuando me desperté, alguien me dijo que había pasado 40 minutos metiendo y sacando la mano del casillero.

La primera vez frente a un gran auditorio
(Beto Cuevas, La Ley)
Era el año 94, y La Ley todavía no era una banda muy conocida, ni siquiera dentro de Chile. Habíamos hecho muchos conciertos en lugares chicos como bares, y eso, pero nunca uno grande grande. Todavía vivíamos en Chile y sólo habíamos compuesto nuestro primer álbum Tejedores de ilusión; aunque muchas personas se sabían las canciones, nosotros sabíamos que el estadio monumental de Santiago era la prueba de fuego.
Antes de salir, yo estaba muy nervioso, me temblaban las piernas, sentía cosquillas en el estómago y un nudo gigantesco en la garganta. La adrenalina que pensé que me iba a salvar se demoró en actuar. Recuerdo que apenas salí y vi a las ocho mil personas todavía no podía creerlo. Luego vinieron el primer acorde y el primer compás de la batería y empecé a cantar muerto del miedo. A medida que pasaba el tiempo y la gente aplaudía, me fui tomando confianza. Ya para la tercera canción estaba disparado. Recuerdo que ver a tanta gente coreando mis canciones me hizo pensar en los momentos en los que se me habían ocurrido esas letras. Aunque siempre lo disfruto, la sensación de magia y de libertad nunca ha vuelto a ser tan intensa como la de esa hora y media.

Recuperar la libertad
(Camilo* 46 años)
Después de pagar una condena de diez años en la cárcel de Oaktale, en Louisiana (Estados Unidos), finalmente llegué a Colombia. Por entonces, lo que más me inquietaba era reconocer a mi hija, de quien me había separado cuando ella tenía sólo 8 años. Esas son cosas que uno piensa cuando sale y es un hombre libre. Esas y otras cosas. Me acuerdo que mi papá me decía que la cárcel embrutecía y que él no quería que eso le sucediera a uno de sus hijos. Por eso, cada carta que me mandó en mi encierro, contenía una tarea de física, o de química, o de biología, o de álgebra. Además, siempre me enviaba una noticia, un refrán y un consejo. No deseaba ver a su hijo embrutecerse en la cárcel. Y así lo hizo todos los días, durante mis primeros cuatro años de encierro, hasta que murió.
Cuando llegué a Colombia como un hombre libre, tenía claro que quería hacer muchas cosas. Una de ellas, ver a mi hija. La otra, conducir. Siempre me ha gustado manejar. Después de legalizar mi situación en el DAS, pude salir y abrazar a mi hija, pude tocar su cara, pude terminar realmente el castigo de estar separado de mi familia, que es en lo que uno más piensa.
Luego, llegó el momento de manejar. Aceleré, frené, tambaleé, tres segundos después supe perfectamente lo que estaba haciendo… Le di duro… durísimo.
El 19 de noviembre de 1997, llegué a Colombia luego de pagar una condena de diez años por narcotráfico en la cárcel de Oaktale. Al llegar al aeropuerto Eldorado, de Bogotá, me esperaba toda mi familia.
A muchos, no los esperaba nadie.

*Nombre ficticio para proteger la integridad

¿Tienes algo que decir? Comenta

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.