Asumo con desgano el reto de denigrar de mi columna dominical en El Espectador -¿debería decir muy leída?- tribuna plagada de dardos venenosos, de alta peligrosidad para la supervivencia política, cuando no para la maltrecha reputación de muchos culpables.
Empiezo por controvertir el título de Notas de buhardilla, revelando que escribo desde un apacible aunque gélido estudio ubicado en una colina bogotana, y nunca en una buhardilla, pues para ser más exactos, jamás he vivido en casa o lugar que tenga ese rinconcito, y las pocas que conozco ya se extraviaron en mi memoria.
Inicialmente estuve a punto de denominarla Bejaranadas, pero desistí, porque advertí que además del inocultable gesto de vanidad personal que comportaría tal título y de la incomodidad que le podría causar a mi desprevenida parentela que solo comparte conmigo el apellido pero no mis criterios políticos, tal expresión podría dar lugar a que mis fieles enemigos con malicia prefirieran llamarla "Vergajanadas". No me salvé porque hoy soporto los "apuntes" de quienes creen que debo sonreír cuando me dicen que mi columna no es tal sino puras "notas", o que soy un simple "buhardillero" y no un analista, y otras especies de similar tono que tampoco me estremecen.
Pero la nomenclatura de la columna es lo de menos, frente a su contenido francamente irritable y reiterado. Siempre lo mismo, nunca una palabra amable para con los gobiernos de Pastrana y de Uribe; batallas feroces contra los emblemas de la sofisticada corruptela del nuevo milenio, como Fernando Londoño Hoyos, más conocido como el "Héroe de Invercolsa"; burlas siniestras de Sabitas, Pachito, del camuflado ministro de la Defensa, de los ardientes funcionarios de la Casa de Nariño; cuando no sofisticadas interpretaciones jurídicas en contra del referendo y de la reelección inmediata de Uribe Vélez; más querellas de todos los pelambres contra Raimundo y todo el mundo.
En mi columna se respira un tenso, asfixiante y prolongado antiuribismo, reflejado en censuras dominicales no solo del presidente y de su entorno palaciego, sino de los ministros, y de los extenuantes consejos comunales, celosamente preparados por el pajecito del régimen, el festivo ministro de la Protección Social.
Me declaro monotemático, pues cierto es que durante semanas seguidas, la emprendo contra un personaje, soltándole primero una andanada de acusaciones -eso sí, todas ciertas-, y cuando por desgracia al afectado se le ocurre responderme, como si fuera un dóberman no suelto la presa sino cuando ya está destrozada por mis ensangrentadas fauces.
Sigo creyendo que las columnas blancas o con tono de madre Teresa de Calcuta son jartísimas y tienen poca audiencia, porque a los colombianos -incluidos los que comulgan diariamente- nos gusta la saña que les sobra a mis notas buhardillescas. Por eso reconozco que he sido un fiasco cuando ante la imposibilidad de hablar mal de alguien he sucumbido a la mediocridad de imitar a otros columnistas que al final de año dan regalos, o escogen sus personajes, porque no tengo pericia alguna para escribir algo light pero inteligente. El próximo diciembre prometo que escribiré un directorio de maldades, para enfrentar las insufribles visitas del Niño Dios, Santa Claus y los Reyes Magos.
Y como al que no quiere caldo, le dan dos tazas, la addenda (con doble d, porque la palabreja está escrita en latín), es un púlpito utilizado para punzantes comentarios que en veces resultan más picantes y letales que los de la misma columna. Lo que empezó como una ocasional y desprevenida glosa a alguna decisión de Pastrana se convirtió en un permanente semillero -eso sí, original, inigualable y exitoso- de la mordacidad y la provocación, donde no hay oportunidad para la adulación ni la zalamería.
Por andar engolosinado atacando al gobierno nacional, he pecado por omisión frente a la gestión de Lucho -a quien le debo una addenda- y las telarañas del poder distrital, asuntos que para desgracia de los interesados abordaré con el torrente sanguíneo de siempre. Tampoco he abordado las "tusas", esa horrible enfermedad derivada de las penas de amor, que he ayudado a aliviar a muchos amigos, tema que le habría puesto a mi columna un tinte de humor en medio de tanta víscera.
Me imagino que estas líne as, que en nada me han hecho feliz, al menos las disfruten quienes en ejercicio de su legítimo derecho de expresión, cada ocho días tienen la audacia de escribirme respondiendo mis encendidos análisis, unos hablando horrores de mami, otros recordando mi paso por el DAS, y los más cuestionando mi liberalismo a ultranza que califican de sectarismo. Concluyo, pues, este sicoanalítico artículo, en el que he padecido la prueba imposible de hablar mal de mi columna, reconociendo que esta terapia la encuentro sencillamente indignante e inoficiosa.

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