Sopa en la sangre. Pues sí, como lo están leyendo. Hay empresas avaras que pretenden alimentar a los pobres enfermos de unidades de cuidados intensivos, inyectándoles sopa de pollo en la sangre. Y todo por ahorrarse unos pesitos. A usted le parecerá increíble, inaudito, porque lo es, salvo que se trate de asesinos en serie. Pero a mí, ya ve, me pareció perfectamente lógico cuando en realidad lo que me contaron es que los alimentaban con caldos, sí, pero por sonda. Y tal cual lo interpreté, lo escribí. Menos mal que tampoco tengo pajorera idea de gastronomía que, si no, le habría añadido fideos y cilantro bien picadito a la receta para hacer la nota más sabrosa.
Luego de redactar la columna, me fui a comer rico y me olvidé pronto de mis víctimas dominicales. Los periodistas de gatillo fácil y sangre caliente, como buenos matones, no conocemos la piedad.
Cuando me di cuenta de la salvajada, porque alguien me hizo caer en cuenta, tal vez una niña jugando a médicos con sus muñecas, ya no había cómo detener el periódico. La burrada estaba en marcha. Para consolarme, recordé que siempre suspendía Ciencias Naturales porque me daban asco las vísceras (que luego me serían tan útiles en mi profesión) y las cucarachas que una siniestra profesora nos hacía disecar. Pero no sirvió de excusa. El cuerpo médico no consideró ese factor eximente. Me condenó por ignorante de tiempo completo y pidió mi ejecución en plaza pública, con mis adorados enemigos de entusiastas espectadores.
Claro que antes de darles la razón, que la tenían, y de sufrir el merecido castigo, desenfundé la lengua y, como jabalí acorralado, devolví el golpe. ¿Acaso les echo en cara las carnicerías que cometen en los hospitales? ¡Desagradecidos!, encima de que yo quería destapar un escándalo para favorecerles. Porque esa es otra. No solo soy bruta, sino que voy de sheriff por la vida, sin que nadie me haya otorgado la estrella.
Pero así somos los viscerales, meteduras de pata aparte. Se nos va la fuerza por la boca y la razón por las formas. No digo más barbaridades porque el computador no las acepta. Entro a todos los capotes que me colocan, y me gusta que me reten y retar en corto y a distancia. Si mis oponentes se refugian en el burladero, los embisto con más fuerza y, como es natural, más de una vez acabo con la cornamenta rota. Pero yo me sigo lanzando a los trapos rojos y no consigo aprender a ignorarlos. Mejor dicho, la vaina es de nacimiento.
Claro que me considero un angelito al lado de los columnistas "que se lo creen". Categoría que incluye a un conocido mío, pedante, soberbio y sinuoso, que se cree el oráculo de la racionalidad, conductor de rebaños, prodigio de objetividad y rectitud. No daré su nombre porque no quiero darle esa satisfacción a su desmedido ego, pero de todas formas, porque lo cortés no quita lo valiente, le desearé un buen día.
Él y los columnistas como él se caracterizan por pensar que cualquier palabra, cualquier frase, será analizada, desmenuzada, interpretada por el Palacio de Nariño y tenida en cuenta para la toma de las grandes decisiones de Estado. Por supuesto que también viven convencidos de que orientan los criterios de los lectores, quienes esperan hambrientos su alimento espiritual semanal para guardar luego celosamente sus análisis y sus frases con el fin de lucirse en reuniones sociales. Desprecian cualquier punto de vista que no sea el propio, así como a los periodistas que nos limitamos a decir lo que nos da la gana sin tanta parafernalia ni sentido trascendente. Y, claro, se indignan si a algunos de este combo, para ellos, de insectos con cerebro de hormiga, que caminamos con la barriga pegada a la tierra y no levitamos, nos siguen brindando un espacio en los medios para botar nuestras basuras.
En fin, entre vísceras, sopas, palacios y pedantes se mueve esta fauna de variado pelaje. Que Dios nos coja y les coja confesados. Amén.

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