El avión planeó sobre la bahía de San Francisco (C) y sin más aterrizó en la pista. Era el 21 de noviembre del 2001. Las medidas restrictivas para viajeros, tomadas a raíz del 11 de septiembre, estaban en pleno vigor. Los policías de aduana escrutaban con lupa cada nombre, cada expresión de la cara. En un inglés ladrado, preguntaban detalles, sin duda, para confundir y terminar llevándose al sospechoso a una sala silenciosa, pero vigilada por circuito cerrado. Tal cual fue mi primer contacto con esa ciudad, símbolo de las libertades ciudadanas. Yo estaba tranquilo porque mis papeles -hasta donde yo sabía- estaban completos y sólo comencé a irritarme cuando observé unos grillos atados a la pata de la banca donde esperaba, y que el tiempo pasaba y nadie resolvía mi situación. De golpe, un sargento me llamó y me dijo con voz de piedra pómez: Welcome to USA. El aeropuerto por fuera me recordó la ciudad del futuro, la de Buck Rogers o Roldán, el temerario: las avenidas se cruzaban unas a otras creando una maraña de rutas indiscernible para un recién llegado.
Tres años después, dejando el páramo de Bordoncillo -entre la laguna de la Cocha y el valle de Sibundoy-, un teniente del puesto del Ejército ordenó detener el taxi en que viajaba en compañía de otros pasajeros. El frío era intenso, la niebla apenas si permitía mirar los extensos frailejonales, en esos días florecidos. El uniformado nos miró uno a uno, nos pidió los papeles y sin mirarlos, preguntó al chofer del viejo Chrysler:
-¿Me lleva un muchacho?
-Sí -respondió-, pero que sea rápido porque vamos de afán.
-Esa no es manera de ayudar, ¡oríllese!-. Y quedamos ahí atados al capricho de la autoridad.
El Valle del Sibundoy está rodeado de montañas altas, casi todas bien conservadas a partir de la cota de niebla. Los sietecueros -llamados en la región Mayos- estaban también florecidos, parecían fosforecer a plena luz.
Comenzaba el verano. Cuando llegué a California, el otoño declinaba, los magnolios soltaban sus últimas fragancias. Aquella noche se celebraba el Thanksgiving, o Día del pavo. Millones de estos animales alharaquientos y cobardes son sacrificados. Una fiesta nacional, donde las familias vuelven fugazmente a reunirse. Nunca había caído en la cuenta de que el tal pavo, listo para comer, con su muslo señalando al norte, es la imagen simplificada del mapa de Estados Unidos. El mapa de Colombia, en cambio, parece un ringlete alegre, un molino de cinco aspas -una en contravía: Panamá-.
En lugar de pavo, en el valle, como en todo el sur del país, se come cuy, un animalito cariñoso, noble y delicioso, un hámster gigante. El Valle de Sibundoy, regado por el alto río Putumayo, tiene una personalidad aún bucólica. El Silicon Valley, al sur de San Francisco, cuna de los computadores, está preso de autopistas y atiborrado de fábricas sin humo. Allí, en Palo Alto, al lado de la Universidad de Stanford, viví dos años. En San Francisco, al extremo oriental de Sibundoy, viví dos días. Lo que sobró en California, me faltó en Sibundoy. El taxi me dejó en la plaza principal, que como cosa curiosa no está presidida por el busto del Libertador Simón Bolívar -en el sur lo odiaban- sino de una imagen del santo de Asís. Quizás fue la última obra de los padres franciscanos, que desde fines del siglo XIX fueron encargados por la Iglesia de evangelizar esas tierras, donde la sabiduría botánica ancestral espantó a los españoles. Los indígenas Ingas y Camtsás -los primeros quillasingas y los segundos pastos- han sido desde siempre intermediarios entre la selva amazónica y el macizo andino, y, por tanto, cargueros y comerciantes. Los españoles saquearon la región explotando los placeres de oro que guardaba la cordillera. La evangelización o "reducción de naturales" se hizo a marchas forzadas -dejó un reguero de indios muertos o enmontados- porque los portugueses amenazaban desde el río Amazonas remontar el Putumayo hasta otro San Francisco, el de Quito. A California llegaron por el sur las tropas del Emperador de México, Hernán Cortés, y por mar ni más ni menos que Francis Drake, pirata protegido por la reina inglesa. Los indios de California fueron exterminados por los españoles, a pesar de no haber encontrado el oro y la plata escondidos en los pliegues de las Montañas Rocosas. A mediados del siglo XIX, los Estados Unidos le declaran la guerra a México, y se hacen a un enorme territorio que va desde Texas a Nebraska y a California. La Conquista del Oeste por los norteamericanos, no fue exactamente una gesta romántica, fue una guerra de exterminio contra indios y búfalos, y sólo hacia 1860, los gringos descubrieron las minas que los españoles no vieron y que dieron origen a la "Fiebre del Oro" y la cultura del revólver, el linchamiento y el whisky.
La sabiduría indígena se refugió entre las comunidades navajas y yaquis, salvados, paradójicamente, por los desiertos fronterizos de las dos naciones. Los indios sibundoyes lograron defender su profundo conocimiento y cultura gracias a su fortaleza física que les permitía transportar entre la selva amazónica y el macizo andino cargas pesadísimas. Eran indispensables para los conquistadores. Los españoles le temían a su sabiduría botánica y a su curanderismo, basados en los misterios del yagé y el borrachero, plantas alucinógenas que les permite trasformarse en el espíritu de los animales y poseer su fuerza. Los indios Navajos y Yaquis -recuérdese Las Enseñanzas de don Juan de Castañeda- también utilizaban, -y utilizan aún- el mismo recurso y casi la misma planta para conocer otros mundos. La Datura -llamada Estrella Boreal- usada por los chamanes del norte, es muy similar a las brugmansias -llamadas Trompetas del Juicio- que veneran los indios del sur.
Los años sesenta y setenta del siglo pasado fueron una época luminosa para los dos San Franciscos. En el californiano, estalló una revolución cultural que venía gestándose en el ansia de libertad aventurera que describen tan bien las novelas del socialista Jack London y que gestó el movimiento Beat. Una nueva perspectiva sobre el mundo, una distinta percepción de la realidad, se extendió con una rapidez insospechada por la costa oeste; brincó luego a la costa este, sin tocar los estados cuadriculados del centro. Los motores de la revolución fueron la marihuana, heredada de los mexicanos, y el LSD, nacida en los laboratorios y prados de la Universidad de Berkley. Fue en su origen un movimiento literario que revolucionó la puritana cultura norteamericana.
En los mismos años tenía lugar en el valle de Sibundoy una transformación no menos radical: la expulsión de los evangelizadores. Los capuchinos fueron cercados por los indios, sus antiguos siervos, y sus tierras distribuidas por el gobierno entre sus poseedores originales, los ingas y camtsás. La estructura económica se trasformó y el latifundio como tal dejó de existir. Sobre esta base, poco a poco, las comunidades indígenas fueron recuperando sus autoridades -los cabildos-, sus territorios -los resguardos- y, sobre todo, su cultura. Las prácticas de taitas o chamanes fueron saliendo a la luz. En la San Francisco de los 70 salta a la calle, impulsado por los Beats y la rebelión estudiantil, un nuevo movimiento: la revolución sexual. El destape de homosexuales y lesbianas cerca al puritanismo represivo tan propio de la cultura yankee. Se trataba de una explosión largamente gestada y que estalló contra las normas de la doble moral y adquirió pronto carta de ciudadanía. El barrio Castro, que hasta entonces era un escondite de homosexuales vergonzantes, se convirtió en su Vaticano. Cuando se descubrió el sida, Washington quiso hacer del barrio Castro una especie de sanatorio cerrado y aislado, guardadas proporciones como la cárcel de Alcatraz. Su gente levantó sus banderas arco iris y salió a pelear. Los puritanos cedieron.
San Francisco (C) es una postal. ¿Quién no conoce la imagen de la soberbia hamaca sobre la bahía, llamado el Golden Gate, con sus colores sepias y sus arcos gigantescos? ¿Quién no asocia a San Francisco con los tranvías colorados que suben y bajan lomas, ruidosos y románticos? En el Museo de Arte Moderno conocí a Chagall, alucinado de color, tal como en Santiago, pequeño pueblo de Sibundoy, volví a refrescarme con los tonos alebrestados de Jacanamijoi. San Francisco (P) también tiene sus puentes, también son hamacas que se balancean cuando se atraviesan y muchos tienen los templetes sepias. No hay nada que falte. Los camperos rusos suben y bajan cordilleras con una naturalidad sobrecogedora. San Francisco (C) se quemó casi toda a raíz de un sismo en 1906, fecha en que se estaba fundando su hermana gemela en Sibundoy. La Catedral de San Francisco (C) -Saint Mary- construida en plena revolución Beat, tiene una estructura audaz, compuesta de dos grandes alerones en hormigón que se juntan en el cielo, creando el nicho de la cruz. La Catedral de San Francisco en Sibundoy, iniciada en los años veintes, es de estilo toscano e inspirada, por su puesto, en la de Asís. Nunca oí las campanas de la Saint Mary (en Estados Unidos no se oyen nunca campanas). En el Sibundoy, luego de sonar desde las 5 de la mañana, el cura las reemplaza, sacrílego, por altavoces roncos que atropellan los últimos sueños -los más fantasiosos de la noche- con el himno nacional.
A mediados del verano -febrero en San Francisco, Sibundoy, y julio en San Francisco, California- se llevan a cabo sendos festivales, que pudieran parecer muy distintos: la Fiesta del Perdón en el primero y la Feria de la calle Folsom en el segundo. La Fiesta del Perdón es un gran baile de máscaras que dura tres días. Cada participante, la mayoría indígena, fabrica su propia máscara, en total libertad. Muchas representan más que animales de la selva, rasgos humanos descubiertos a través de los viajes con yagé y de las limpias con borrachero. Toda máscara es original. Los indígenas no le temen al color y los usan en combinaciones rabiosas. Las formas de los rostros son caprichosas e intensas. No tienen las connotaciones trágicas de las máscaras griegas o chinas, son más bien medios de recuperar la esencia indígena y de ridiculizar a sus antiguos amos. Es una fiesta de perdón en el sentido de que las máscaras son una manifestación de la libertad de expresión más auténtica, sin marcar límites entre lo político, lo sexual, lo religioso. Tampoco en la calle Folsom existen fronteras entre lo diurno y lo nocturno, entre las pulsiones encerradas en el silencio y el grito contra las paredes. La gente se disfraza de lo que es. Se usa el cuero y el látex, las cruces de San Andrés y las ataduras de San Sebastián. El juicio moral está abolido. Los fantasmas saltan a la calle, y las víctimas de la represión sexual se vuelven dueñas de sus deseos. Todo es posible en estas fiestas, salvo hacer lo que se hace en la vida cotidiana. Ambas se abren a la libertad, a la confesión colectiva, al perdón. Sin duda, estas fiestas son hermanas gemelas de las grandes manifestaciones que suelen ser convocadas en San Francisco (C) contra la guerra, la prohibición de los matrimonios gay y la "limpieza" de homeless, y en San Francisco (P) contra los terratenientes, la Iglesia y la violencia.
En Sibundoy se vive hoy del maíz, el fríjol y la leche. Pero la situación ha llegado a tal punto que una bolsa de agua, envasada en Pasto o Popayán vale más que una botella de leche pura, ordeñada en el valle; el maíz no sale a mercado porque sus precios han sido arruinados por las importaciones provenientes de Estados Unidos; el fríjol, que se cultiva asociado al maíz, se topa en la cosecha con la sobreoferta, el precio de venta no cubre nunca los costos de producción. La gente apenas sobrevive de la agricultura y por eso mucha sale a cultivar coca al medio y bajo Putumayo o amapola en los páramos del Cauca. Fuera del comercio de los puertos del Área de la Bahía -Oakland, Redwood y el propio San Francisco-, la región vive del turismo, de la fabricación de computadores y accesorios, y de la producción de vino. Los sindicatos de estibadores son tan fuertes como la asociación de cabildos indígenas de Sibundoy; unos y otros mantienen a raya a empresarios, terratenientes y gobiernos.
A comienzos del verano, los dos San Franciscos son envueltos por una niebla espesa y fría; los dos pueblos se desdibujan, se diluyen; las calles toman un aire de pesadilla, y todo parece adquirir un ritmo lento y soñoliento. Justo a la madrugada, cuando la niebla baja de la cordillera en Sibundoy, pasan a toda velocidad, provenientes de La Hormiga y San Miguel, las cuatro por cuatro que guían las caravanas de camiones con sus alijos de cocaína. Los choferes se detienen a desayunar y continúan hacia Pasto. Algunos siguen hacia Tumaco, donde los esperan las lanchas rápidas que llevarán la coca a los grandes mercantes que tres días después estarán desembarcando su mercancía en el Puerto de San Francisco. Es un vínculo secreto entre estos dos pueblos, cuyos nombres fueron escogidos por sus fundadores como un homenaje al apóstol de la paz, y una invocación para perpetuar su espíritu. El santo de Asís es el antecedente más remoto de los hippies herederos de los Beat; les hablaba alucinado a los pájaros y a los lobos, a las nubes y al fuego, como si hubiera tomado yagé.

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