En octubre de 1966, en la Clínica Oftalmológica de la Universidad de Roma, el profesor Giambattista Bietti me dijo hacia las seis de la mañana, "desprendimiento de retina bilateral". Vio a dos pacientes más, regresó y me colocó su mano en el hombro con fuerza. "Lo suyo es serio, pero está joven. El maestro de este señor lo sacará adelante en Bogotá", añadió. El discípulo era Mario Ortiz, joven oftalmólogo colombiano que había estudiado con Álvaro Rodríguez González antes de irse a Roma. Vine a Colombia ciego unos diez días después. El doctor Rodríguez me internó en la Clínica Palermo. Me sometió a un intenso y continuo chorro endovenoso de cortisona y a los dos días, como en una película de Fellini, pude distinguir a unas novicias que regaban unas matas en un jardín interior.
Sin que aún sepa la causa exacta, había comenzado a sufrir la forma retiniana del síndrome Vogt-Koyanagi-Harada, descrito en forma inconexa entre 1906 y 1929 por un médico alemán y dos japoneses. En el cuadro de esa enfermedad aparecen en forma recurrente o crónica una panuveitis, inflamación total del globo ocular y un desprendimiento bilateral de la retina. Además sinequias, es decir adherencias del iris (a veces totales) a estructuras vecinas que interrumpen la circulación de los líquidos intraoculares. También presión ocular eleveda, o glaucoma. Vitreitis, es decir, inflamación del vítreo, y cataratas prematuras en ambos ojos. Inflamación y opacamientos de la córnea, o sea queratitis. Finalmente hemorragia en la mácula derecha. A estas dolencias y otras menores de los ojos, se adicionan por el Harada problemas en el oído medio y pérdida del equilibrio.
Una de las crisis más devastadoras en este proceso me ocurrió en marzo de 1967. Fue una iritis con sinequias, que el doctor Álvaro Rodríguez controló con dos inyecciones diarias de cortisona en los ojos. Al tercer día y gracias a las inyecciones y a la intensa dosificación de terapia local con rayos infrarrojos, exclamó con voz más exultante que el corazón del paciente: "Rompió la sinequia".
Durante los 38 años de mis problemas oculares he trabajado en forma normal. En 1971 viajé a Londres donde fui editor de International Management, en español, una revista de McGraw Hill y colaborador permanente del Servicio Latinoamericano de la BBC. Por recomendación del doctor Rodríguez, Mr. Lorimer Fison (los grandes médicos ingleses pasan de ser doctores a místeres) me veía con su equipo en el Moorsfield, uno de los más célebres centros oftalmológicos del mundo. Cuando sus discípulos observaban algo raro y modificaban las medicinas, llamaba al doctor Rodríguez a Bogotá. Mr. Fison siempre se refirió a él como "a very fine doctor". Mi fe en él ha sido total y se convirtió en uno de mis grandes amigos y consejeros. A comienzos de 1979, y por el estado avanzado de las cataratas, no pude continuar la tarea de editor ni leer mis textos o seleccionar mis discos en la BBC. Regresé a Colombia con mi esposa, Constanza. Nunca me ha pesado esa decisión. Desde entonces sigo haciendo lo que sé, radio cultural y quizá entrevistar bien a gente inteligente por televisión.
En 1985, el doctor Rodríguez me envió al hospital de Bethesda, cerca de Washington. Había gestionado mi viaje con el doctor Robert Nussenblatt, para que mientras trataban la uveitis, extrajeran las cataratas. Me recibieron como caso de estudio. No me cobraron un peso. Escuché cerca de cincuenta libros grabados completos por grandes lectores para el Fondo de Invidentes de la Biblioteca del Congreso. Por receta médica, en las noches me daban oporto. Las enfermeras pensaban que se trataba de una bebida refrescante o de una droga. Lo mantenían en la nevera. Algunas me servían un vaso plástico grande que me duraba hasta la una de la mañana, mientras oía mis libros. Otras, más austeras, me daban un dedal pensando que se trataba de una medicina. Pero todas terminaron sirviendo el vaso de oporto.
A los setenta años trabajo en forma normal, gracias al equipo de la 106.9 de la FM, la emisora de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. He tenido cinco cirugías tradicionales, entre ellas un reemplazo de córnea bajo las manos magistrales de Luis Salazar, quien también aplicó en diversas etapas cinco certeros rayos láser en el ojo derecho. Él merece una mención especialísima en el grupo de oftalmólogos a quienes debo mi visión. Con Ricardo Infante, experto en retina, son emblema de la Escuela de Álvaro Rodríguez, quien ha levantado un verdadero centro de estudio y servicios en la Fundación Oftalmológica Colombiana.
Durante diez años no pude leer. En 1988 volví a leer, gracias a una lupa que me recomendó mi amiga Yolanda Prieto. No leo a velocidad normal, pero puedo sostener un ritmo de cinco horas diarias y doce para fin de semana. Carezco de visión en el ojo izquierdo. En el derecho tengo alrededor de un 25 por ciento. Si la visión falta, el trabajo no debe faltar. Mientras tenga voz seguiré en la radio. Y en televisión, hasta que los productores consideren que mi imagen no se ha convertido en molesta advertencia para el televidente sobre el inevitable deterioro de la condición humana.
Si tengo la vitalidad, la alegría y la lealtad de Constanza y Juan Sebastián, eso me basta. Nietzsche decía que reservaba la música para su tiempo de ceguera. Espero que no sea mi caso.

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